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Silva a los días dispersos, por Carlos Liscano

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La ilustración es de su libro "La interminable" (2019)

“Silva: colección de materias o temas diversos, escritos sin método ni orden”. Diccionario de la Lengua Española

4- Errores chicos

Me esperaban para matarme aunque yo había muerto hacía poco rato. Eran tres, en el camino que va de la carretera al pueblo. La noche se terminaba, ya no faltaba mucho para las seis. Había niebla y humedad en el aire, olor a tambo mezclado con olor a frutales. Estaban en la parada, abajo del árbol, junto a una camioneta. Ninguno me conocía, ni sabían nada de mí. La orden era matarme, no les dijeron por qué. Era simple, cumplir y cobrar.

Fumaban y hablaban de él, es decir de mí. Necesitaban suerte, necesitaban que yo pasara por allí, necesitaban reconocerme. Si las tres cuestiones no se daban a la vez, la cosa no les iba a salir. Eso los preocupaba. Si no les salía, la iban a pasar mal. Así les habían dicho: o se hace todo tal cual o habrá consecuencias. De las consecuencias mejor ni hablar.

Les mostraron una foto antigua en la que yo estaba con otra gente en un asado. Además, alguien les había batido que, más o menos a esa hora, los domingos yo pasaba por el lugar. Era todo lo que tenían y no era poco. Cuando la mano viene bien, con poco alcanza. Cuando viene torcida, no hay nada que la enderece.

Algunas cosas les faltaron. No sabían cómo iba a pasar yo, si a pie, en moto, en auto. No les dijeron, ni se imaginaron, que pasaba en bicicleta. Les faltó eso, un dato menor. Mucha veces los asuntos se echan a perder por minucias. También les faltaron otras cosas que no fueron decisivas y por eso no vienen al caso. En estas historias, por más planes que se hagan, mucho queda para arreglar en el momento. Una cosa decisiva que sí les falló fue que no sabían que yo estaba al tanto de todo. Porque el batidor no tiene Dios ni partido, bate para donde le conviene, es su esencia. Por eso al batidor uno lo escucha, como si le creyera, y después trabaja por cuenta propia.

Los veía desde unos treinta metros, junto a la camioneta, igualito a como me lo había imaginado. Cuando llegaba frente a ellos me venía curiosidad por verles las caras. Creo que verle la cara al que te va a matar es un derecho. Frenaba, me bajaba y los saludaba. Me daba cuenta de que no me reconocían. Uno de ellos, incómodo, me devolvía el saludo. Le preguntaba la hora. Me contestaba. Le daba las gracias.

Cuando iba a partir la curiosidad le venía a él. Me preguntaba si yo era del pueblo.

Que no, yo trabajaba en el pueblo y vivía cerca, en la chacra.

¿Ahora iba al trabajo?

No, los domingos el negocio no abría.

¿En qué trabajaba?

En la ferretería. Y también en la chacra. La manzana era lo mío, pero no daba. Por eso completaba con la ferretería.

¿Vivía mucha gente en en el pueblo?

Poca. No llegaban ni a mil.
Entonces yo debía conocer a muchos.

Sí, conocía a todos. O a casi todos.

¿Conocía a uno que era escritor?

Había uno así, que se decía que escribía. A ese lo conocíamos todos. Aunque de repente había algún otro y yo no me había enterado.

¿Quién era?

¿Quién era qué?

Ese escritor que yo conocía.

Que no sabía el nombre. Todo el mundo le decía Liscano.

¿Qué tal era?

Bueno, yo no lo trataba mucho. Era un hombre tranquilo, ya mayor. Vivía solo, para el lado de la cañada, atrás de las casas.

¿Compraba en la ferretería?

No había más que una en el pueblo. Ferretería y ramos generales, de todo un poco. El que necesitaba algo no tenía más remedio que caer por allá. ¿Ellos lo conocían?

No. Me preguntaba porque había oído que en el pueblo vivía un escritor. Solo por eso. ¿Yo lo había leído?

Que no, nunca leía libros. Yo creía que me preguntaban por lo que le había pasado.

¿Que le había pasado a quién?

Al escritor.

¿A Liscano?

Sí, a ese.

¿Qué le había pasado?

¿No sabían?

No, eran forasteros, esperando a un amigo para ir a cazar.

Liscano había muerto.

¿Muerto? ¿Cómo era eso?

Así, muerto, como se muere la gente. Bueno, no tanta gente muere así, y menos en este pueblo.

¿Cómo había muerto?

Lo habían matado.

Se miraban sorprendidos.

Otro se adelantaba:

¿Vos decís que Liscano está muerto?

Sí, así me dijeron.

¿Quién te dijo?

Un amigo, por teléfono. Acá en un rato se sabe todo.

¿Cuándo murió?

No sé. Hará una hora o algo así.

¿Y de qué murió?

A balazos.

¿Cómo a balazos?

A balazos, con revólveres o escopetas. Fierros. A cuchillo, no, eso seguro.

¿Una pelea?

Que me daba la impresión de que no. Aunque yo no estaba.

¿Dónde lo habían matado?

Aquí en el pueblo. Volvía de la timba, en bicicleta. Parece que lo esperaban. Eran tres.

¿De una timba?

Sí, acá los sábados se timbea. ¿Qué otra cosa?

¿Por qué lo habían matado, por la timba?

Que no creía. Se timbea, pero nunca por plata grande. Es solo pasar el rato. A veces la cosa se pone fea, alguna discusión, unos gritos. Nunca se anda así, meta bala.

¿Tenía enemigos, líos de mujeres?

Que yo no sabía. Había oído algunas cosas, pero la verdad no podía decir si eran ciertas. En pueblo chico se habla mucho y no todo es como es.

¿Se sabía quiénes habían sido?

¿Que habían sido qué?

Los que lo mataron.

Que yo no estaba enterado, pero seguro que se iba a saber enseguida, si es que ya no se había averiguado.

¿Por qué se iba a saber?

Porque Liscano los tiroteó y consiguió matar a los tres. Si querían podían ir a ver, todavía debían estar los cuatro tirados ahí. Había que ir a la entrada del pueblo, la entrada del otro lado. Bueno, entradas no hay más que dos, la de acá y la de allá.

Esto último tampoco conocían, que la cosa tenía que haber sido en la otra entrada. Le erraron. Son errores chicos, pero son.

Me subía a la bicicleta y arrancaba. Los tres tenían cara de muertos.

Carlos Liscano, escritor, poeta y dramaturgo, columnista de EL ECO.

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