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El florista, el pintor y el portero

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Marciano Durán

Por el escritor, Marciano Durán, columnista de EL ECO. Es difícil de creer, lo admito. Pero Uruguay tiene esas cosas.

Fue por aquellos años en que el presidente del país era un floricultor que vivía en una chacra y andaba en un escarabajo del sesenta y cinco.

El intendente de Maldonado era un pintor de obra que vivía en San Carlos y andaba en un Chevette del ochenta y tres. El Director de Cultura de la Intendencia era el portero de un edificio en Punta del Este, que vivía en la portería y salía a correr todas las mañanas.

A Inglaterra no le hubiera pasado, a Egipto tampoco, y a Japón menos. Pero en Uruguay pasan esas cosas. Es un país generoso.

Como si fuera poco, además de pintor el intendente era sindicalista. Y el Director de Cultura además de portero era humorista. Eran completitos.

Un día llegaron dos damas argentinas a ver al intendente.

Porteñas, bien ataviadas.

El intendente las recibió en el quinto piso de aquel colosal edificio hecho por los militares, en un despacho que le hubiera quedado grande a cualquiera de los generales.

Las damas eran del grupo de Señoras Residentes de la Argentina, o de la Asociación Argentina de Damas Patricias o de alguna agrupación de ese tipo. Estaban muy emocionadas de conversar con el pintor.

Las damas entraron, con las pulseras tintineantes, y se encontraron con un tipo que tenía un termo y un mate sobre el escritorio. El Intendente les estrechó las manos pequeñas, hermosas, blanditas y delicadas. Se sentaron, cruzaron las piernas y se tironearon las polleras que, porfiadas, se negaban a ocultar las rodillas. El Intendente se disculpó por las instrucciones que dio a su secretario frente a ellas:

-Un segundo, por favor. Ya las atiendo, señoras -dijo y le indicó algunas tareas al funcionario.

Las damas aprovecharon y miraron el entorno, luego colocaron las manos cerradas sobre las piernas, se miraron las uñas, como comprobando que estuvieran todas. Como sobró tiempo miraron por la ventana, volvieron a las uñas, y otra vez a la ventana que mostraba, allá abajo, el césped verde del estadio de fútbol. Después miraron las manos del intendente, las paredes, otra vez las uñas, el mate y el termo con pegotines, la cara del intendente, que justo terminaba con las instrucciones y ahora devolvía sus miradas.

-¿Así que usted es pintor? -dijo una de ellas, para romper el hielo.

-Sí, señora -contestó el intendente con una sonrisa casi forzada.

-¿Y ese cuadro? – y señaló un óleo de Artigas que colgaba en una de las paredes del despacho-: ¿Lo pintó usted?

-No, señora -contestó enseguida-: Lo de atrás, señora, lo de atrás -agregó con absoluta naturalidad, mientras planchaba el aire con la mano abierta, como si la metiera entre la pared y el cuadro. Como si pasara el fratacho.

Así eran las cosas por ese tiempo en aquel extraño y pequeño país con forma de chicharrón. Por eso no fue raro que un portero de un edificio de apartamentos ingresara como Director de Cultura, a administrar los bienes culturales de ciento cincuenta mil locatarios y de un par de millones de visitantes.

Para que se completara el desconcierto, el portero había sido electo por la ciudadanía para el cargo de intendente, cuando el titular se enfermara o viajara. Pero el pintor viajaba poco y nunca se enfermaba. Y el portero esperaba su oportunidad en el banco de los suplentes, con fe en alguna lesión, un tirón, un desgarro o un calambrecito. ¡Y nada! El portero se arrimaba a la línea de cal todo lo que podía. Estiraba, se movía, hacía flexiones, conversaba mucho con los otros suplentes respecto a la marcha del partido. ¡Y nada! Hasta que un día sucedió lo inevitable.

El pintor sufrió un desgarro, o una gripe, o un llamado a sala, y de momento tuvo que abandonar el juego. El portero dio un salto de su banco y se paró rápido junto a la línea de cal, antes de que otro de los suplentes lo garroneara. Y llegó el momento mágico: ingresó por el intendente.

“De portero no”, les pidió. Pónganme de nueve. ¿Raro que un portero fuera intendente? Se. En realidad lo más raro era que hiciera las dos cosas a la vez. Como aquel tipo que hablaba realmente bonito y sabía hacer unos silencios extraordinarios, pero nunca consiguió hacer las dos cosas juntas. El realismo mágico residía en que, a partir de ese momento, el portero jugaría en dos canchas diferentes. Y en las dos de visitante. Pero nunca jugó presionado por la hinchada, ni por los jueces, ni por la historia.

Durante el día, desde tempranas horas de la mañana, de saco y corbata ejercía las funciones de primer mandatario de aquel condado. A las seis de la tarde se sacaba el saco y la corbata y se ponía el uniforme del portero. Azul, de fajina. Y arrancaba para las ocho horas. Las otras ocho horas.

Pasaba de firmar contratos por las cañerías de gas, a subir garrafas de trece kilos a los apartamentos.

De los zapatos lustrados sobre la alfombra peluda, a las chancletas para regar el césped.

De la transparencia de la gestión, a los lampazos en los vidrios.

De recibir valijas diplomáticas, a subir las valijas al piso diez.

De las gobernanzas, a las gobernantas.

De las limusinas, a las lavandinas.

De aspirar un país mejor, a pasar aspiradora a la recepción y los ascensores.

Y tempranito a la mañana, se tiraba de su cama en la portería y arrancaba para llegar antes que nadie al despacho del quinto piso.

Dicen que el portendente (así le decían) una tarde tuvo una reunión con el embajador de Francia y dos empresarios de aquel país. Lo acompañaron tres directores y un alcalde. Y le sonó el celular. Leyó el mensaje y pidió que terminara la reunión. Resumió, concretó, cerró el acuerdo. Había conseguido un buen resultado y la entrevista se estiraba sin necesidad, a través de la conversación repetida. Le dio la mano a cada uno de los asistentes, se paró rápido y olvidó el celular sobre el escritorio. En la pantalla quedó un mensaje de texto. Uno de los directores alcanzó a leer el mensaje. Lo leyó dos veces, la primera vez no lo creyó. La segunda tampoco. Con disimulo tomó una carpeta, tapó el celular (por si algún francés tenía ojo largo), y antes lo leyó por tercera vez:

“Venite urgente, te llaman del 1403, se les tapó el inodoro”

La “servilleta- dibujo” es de mi amigo Juan Carlos Barreto

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