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La Punta de la Cruz

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Interpretación gráfica del artista plástico maragato Juan Carlos Barreto

Por el escritor Marciano Durán

Salía de un pueblo pequeño.
Tan pequeño como hermoso.
Tan pequeño que cuando paraba un tren de carga, la parte de adelante se pasaba del pueblo y la de atrás no alcanzaba a entrar.
Siempre le sobraba tren al pueblo.
Llegaba a un lugar distinto.
Enorme.
Entraba a una ciudad de avenidas, semáforos y rascacielos.
Tan enorme que el mar le quedaba chico.
Y los dos lugares, el que dejaba y al que llegaba, tenían calles, pasaban vehículos, caminaban personas y se sucedían construcciones en las que la gente dormía, comía y hacía el amor. En eso se parecían. Y en poca cosa más. Árboles que crecían en las veredas, techos que paraban la lluvia, busto en la plaza que recibía flores los 25 de agosto, sol que alimentaba jardines, luna que nutría romances, estrellas que avivaban sueños y poca cosa más.
La Cruz y Punta del Este tenían poco en común.
Una tenía vacas y la otra entrecot.
Una parras y la otra Cabernet Sauvignon.
Una cementerio y la otra casino.
Las dos aparecían en el mapa de Uruguay y las dos estaban a la misma distancia de Montevideo: una hacia el norte y la otra hacia el este. Sin embargo, una quedaba mucho más lejos que la otra de la capital.
Una dormía la siesta cada tarde sobre el pasto, y la otra trasnochaba cada madrugada sobre la arena.
La Cruz había sido el lugar donde durante tres años ordené el pasaje de los trenes. La estación de ferrocarril de aquel pueblo era mi espacio. Mi vida. Había llegado de la capital del departamento cargado de puntos y de rayas a telegrafiar cada mañana, para que los trenes pasaran una vez hacia el norte y otra vez hacia el sur. Todos los días de esos tres años. Todos los años de mi mayoría de edad. Más de mil trenes que saludaron al pueblo durante tres minutos desde sus ventanillas. Miles y miles de vidrios empañados por el aliento de niños aburridos. Miles y miles de ventanas abiertas por las que volaban los cabellos de madres alertas. Así contada, la historia resultaba larga, copiosa y exuberante. Pero en realidad, mil trenes durante tres minutos, en una rápida multiplicación reducían hasta tal punto las vivencias, que con dos días sobraba tiempo para tanto aliento caliente y tanto pelo revoleado.
Por esos tiempos La Cruz se achicaba como los viejitos. Y nadie parecía darse cuenta. Casi sin que los habitantes lo notaran, la uva tanat que colgaba de las vides de sus campos, se convertía en pasa de uva, linda, apetecible y sabrosa, pero pasa de uva al fin. Y nadie parecía darse cuenta. Como esas arrugas que nos cuesta ver porque todos los días asistimos a ellas en el espejo. Las mismas que los demás descubren todas juntas en nuestras caras, cuando nos ven en cumpleaños o en sepelios espaciados. Y nadie parecía darse cuenta. El pueblo se miraba en su espejo en las afeitadas mañaneras y era necesario que llegaran viajantes de otras ciudades que encontraran las arrugas de sus casas, los pliegues de sus calles, las canas de sus techos y los años de su gente.
Las tres plagas de fin de siglo cayeron sobre La Cruz. El pueblo fue crucificado. Tal vez el progreso se encargó de condenarlo por la sanación de las enfermedades, o la realización de milagros. Tal vez lo condenaron a muerte los jefes políticos y piláticos de la capital. Historias que se repetían dos mil años después. Seguro que, a La Cruz, también la condicionó el nombre desde su nacimiento. Primero cerró su vitícola que elaboraba vinos con las folle noir del entorno suavemente ondulado. Ese día, el del cierre, los muchachos y las muchachas empezaron a mirar con mucho cariño el camino que conducía a la salida del pueblo. Años después, desde Montevideo, un político ordenó que la ruta que unía la capital con la frontera, se corriera unos kilómetros hacia el costado. A partir de entonces, si se atravesaba el país no se pasaba más por el almacén de ramos generales, ni se cargaba combustible en su Texaco, ni se compraban bizcochos en “La sin rival”, la única panadería del pueblo, la del nombre perfecto.
Yo había llegado en tren. Era la única manera que conocía para llegar a un pueblo que desconocía. En mis trenes. Por aquellos años en los trenes trabajaba, dormía, comía y proyectaba mis sueños. Alguien que aún los protegía bajaba las barreras para que mis sueños transitaran sin obstáculos, a toda máquina. Todavía.
Y cuando parecía que ya no quedaban más plagas para caer sobre el suelo cruceño, otro pilático desde la capital paró los trenes. Entonces un día los puntos y las rayas ya no salieron disparados de los telégrafos de la vieja estación. Las botas de goma ya no se sacaron el barro en el andén. La campana y el silbato enmudecieron dolorosamente, y los mataburros perdieron sentido. El viento se volvió más seco y el polvo se arremolinó con más fuerzas desde la calle principal. El paraíso de la estación no supo qué hacer con tanta sombra, las ranas se fueron a cantar a otras cunetas y los niños nunca más miraron hacia los costados para cruzar la vía. Así que lo único que podía hacer a los veintiún años, era subirme al último tren.
En él llegué a Punta del Este. Con valijas que no conseguí llenar ni con cosas prestadas, y con intenciones de un nuevo comienzo. Con el cuentakilómetros en cero. En una ciudad que no se le parecía en nada a mi pueblo. En verano. De seiscientos habitantes a seiscientos mil. En un abrir y cerrar de valijas. En un cerrar de trenes, bodegas, carreteras y sueños colectivos. En un abrir de puertos, shopping, aeropuertos e incertidumbres.
¡Qué difícil! ¡Qué difícil me resultaba entender aquello! Entender a qué lugar me había llevado el último tren. ¿Qué era eso, que ni me recibía, ni me acogía? ¿Qué era eso, que ni se enteraba que había llegado un tipo con un par de valijas prestadas llenas de sueños propios? Llegué con las últimas luces del día de un viernes de diciembre. Caminé por su calle principal tratando de mirar todo. Me llené los ojos. Corrí cada vez que bajé a la calle. Descansé después de cada cordón. Me teñí con las luces rojas de los frenos de los autos que avanzaban en mi misma dirección. Después fui azul y verde y naranja porque la Philips y la Coca Cola escupían luces desde los edificios hacia las veredas por donde pasaba. Las bocinas, los motores, los gritos y la música me envolvieron. Aturdido. Se olía a auto, a gente y a mar.
Un edificio de más de veinte pisos me conmovió. Me resultó exagerado, impúdico y asfixiante. Y allí estaba yo, parado frente a él. Apoyé las valijas a cada lado de mis pies. Levanté la mirada para poder verlo entero. Cuando mis ojos se llenaron casi hasta volcarse, cuando ya no pude mirar más y aún me quedaba edificio por ver, di un paso atrás y trastabillé. No caí. Me paré firme ante mi nueva ciudad. Repasé una por una las ventanas de las que salían luces blancas y amarillas. Recordé las luciérnagas en el campo de la bodega. Un amigo que me esperaba me había seguido sin que yo lo advirtiera. Se acercó por atrás, me tocó el hombro y su voz resonó pausada, fuerte y terminante entre las palmeras de Gorlero.
– ¿Ves? Ahí, en ese edificio, esta noche va a dormir más gente que en todo el pueblo de donde vos venís. Por unos minutos imaginé la casa del juez allí adentro del hall. Y la capilla y la estación y los almacenes. Y la escuelita y la comisaría y las vacas. Y los toneles sin vino y las cunetas sin ranas y los paraísos sin nidos. Y no entendí cómo cabía todo mi pueblo entre esos aluminios y esas cortinas de enrollar y esas barandas y esos balcones al mar.
Los dos primeros días fueron difíciles. Y no tanto por los semáforos o por la velocidad de los autos. Por eso también. Y no tanto por las mujeres de los cuerpos y los hombres de los dineros. Por eso también. Y no tanto por los casinos y las arenas y las sombrillas y los yates y los chalets. Por eso también.
Era por otra cosa que los dos primeros días no fueron fáciles. Punta del Este tenía algo que la diferenciaba muchísimo de La Cruz, pero yo no conseguía definirlo. Hasta que mi cuñada fue a Gorlero y volvió pálida. Había llegado a Punta del Este unos días antes que yo, y también buscaba explicaciones.
-Fui a jugar a la quiniela -dijo con los ojos desorbitados y puso la boleta en la mesa, sin mirar dónde la apoyaba, con los ojos fijos en la puerta que acababa de cerrar.
-¿Qué pasó? -pregunté mientras miraba hacia afuera, como si alguien la hubiera seguido.
-Que adelante mío, en el kiosco, en sandalias, traje de baño y remera había un hombre que apostó… la misma cantidad que yo quería ganar.
Apenas tres días después del último tren, en una frase inocente transformada desde ese día en grafiti de mis muros, entendí a dónde había llegado. A un lugar donde la gente apostaba de un saque, todos y cada uno de nuestros sueños de pueblo chico.

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