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Cuento de amor negro

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Por la escritora Ana Vidal*. Me siento un poco estúpida en medio del mar, en una lancha inmóvil al Oeste de la isla. A merced de la marea y de Alberto. El cielo es azul intenso y el sol abrasa sin piedad, como corresponde a estas latitudes víctimas de agujeros de ozono en esta época del año. Perdí de vista a Alberto, el esfuerzo por mirar a lo lejos me cansa y seguir parada no tiene sentido. Busco una sombra escasa donde recostarme, siento la piel tirante y la boca seca. La botella de agua está en la popa y no tengo ánimo para ir a buscarla. Seguro que zozobraría y junto conmigo la lancha, el bolso, la relación con Alberto y todo lo demás.

Logro dormir cerca de media hora. Cuando despierto, estoy empapada en sudor y la luz apenas me permite entreabrir los ojos. Alberto todavía no ha regresado de nadar. Me doy vuelta y lo único que veo es una línea fucsia en el horizonte y todo lo demás es océano azul infinito. Giro la cabeza a un lado y otro, completo una circunferencia y desde todos los ángulos el espectáculo es igual, agua más agua más agua.

Camino hacia la popa aunque no debería hacerlo, puedo perder el equilibrio y caer. No sé cómo, pero al pensar en “caer” trastabillo y aparezco dentro del agua cristalina. Agito los brazos intentando nadar perrito con el pescuezo estirado y la cabeza erguida. Aguanto bien los primeros cinco minutos aunque mis intentos por subir a la lancha resultan inútiles. No estoy demasiado aterrada pero me gustaría salir del agua, no sé cuánto rato más podría flotar.

También sin explicarme cómo, Alberto aparece en la lancha, debe haber trepado por el otro lado.

─¡Qué suerte! Llegaste cuando más te necesito ─aplaudo con mis últimas energías.

Sus ojos negros brillan con espanto que intenta disimular para no asustarme. Sin hablar, me tiende un remo y hace una seña para que me apure. Me prendo con ambas manos de la punta del remo que él sostiene con firmeza. Alberto se aferra al piso de la embarcación con las piernas abiertas y rodillas flexionadas, cuenta uno, dos, tres. Cuando espero que comience a jalar, él con todas sus fuerzas empuja.

Tampoco estoy sorprendida, parece que fuera una actitud esperable de él aunque quizá no en este preciso momento. Agarro con más ahínco la punta del remo. Alberto empuja con más fuerza, contrae los músculos hasta ponerse colorado, pero es inútil, cuando me aferro no soy tan fácil de soltar. Quizá el calor lo afectó, los nervios lo confunden o no sabe cómo rescatar lo que se hunde, pero no te preocupes, tengo resistencia para rato y verás qué felices seremos.

Nada. Alberto no quiere saber de felicidades y sigue empujando. Es infrecuente que tome una decisión acerca de cualquier asunto que admita más de una opinión, pero cuando lo hace es imposible que la cambie.

─Pero si estamos tan bien… ─digo con una sonrisa.
Levanta el remo hacia el cielo y lo baja a toda velocidad. El agua estalla como si hubiera caído una bala de cañón en un charco. Lo vuelve a levantar y lo lanza contra el mar, sube y baja tratando de encontrarme. Me hundo y contengo la respiración, emerjo y vuelvo a esconderme confiada en que, si mi estrategia resulta, pronto se cansará.

Él sigue con el remo enloquecido hasta que siento el golpe seco en medio del cráneo. Empiezo a caer mientras el agua entra en mí como si se hubieran roto las compuertas de una represa, recorre todos los rincones del cuerpo. De una boca en forma de O salen burbujas que escapan hacia la superficie. Mis cabellos también apuntan al cielo y estoy segura de que mi cara se ha vuelto gris. Sigo cayendo a ritmo lento hasta que llego al suelo blando donde reboto apenas.

Acostada en el fondo del mar, disfruto la vigorizante sensación de contener el aire durante varios minutos. Ahora descubro que existe una sensación de poder aquí abajo, como de haber cruzado una frontera sin hablar el idioma. Me impulso para salir y respiro por primera vez en la vida, todo el aire del universo me invade los pulmones mientras el agua escurre sobre mis ojos.

Afuera no hay rastro de Alberto ni de la lancha, ni siquiera del remo. Giro hacia el horizonte y veo el sol, me vuelvo hacia donde debería estar la isla y diviso algo que podría ser arena y no está tan lejos. Me deslizo hacia allá con increíble liviandad y disfruto del agua contra mi cuerpo mientras veo acercarse la costa que he convertido en mi meta.

Cuando logro llegar, ceden las articulaciones y el cuerpo se desploma sobre un colchón de arena. El sol me da de lleno pero ya no siento la piel tirante, debo haber desarrollado escamas en el agua. Siento los músculos entumecidos cuando intento ponerme de pie, al primer intento no lo logro y al segundo y tercero tampoco. Las piernas deben estar acalambradas, trato de darles un masaje pero al tocarlas algo me raspa. Son escamas, ásperas, verdes, tornasoladas. Recién ahora descubro que debajo del obligo no tengo piernas sino algo que parece una cola de sirena.

Sonrío y deslizo los brazos sobre la arena, los junto sobre la cabeza formando una flecha, podría dispararme hacia el futuro y hacer de él lo que quisiera.

Soy libre.

No dependo del timón de Alberto, no tengo que adivinar qué piensa, si le falta o le sobra tiempo. Solo voy a pensar en mí, un ser que sin saber nadar ha llegado hasta tierra firme. Y mañana quizá saldrá mi foto en los diarios, querrán entrevistarme y escribir el relato de una náufraga en el que se dirá cómo sucedió todo. Pero Alberto será declarado inimputable, víctima de su propia torpeza. Y yo lo perdonaré, pero jamás, jamás, volveré a subir a su lancha aunque me lo pida de rodillas.
Uruguaya, abogada y escritora. Vive en Londres. Columnista de EL ECO.

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