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Cuentito fraccionado, ficcionado y friccionado de un simple aficionado

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Escritor Marciano Durán

Por el escritor Marciano Durán. Estaba soñando que viajaba en avión.
Soñaba que tenía el asiento tirado hacia atrás y mi esposa dormía junto a mí, del lado de la ventanilla.
De pronto, un pozo de aire y una especie de trueno muy fuerte hicieron que moviera bruscamente mi cuerpo en la cama. Seguramente la tormenta verdadera de esa noche se metía en mis sueños como tantas otras veces.
Abrí los ojos y vi a mi mujer durmiendo en mi cama, a mi lado, dándome la espalda y mirando hacia la ventana grande. Miré el reloj sobre la mesa de luz y no lo reconocí. Giré mi cabeza para preguntarle cuando había comprado ese reloj tan lindo, y al mirarla más detalladamente noté algo raro en su pelo.

—¡Qué raro! Ese no es el pelo de mi mujer. ¿Una peluca? No entiendo.

En el momento en que iba a despertarla para preguntarle lo del reloj y lo de la peluca, escuché la voz de un niño que llegaba desde otra habitación. Traté de recordar si la noche anterior se había quedado alguno de mis nietos a dormir pero descarté enseguida esa posibilidad; hoy es martes y todos estudian.

—Lucho, está llamando Benjamín. Fijate qué quiere —dijo mi esposa con una voz que claramente no era la suya.

—¿Lucho? ¿Benjamín?

Algo está claro: sigo dormido. Sigo soñando el sueño del avión y ahora seguramente sueño que llegué a una casa que no conozco. No hay nadie que se llame Benjamín en mi casa y nadie me ha dicho Lucho jamás en mi vida.
Me senté en la cama, repasé todo el dormitorio con una lenta mirada de 180 grados y me di cuenta de que esa no era mi casa. Todo era mucho más lujoso. La TV de 50 pulgadas, la alfombra peluda, los cortinados de seda, el acolchado de plumas, el artefacto de luces, el vestidor, el equipo de música.

—Benjamín está llamando —dijo la mujer que estaba acostada en mi cama, sin girar la cabeza.

Intenté decir algo respecto a lo extraño de todo lo que me estaba pasando, pero no pude. Lo que yo quería decir no me salía como lo pensaba. Me paré y cuando pasé frente a un espejo grande junto a la puerta no pude creerlo: me miré de cuerpo entero y… ¡Era Luis Suárez!

Pero… ¿cuándo pasó esto? ¿Cómo pasó? ¿Cómo hago ahora para salir de adentro de este cuerpo e irme para mi casa?

Benjamín me abrazó, me dijo “buen día”, me recordó el partido con Bolivia de esa noche y me quedó definitivamente claro: ellos creen que soy Luis Suárez.
Le di un beso a una niña un poco más grande, de quien no conozco ni siquiera el nombre, y a otro niño más chico. Volví al dormitorio, tomé el celular de mi mesa de luz, googleé y me enteré de que la mujer que me esperaba en la cama de camiseta rosada y lila se llamaba Sofía.

Lo que siguió del día fue más extraño todavía. El desayuno, algunas llamadas, mi traslado a la concentración, el encuentro (o reencuentro) con los jugadores, la gente, la prensa.
En el vestuario, mientras me dirigía al casillero con mi nombre nuevo, un jugador alto que creo que se llama Araújo me preguntó si había visto a Pellistri. Pero yo no me doy cuenta de cuál es Pellistri. Sé que es uno medio chiquito, pero no me acuerdo bien de su cara. Cuando le estaba diciendo que no lo había visto entró un tipo muy parecido a Bielsa y se acercó a hablarme.
Al principio me preocupé, pensé que se había dado cuenta de que yo no era Suárez, pero, claro, mi voz era igualita, decía las cosas que siempre dice él e incluso, aunque no quisiera, hacía los mismos gestos.

Sí, era Bielsa; me dijo que no iba a entrar jugando, que me reservaba para el segundo tiempo.

—Lucho, ¿’tas de vivo? —me preguntó el grandote—. Estabas con Pellistri y me dijiste que no lo habías visto.

Y me reí con mi clásica risita, es decir, con la clásica risita de Luis, y les deseé suerte porque ya teníamos que salir a la cancha.

El partido fue increíble. Las pelotas pegaban en los palos, el golero de ellos atajó todo, jugamos todo el partido en área de Bolivia, pero la pelota no quería entrar.

Lo único que me preocupaba era que Bielsa no mirara para el banco. Ahí sí, se darían cuenta. ¡Yo jugué muy poco al fútbol! Apenas en la tercera de un cuadro de mi pueblo.
Justo en la hora, en el último ataque, derriban a Darwin. Penal y Darwin para afuera, lesionado. Todo en la misma jugada.

El veterano que estaba sentado en la heladerita se para, me señala y grita: “¡Suárez, adentro!”, y en unos segundos, que me parecieron horas, sacaron a Darwin en el carrito y yo pisé el césped del Centenario por primera vez en mi vida.

—Lo tira usted, Suárez —me gritó, y a mí me tembló todo el cuerpo.

Recordé algún penal que había tirado en mi juventud, elegí un palo, me acordé de que los penales que le había visto tirar a Suárez siempre habían sido de derecha.
Tomé una corta carrera. Miré al golero y noté que crecía y crecía y no dejaba de crecer.
El arco me quedó chiquito, troté despacio hacia la pelota y lo tiré fuerte a la derecha del golero.

El estadio se vino abajo.
El pitazo del juez fue para terminar el partido y lo único que se oía eran 60.000 personas gritando “¡Olé, olé olé… Suareeez, Suareeez!”

Me dio un poquito de lástima por el verdadero Lucho que se perdió a un estadio entero coreando su nombre… o el mío.

Cuando llegué a casa no podía creer lo que me había tocado vivir.
Los niños estaban jugando abajo, así que me fui derecho al dormitorio a tirarme un ratito en la cama. Quería repasar solo —muy solo— ese momento del penal.
Reconocí el dormitorio lujoso en el que ahora vivía y cuando fui a tirarme no recordé de qué lado de la cama dormía.
Como en el penal, elegí uno de los palos y me tiré de piernas y brazos abiertos.
A disfrutar.
De pronto sentí pasos que se acercaban subiendo la escalera.
Me arreglé la camiseta rosada y lil… ¿rosada y lila? y escuché la voz de Luis que decía mientras abría la puerta:

—¡Sofi, a festejar este triunfo, a festejar como nunca!

Un trueno retumbó en la habitación y me desperté en el avión mientras mi esposa seguía durmiendo en el asiento de la ventanilla.
Igual que Uruguay ¡me salvé con un 3 a cero!

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