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Artigas, la patria y yo

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Por la escritora Mercedes Rosende. Como todos los que volvimos de alguna parte, yo también fui extranjera en mi país. Y todo por culpa de Artigas. Mis padres habían retornado a Uruguay hacía pocos días y decretaron que debía empezar la escuela inmediatamente. No les pareció importante el hecho de que conociera poco y nada de geografía e historia patria porque, decían, los niños se adaptan enseguida, aprenden rápido. Se limitaron a ponerme frente a los hechos consumados: el lunes empezás las clases.

Me veo parada en una larga fila en un patio, veo a una maestra más bien petisa y con lentes de montura de carey. Quizá se llamaba Marta, ¿o se llamaba Mirta?, era un nombre de dos sílabas, de eso estoy segura. Una chiquilina (sí, en Montevideo todavía no éramos gurisas, mucho menos pibas) me sonrió y me dio un tubito rosado envuelto en un papel traslúcido. La miré, vi que ella desenvolvía el suyo y lo chupaba, la imité: fue mi primer cande Astra.

Hasta ahí iba todo bien, supuse que Uruguay no iba a ser tan complicado como había temido. Porque yo ya había sido extranjera en otro país, y no tenía ganas, o mejor dicho, sentía horror de repetir la experiencia: “A ver, hablá un poquito en uruguayo”, “¿Dónde queda Uruguay?”. Pero mis padres decían que en poco tiempo me habría adaptado.

En el salón de clase la maestra me indicó un banco; Marta o Mirta hablaba fuerte y a veces golpeaba las manos, tenía la voz enronquecida, los lentes hacían equilibrio en la punta de su nariz. Habló sobre Artigas. La historia era nueva para mí que lo ignoraba todo, salvo lo que acababa de leer en las cartulinas pinchadas en la pared del salón: era el Jefe de los Orientales, el Protector de los Pueblos Libres.

Mirta o Marta me clavó la mirada desde atrás de sus lentes, me señaló con el dedo, dijo mi nombre. Fui consciente de que no había ninguna pregunta que yo pudiera responder sobre el hombre vestido de azul y cruzado de brazos que me miraba desde arriba del pizarrón.

—Mercedes nos va a decir si ella sabe quién es Artigas.

—Es el Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos Libres— leí.

Venía bien, a la salida les contaría a mamá y a papá que sí, que me adaptaba, que pronto sería una más. Hasta que llegó la pregunta.

— ¿Y tú quieres a Artigas, Mercedes?

No fue sino hasta muchos años después que pensé en la mala leche que había tenido la maestra, pero en aquel momento me limité a buscar la respuesta correcta, sin cuestionarme el derecho de Mirta a hacerme esa pregunta. Yo no conocía a Artigas, pensé entonces, no tenía ninguna razón para quererlo. Y siempre había que decir la verdad, decían los mayores que todo lo sabían.

No lo dudé, esa era la respuesta correcta:

—No, no lo quiero a Artigas.

Se hizo un silencio de esos que preceden a los desastres naturales. La maestra me miraba y yo veía converger las arrugas al centro de su rostro. Los alumnos contenían la respiración. He olvidado las palabras exactas que siguieron, sé que fue un discurso moralista y patriotero que increpaba mi falta de amor por el país, mi omisión en el culto al héroe santo que “todo lo había dado por mí”.

Más adelante entendí que, además de la mala leche, en la voz de mi maestra estaba enquistado el relato de un siglo y medio de mitos fundantes, de fe e idolatría religiosas, de una imposible hagiografía nacionalista, obra de la arquitectura política e ideológica que en su momento ayudó a crear una comunidad. La confusa historia de nuestra independencia debía ir de la mano de un héroe, un hombre sencillo pero capaz de decir frases profundas, un jinete campesino pero buen lector y mejor diplomático, amigo de los indios, negros y gauchos pero relacionado con la alta sociedad montevideana, un compendio de oposiciones binarias que, en su momento, satisficieran a tirios y troyanos. Y ese fue el Artigas que, hasta no hace mucho, la historia nos sirvió en bandeja ni bien entrábamos a la escuela.

Si hasta una época reciente —la década del 50, quizá los 60— estos relatos reflejaban una concepción de nuestra identidad colectiva, con el paso del tiempo quedaron encerrados en una prisión de leyendas, en un cerco de fábula que se volvió anacrónico, una película en blanco y negro sobre el culto decimonónico al hombre santo, en el que ya nadie puede creer. Una camisa de fuerza que terminó volviendo ininteligible la independencia.

¿Qué hacemos entonces con los mitos fundantes? ¿Tienen sentido, hoy?

Dicen que en la educación se ha superado esa forma de enseñar de la que tantos fuimos víctimas, pero aún si así fuera quedarían otras áreas, especialmente la política, en las que todavía rinde adherir discursivamente a un artiguismo de cuento de hadas. No, no soy historiadora, solo intento contar una anécdota y reflexionar sobre la verosimilitud de un relato enquistado en los que forman opinión.

Me costó dejar de soñar con aquel sermón de bienvenida de la maestra, dejar de lado la antipatía a Marta o Mirta, y a Artigas por propiedad transitiva. Pero el tiempo hizo lo suyo, comí otros candes Astra, otras maestras cambiaron la pisada para bien y, después de un largo periplo educativo, entendí que nuestro prócer había sido víctima del artificio de la historia que, como las religiones, transforma a los hombres en santos para recibir la adoración en sus altares laicos.

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