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No aprendo más… volví a correr la San Fernando*

Por Marciano Duran. Humor. Debí haberme retirado de las maratones el año pasado cuando vi que la caramañola del tío me sirvió de poco. Por lo visto el hombre es el único animal que tropieza dos veces con el mismo gatorade casero.

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El 6 de enero a la mañana sonó el teléfono en casa y era justamente él: mi Tío Chito.
-Esta vez sí. No podés fallar ¡¡La van correr al revés!! ¡¡Yo hace muchos años la corrí al revés, es facilísima!!—me dijo el tío
¿Cómo al revés? ¿Habrá que correr marcha atrás? ¿Cabeza abajo? ¿Con las manos?
El tío me explicó los secretos de la San Fernando mientras comíamos un asado que le trajeron los Reyes (El Pardo Reyes y el hermano que llegaron de Florida a correr)
Eran las cinco de la tarde y seguíamos picando unos choricitos, mollejas y bajando algunas cervezas.
–Bien –me dijo el tío– va a ser muy fácil–¿Conocés a Laventure y a De Isequilla?
-Sí.
-Fueron de la Liga de Fomento a la Intendencia.
-Sí.
-Vos tenés que hacer al revés. Salís de la Intendencia y llegás a la Liga de Fomento, es facilísimo.
Calculé que terminaría como Rubí: de la Liga de Fomento a Cardiomovil.
-Agarrás por Román Guerra, es una calle muy rápida, vas a ver que cuando quieras acordar estarás llegando a Lavalleja, ahí doblás a la izquierda. Siempre doblás a la izquierda, este es uno de los cambios más importante de este gobierno, te van a hacer doblar a la izquierda todo el recorrido. Lavalleja es casi un jabón, ligerísima, cuando quieras acordar vas a llegar a la rotonda y otra vez a la izquierda por Joaquín de Viana. Y lo más importante… lo que era repecho ahora es bajada…es al revés ¿Entendés? Vas a tener un puesto de agua cerca de Las Delicias y en la 24 doblás otra vez… ¿a…?
-A la izquierda– le dije atento.
-¡Bien! Enseguida viene la rambla con aire, fresquita, refrescante, con viento a la espalda que te va a llevar como con patines hasta la meta. ¡¡Es facilísimo!!
Con la cerveza y las mollejas camino al estómago y el estómago camino a la Intendencia comencé a sufrir los 40 grados de la tardecita.
Fui corriendo porque no llegaba.
Al llegar me atendió un servicio médico al lado del Campus.
Detectaron algo de sangre en el torrente alcohólico.
Me trepé por arriba de las barandas y me puse a calentar junto a los keniatas.
Me coloqué en posición de largada.
23 segundos después me mandaron a calentar con el grupo grande de corredores que estaban al otro lado de la baranda.
Ahí me di cuenta de que “al revés” quería decir “de Maldonado a Punta del Este”.
Al pasar la baranda quedé entre los primeros.
Me dijeron de todo y empezaron a empujarme de mala manera hacia atrás.
Quedaba siempre delante de alguno que me empujaba para atrás pisándome y golpeándome.
Así hasta 5.500.
En dos oportunidades me di cuenta que tenía los cordones desatados pero me pareció preferible arriesgar a pisármelos, caerme y fracturarme el fémur y la clavícula (que son partes del cuerpo socialmente rompibles)
Noté que cada vez estaba más cerca de Punta del Este, lo que me empezó a preocupar. Quedé en los semáforos de Roosevelt, cerca de Arcobaleno, casi más cerca de la llegada por atrás, que de la largada por adelante.
Yo había llevado un plastiducto que me dio el tío como parte del plan: debía pegarle a los negros apenas quedaran a mi alcance.
Cuando dieron la orden de partida, los keniatas picaron y dejaron una especie de estela azul atrás de ellos.
Fracasó la primera parte del plan.
Eché manos al Plan B (menos ambicioso): ganarle a Rogelio Fernández.
-Pasamos 3 de febrero– me dijo un señor con camiseta de Peñarol.
-¿3 de Febrero?…casi un mes corriendo—dijo un nabo que todavía tenía aire como para decir estupideces.
A dos cuadras de la Intendencia me saludó el canario Ancheta desde el techo de la casa, pero yo aún no había conseguido sacarme el codo de la boca de la señora que largó penúltima, por lo que lo llamé por teléfono al otro día para devolverle el saludo.
En la Escuela Uno seguía caminando e intentaba picar… pero nada.
El grupo era muy compacto.
Mandé un mensaje de texto a mi hija que estaba en Joaquín de Viana y me dijo que Doña Tita, la vieja que atiende el puesto de revistas, me había sacado 12 cuadras.
Intenté picar pero apenas si lograba colocar un pie delante de otro.
Me pasé manteca por el cuerpo (otro de los trucos de mi tío) y conseguí avanzar bastante.
Doblé a la izquierda por Lavalleja y dejé atrás a unos cuantos.
En la rotonda se me complicó porque se me ocurrió respetar el “ceda el paso” y se me colaron algunos. Frente al Uru, Eduardo Pérez me saludó y yo pensé que aún tenía aire como para gritarle: “Gracias Eduardo Pérez, graaaacias por tu apoyooo y por el apoyo de todos los que salen al paso de esta estupenda maratóóón!!!!”
Intenté levantar un brazo para saludarlo.
No pude.
Abrí la boca para gritar “Gracias Eduardo…” y todo eso que se me había ocurrido.
Apenas si me salió un chiflido finito, como cuando cierran un bandoneón.
De pronto…
¡No podía creerlo!
La meta estaba ahí, delante de mis ojos y no estaba tan cansado.
Levanté los brazos, apuré el paso y grité con mis últimas fuerzas:
-¡¡Lleguéééééé!! ¡Lleguéééé y demoré menos que el año pasado!
Me extrañó que no hubiera tribunas, asientos, banderas, ni cartel de llegada.
Un policía me explicó amablemente que esa era la llegada hasta el año pasado, pero que ahora había que seguir hasta la península.
¿Hasta la península? Pero…están todos locos. ¡¡Yo me había preparado sicológicamente para llegar a Antel y dejar!!
Me coloqué estratégicamente atrás de una corredora que estaba bastante bien.
Significó un fuerte aliciente tenerla allí adelante algunas cuadras.
Miré hacia delante y noté que era el último de los que corrían.
Miré para atrás y vi que era el primero de los que caminaban.
Decidí empezar a caminar.
¡Quedé primero de los que caminaban!
Así de fácil.
Cuando me cansaba de ser el mejor de los caminantes trotaba un poco y quedaba último de los que corrían.
Cuando la autoestima se me desinflaba empezaba a caminar y otra vez era el mejor de los que ya no podían correr.
De pronto agarré el repecho de la parada 24.
A pesar de lo que me había dicho el tío, sentí que lo de la 24 seguía siendo un repecho.
Justo allí estaban dando agua: ¡¡¡En botellones de 5 litrooooos!!!!
Como pude cargué con el botellón en los brazos por dos cuadras buscando un sacacorchos o alguien que me lo destapara.
Me acordé de las palabras del tío: “La rambla con aire, fresquita, refrescante, con viento a la espalda te va a llevar como con patines hasta la meta. ¡¡Es facilísimo!!”
En la parada 22 me ayudaron a abrir el bidón, coloqué la boca en el pico y con las dos manos intenté elevarlo para que el agua entrara por mi boca.
No pude.
En la parada 18 me encontré con los keniatas que volvían caminando, vestidos, bañados, peinados, los habían premiado, habían terminado la conferencia de prensa, fueron hasta el hotel, cenaron , chatearon con sus familiares en Nairobi
En la Parada 5 llegó el momento que siempre llega en una carrera, el de preguntarse “¿Qué diablos estoy haciendo acá?”
Completamente destrozado, con un dolor distinto en cada parte del cuerpo, sediento, acalambrado, corriendo como un nabo en vez de estar aplaudiendo como cualquier imbécil de los que estaban en las veredas.
Me vino un ligero mareo.
Era lo único ligero que me podía venir.
Pasé al Plan E: ganarle al Colorado de Igual a Igual.
Cuando llegué no quedaban ni los perros.
Habían desarmado hasta las tribunas.
Recordé las palabras del tío: “de los uruguayos vas a ser uno de los que esté más cerca de los keniatas”
En el color.

Autor: Marciano Duran, escritor, columnista de EL ECO.

*Se realiza todos los enero en el departamento de Maldonado, son 5 y 10 k.

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