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“Silva a los días dispersos”, por Carlos Liscano

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La ilustración es de su libro "La interminable" (2019)

“Silva: colección de materias o temas diversos, escritos sin método ni orden”. – Diccionario de la Lengua Española

2- En busca del ser

Sigo en el bosque. Tal vez he avanzado algo. Nunca se puede saber si uno avanza o retrocede o se queda en el sitio. Aunque creo que me he movido un poco, en línea recta, no sé si hacia adelante o hacia el sitio de donde partí. Quizá regresé y estoy otra vez en el punto de partida. Es difícil saber dónde está uno, difícil saber qué hora es. Ni siquiera sé qué hago en ese sitio. ¿Estoy en un sitio? Es claro que sí, en alguna parte uno tiene que estar porque si no ¿qué? ¿Acaso yo no estoy? Entonces ¿qué soy? Yo también tengo derecho a estar, como todo el mundo. En otra historia yo tenía el mismo problema, no sabía dónde estaba ni qué hora era. Mucho menos sabía qué hacía allí. No podía averiguar nada acerca del sitio, pero encontré una solución para el asunto de la hora. Para no tener dudas, expectativas, discusiones, puntos de vista, perspectivas, enojos, broncas, guerras, me establecí en las tres. En aquel sitio siempre eran las tres. Yo no sabía dónde estaba, pero sabía la hora. Ese día tuve un gran avance hacia el conocimiento de mí mismo. Conocer es necesario. Más tratándose del tiempo, que es un engorro. Ahora creo que ha de ser mediodía porque tengo sed. También tengo un poco de hambre, aunque lo importante es la sed. No recuerdo cuándo fue la última vez que comí. ¿Anoche, ayer al mediodía, anteayer? Estoy tratando de encontrar algo entretenido en qué pensar y no lo consigo. Me pierdo. La cabeza da vueltas, salta de una cosa a otra. Cuando quiero regresar a la cosa anterior ya la cabeza dio dos saltos más y estoy en otro asunto en el que nunca había pensado. ¿Y la cosa anterior? Ya se fue, quedó atrás, perdida entre la infinidad de cosas. No sé si pasan segundos u horas entre una cosa y otra. Hace tiempo, muchos años, yo leía libros para tener algo importante en qué pensar. Me proponía entender. Un día, igual a cualquier otro día, distraído, me dije: Yo tengo que entender. Lo cual suponía que hasta ese momento no había entendido nada. Entender ¿qué? No sé, todo. Decían que había que entender el ser. Yo, de paso, además del ser quería entenderme a mí mismo. Pero fuese como fuese y de la manera que fuese, empecé por antropología. Estuve un buen tiempo con antropología. Eso me llevó a la biología porque, para entender al animal parlante, antes debía conocer la vida. La vida, me di cuenta enseguida, es un problema. Hay muchas formas de vida, por todos lados, vidas comunes, vidas raras, extrañas, complicadas. Entonces me fui al origen de la vida. ¿De dónde viene todo lo que está vivo? Eso era lo que quería saber. Unos años permanecí allí, en el origen. Parece que todo lo que está y lo que alguna vez estuvo vivo viene de un caldo oscuro y viscoso. Eso explicaría muchas cosas que me conciernen. Cuando entendí lo del caldo salté a la filosofía porque decían que el hombre es un ser pensante. ¿Yo soy hombre?, me pregunté. Lo pensé un tiempo y me dije: Claro, lo soy. Por tanto, concluí, yo también debo ser un ser pensante. En filosofía había materialistas e idealistas, esa fue la conclusión que saqué. O se era una cosa o se era la otra. Yo, me di cuenta enseguida, no era ni una cosa ni la otra. O, peor, me daba lo mismo cualquiera de las dos. De la filosofía pasé a la sicología porque decían que se piensa con la cabeza y había que saber qué era lo que pasaba justo allí, en el centro de todo. La sicología me dejó a las puertas del psicoanálisis porque leí en algún sitio que el hombre es, antes que nada, un ser deseante de sexo y yo me reconocía algo en eso. A mí el sexo un poco me interesaba. Alguna vez me había masturbado y me había gustado. En oportunidades, cuando no sabía qué hacer, me masturbaba, un rato, como jugando. No lo hacía con frecuencia, sino de vez en cuando, una vez por mes, digamos, o algo así. Pero dejemos lo erótico y volvamos a lo intelectual. Llegó un momento de mis lecturas en que tenía tantos asuntos para pensar que no me daba el tiempo. Era una disyuntiva brutal: o leía o pensaba. No podía con las dos cosas a la vez. Por otro lado yo me decía: qué modo de enredar el hilo que tiene esta gente. Porque nadie se ponía de acuerdo. Para unos el ser era una cosa económica, para otros el ser era una cosa histórica, para otros un error de la evolución, una ilusión del lenguaje y no sé qué más. Lo del lenguaje me atrajo. Estuve en eso del sexo y el psicoanálisis un buen tiempo y después me fui a la lingüística. Allí me perdí, juro que me perdí. Hasta dejé de hablar durante meses porque decían que uno habla sin ser consciente del lenguaje. Y me di cuenta de que yo había andado por el mundo hablando sin saber qué ni por qué ni para qué. Después pasé, como era de suponer, a la teología. Allí se anulaba todo lo que había leído. Porque la teología se ocupa de lo que no hay y dice que sin una buena base teológica es imposible conocer, y mucho menos entender lo que hay. Es decir, antes que entender lo que hay se debe conocer lo que no hay. Y yo había estado años buscando el ser partiendo de lo que comprobadamente existe, sin ninguna base teológica, es decir sin haber antes comprendido lo que no hay. Acabé estudiando vida de santos. Esto me entretuvo mucho más porque era vida de gente. No era gente como uno, como yo, por ejemplo. Pero eran vidas. Para empezar descubrí qué cantidad de santos hubo en el mundo. Eso me abrumaba. Eran tantos que parecía que nunca había habido malos, gente como uno. Empecé a sospechar que el único malo era yo en un mundo lleno de buenos. Recuerdo la vida de algunos santos. Santa Brígida, por ejemplo, sueca, Patrona de Europa. Brígida siempre quiso saber cuántos latigazos había recibido Jesús en el camino a la cruz. Un día se le apareció el propio Jesucristo y le dijo que había recibido 5480 latigazos. En caso de que se quisiera honrar a esos latigazos había que decir quince veces el Padre Nuestro y quince veces el Ave María todos los días durante un año. Otro que recuerdo es Casimiro, nacido en el siglo XV o algo así, hijo del rey de Polonia. Murió joven, Casimiro. Cuando 120 años después abrieron su tumba el cuerpo estaba intacto, como si acabaran de enterrarlo. Hasta la ropa estaba en buen estado.

En un tiempo, en otra etapa digamos, yo creía que la Tierra era plana. Empecé con eso de casualidad, como por joder, y no lo dije a nadie porque me iban a decir que estaba loco. O que soy “un raro”, que era lo que me decía mi padre. Al principio como burla. Decía mi padre: “Este es un raro”. Con los años lo decía con algo de pena, no exenta de cariño: “¿Por qué sos tan raro?” Un día me lancé. Empecé a contarle a todo el mundo que la Tierra era plana. Se reían, les parecía que era una broma. Después de un rato me miraban como a un loco y se iban. En casa se lo contaba a mi madre que, como madre, me escuchaba y no decía ni mu. Mi padre me decía por qué no me dedicaba a otra cosa. Yo me preguntaba, ¿nadie se da cuenta de que la Tierra no puede girar a miles de quilómetros por hora porque saldríamos todos volando?

Bueno, estuve unos años siendo terraplanista. Conocí mucha gente del mismo palo, buena gente, cordial, un poco locos, pero siempre amables. El problema, entendí, era que había tantos terraplanismos como terraplanistas. Yo no sabía dónde ponerme. Porque yo era un terraplanista simple, sin complejos. Sabía que le estaba llevando la contra a todo el mundo y eso me gustaba, ser “un contra”, como decía mi padre, pero sin competencia. “Ahí está el contra, siempre en la vereda de enfrente”, decía. “¿No podés ser como cualquiera, ir por esta vereda?” Yo era terraplanista, pero no fanático, ni siquiera era militante. Si me encontraba con un terrarredondista le hacía mi discurso y allí terminaba la cosa, después podíamos irnos a tomar cerveza toda la noche. Pero había terraplanistas que odiaban a los terrarredondistas. No podían estar cinco minutos frente a uno de ellos.

Carlos Liscano, escritor, poeta y dramaturgo, columnista de EL ECO.

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