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Qué fue de la vida de Juana la mujer cuyos hijos murieron calcinados

Por Juan Estevez, periodista y escritor. Villa Soriano. A propósito del ‘linchamiento’ virtual que se ha hecho contra la muchacha a la que, la noche del 24 al 25 de agosto, se le murió un bebe de muerte súbita recordé las reacciones similares cuando en Dolores sucedió una tragedia y me tocó ‘cubrirla’ para el semanario ‘Entrega 2.000’. Recordando a aquella mujer ayer y su actualidad.

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Juana sigue luchando en un mundo que la golpea permanentemente

Cenizas

Siete niños murieron en la noche del 10 de febrero de 1997, en un rancho del Barrio Calvo de Dolores. Medios de todo el país, en especial montevideanos, se hicieron presentes con toda la parafernalia de cámaras, grabadores, cámaras fotográficas, móviles satelitales, todo manejado por intrusos instruidos y construidos para respetar a rajatabla lo de las pirámides invertidas donde la información desciende en importancia por franjas y cuando llega al pico final comienza la otra con el tráfico de horror hasta ensanchar la base todo lo que el morbo del espectador pueda tolerar. Y más. Todos al unísono, como espectadores de un partido de tenis, se volcaron hacia la muchedumbre que canalizaba su histeria personal insultando a Juana. Los brazos estirados con los micrófonos en las manos semejaban el saludo nazi al servicio de intereses neoGoebbelianos. La pobre mujer, la madre de siete hijos ya muertos, la pobre–pobre Juana se moría más y más al pensar neblinosamente que ya jamás tendría sus pichoncitos, sus hijitos del alma que había estado criando como podía, como sabía.
De nada había valido entregar su maltrecho cuerpo para al día siguiente tener la olla sobre el fuego de palitos recolectados por los gurises. Tampoco darles hijos a sus sucesivos compañeros reincidiendo en la esperanza de que alguno se quedara.
Lloró Juana en un vano intento por apagar el incendio de su almita desvalida, desgraciada. Lloró y el nuevo ser que cargaba en su vientre, sorprendido en la placidez amniótica debió aprender así que la sal de esa vida no será otra que la del sabor de la lágrima.

Ella
¡Asesina! ¡Asesina! –le gritan a la salida del Juzgado frente a la vieja plaza Constitución que estaba siendo remodelada. Demacrada y con un cansancio de 34 años sólo atina a bajar la mirada escondiéndola entre los pelos desgreñados que cuelgan en mechones azabache. Quienes le gritan no son vecinas de su barrio, no saben, no conocen… ¡Asesina! ¡Asesina! Los gritos se amortiguan tras los cristales del vehículo policial y reverberan en las pantallas de los televisores. Se llevan a Juana.

Periodistas especializados en ajustarse sus corbatas a la cuenta de tres para salir en la pantalla adjetivando efectos y no causas, a la hora de la cena, ponen caras de circunstancias e impostan voces y gestos.

El bagre
Las manos grandes otrora encallecidas por el trabajo en la esquila y de alambrar campos ajenos se ven ahora suaves en su rugosidad de anciano jubilado. Sostenidas por finos brazos al desnudo con huesos apenas cubiertos por piel y músculos casi en desuso, esas manos empinan la botella de plástico frente a la boca escasa de dientes. José María Britos, hermano de la madre de Juana, inclina la cabeza hacia atrás para no perder una sola gota de vino. El “Bagre” –así le gusta que lo nombren– es propiamente un pez nadando en la laguna de alcohol que se paga con su jubilación miserable. Con el cerebro embotado el hombro izquierdo –“Me atropelló un camión, hace años…”– duele menos.
Muerto en vida, anestesiados los sentidos con el vino cachiporrero acaso sus neuronas dejan de danzar hipos cuando el “Bagre”, con voz ronca de tanto tabaco y filtrada por entre la rala dentadura, emite una letanía fatalista:
–“Estas son cosas que les pasan a los vivos”.

Lágrimas
Siendo niña Juana lloró sin el consuelo de un abrazo cada vez que Gloria, la mujer que la parió, se emborrachaba y le pegaba. Su padre, con ausencias como manchas de aceite en el suelo, en sus regresos de las estancias se dedicaba a ganar y perder partidos de truco “por la copa” en el boliche de turno para desandar los caminos al rancho con marcha zigzagueante y, según, dispuesto a repartir unos chirlos entre los gurises. Juana lloró esos cintazos.
La mañana que todos se despertaron en ese mismo rancho con los gritos desgarradores de Gloria que en la noche se había ido a acostar empujada por la somnolencia del vino, borracha, Juana lloró. Durante el sueño la mujer se dio vuelta en el camastro asfixiando a una beba de meses.
Nadie puede decir que Juana no lloró la muerte de su hermana mayor cuando el marido le infirió catorce puñaladas.
No pocas lágrimas entibiaron la cara de Juana cuando, aterida por el frío en oscuras e interminables noches invernales le lavaba la ropa a sus hijos que al decir de algunos vecinos, “Siempre andaban limpitos”.
Huber, el hombre que la llevó en su moto hasta el rancho en llamas esa noche, la vio llorar y gritar:
–“¡Mis hijos! ¡Mis hijos!”
Alicia, vecina de al lado, compartió su llanto apagado cuando contraviniendo disposiciones de seguridad policíaca se le acercó en el Juzgado y fundió sus manos con las de Juana en un tembloroso apretón.

El bagre
Las casitas del Barrio Calvo son de digna pobreza. Ladrillos y bloques a veces revocados, jardincitos… El rancho de Juana tenía las puertas hacia el este y nunca pudieron recibir los primeros rayos del día porque entre el sol y ellos se interponía el cascarón de cuatro paredes altas que no sostienen techo, lo que queda del viejo almacén de Teófilo Valdés. Allí, el “Bagre” cuenta con que las estrellas y la luna, a su turno, en sus trayectorias atraviesen algunos tirantes que esperan su turno para ser vendidos. De algunos penden jirones de las chapas del techo, cariadas por el hollín. En el piso tapizado de basura prende fuego para cocinar y cuando el viento se arremolina todo el lugar es una chimenea. El “Bagre” está habituado al humo y la madrugada del lunes 10 no pudo diferenciarlo del humo del incendio a pesar de estar durmiendo a escasos cuatro metros, pared y patio de por medio El viernes había cobrado…

Puertas
Juana no quiso encerrar a los niños para que no salieran. Los dejó adentro para protegerlos, para que nadie entrara. En una de esas para evitar que el padre de la nenita de 16 meses cumpliera la amenaza que diez días atrás, yéndose, le hizo:
–“Me la voy a llevar, vas a ver”
Entonces dejó una de las puertas cerrada con pasador, por dentro. “La Pelada”, el nene más grande que “era muy vivaracho” era el encargado de abrirla. Ya le había respondido a la maestra que le preguntó qué harían si se prendía fuego estando ellos solitos:
–“No importa porque voy, abro la puerta con pasador y saco a mis hermanos”
La otra puerta Juana la había dejado cerrada con candado, por fuera.
El destino de desgraciadez jugó sus fichas y el fuego iniciado por la combustión de un espiral para ahuyentar mosquitos colgado a centímetros del techo de paja se originó del lado de la habitación de Juana, la mitad del rancho dividido por una cortina de nailon, en la que la puerta estaba cerrada con el pasador.
Los gritos de “La Pelada” alertaron a Washington, un muchacho vecino de 16 años…

Pesos
Por la solidaridad de un vecino que la había puesto en planilla como empleada doméstica Juana cobraba Asignación Familiar, la Canasta de Complementación Alimentaria, subsidio estatal para los uruguayos por debajo de la alfombra de la pobreza o subterfugios así para no nombrar la miseria por su nombre.
Sin preparación ni instrucción adecuada, ¿haciendo qué trabajo ganaría lo mínimo indispensable para poner comida en las bocas de sus siete hijos? ¿Debió darlos en adopción? ¿Por qué no los entregó al Iname? Encrucijadas de difícil resolución para una mujer no asistida convenientemente en la prevención de embarazos, para una madre que aún en la llaneza más rasante del intelecto, ama a sus hijos y no admite separación alguna. Los gurises, bañados todos los días, iban a la escuela y estaban todos con ella. Por las noches Juana salía en busca del peso a costa de más degradación.

Pocho
–“Entrá Pocho y sentate en la cama. Ahí te estoy haciendo el puchero…”
–“No hallo consuelo, carajo” –se lamenta Pocho, un vecino y compinche del “Bagre” de 71 años y gorra ladeada que llegó, agitado, en una vieja bicicleta. Comparten el vino y trae medio litro de un tinto de oscura densidad y una galleta que saca de un bolso chismoso.
–“Con todo lo que pasó entiendo que la culpable es ella” –expira Pocho poniendo cara de compungido mal interpretada –“Pero… son destinos de la vida” –agrega, lumpen salomónico.
A la pregunta de si tiene hijos, contesta aspaventando:
–“¿Qué? ¡Jáh! Como 13, 14, 15 hijos tengo… Ahora estoy solo allá en las casas…”
–“¿Se fueron?”
–“¿Eh? –pregunta contestando para ganar tiempo y contesta –“…con la madre se fueron”
Antes que un vecino asegurara que Pocho había abandonado a su mujer y sus hijos, mirando al suelo, recorriendo los restos calcinados se lamentaba: “¡Pobrecitos! ¡Pobrecitos!… ¡Qué mujer limpita! ¡Y cómo atendía a los muchachos! Todos los vecinos la querían. ¡Qué cosa amigo! ¡Pobre Juanita! Yo tengo un disgusto por todo esto…¿Con qué me olvido de esto, eh?”
El “Bagre” le arroja un salvavidas:
–“¡Qué va’cer! Ahora ya está”

Cenizas
“La Pelada”, “Chichín”, “Enano”, “Lelo”, “Negrita”, “Nico”, ya no venderán bolsitas de ajo ni prenderán bosta de caballo para correr los mosquitos. No apedrearán al “Bagre” ni se echarán de panza frente a los grandes ventanales de una casa vecina para mirar televisión.
“La Nena” nunca correrá. Juana y su embarazo de cinco meses fueron a parar a la cárcel. Sufrimiento pago con sufrimiento.
El “Bagre” tendrá reluciente techo nuevo para cobijar los tristes despojos de su cuerpo abandonado aunque habitado.
“Pocho” contará la tragedia una y mil veces a cuánto se le atraviese y justificará el vino ofrecido.
La Junta Departamental considerará el petitorio de un edil tan ‘bienintencionado’ como pueril de ponerle “Siete Hermanos” al viejo e histórico “Paso de la Arena” pero los votos favorecerán a los vecinos que prefieren el olvido.
Harán colectas para ponerles placas en los nichos.
Nadie trató de que los pusieran juntos, en nichos contiguos, y fue la voluntad municipal que les otorgó lugares separados, marginados hasta en la muerte.
Para entonces se sabrá que los sepultaron cristianamente el miércoles…de ceniza

Hoy Juana ha sobrevivido criando dos hijos más. Sigue viendo al mundo con esos ojos…

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