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‘Demasiados Blues’ de la escritora Mercedes Rosende

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Mercedes Rosende, escritora uruguaya de novela negra

Desperté con el ruido de un golpe en la puerta. Extendí la mano, pero a mi lado en la cama, sólo había un hueco ya frío. Me incorporé y noté que se me estaban formando grandes manchas de sudor en las axilas del vestido.

Hubiera querido bañarme pero ya no era posible. Miré el reloj de manecillas fosforescentes que estaba en el suelo.

Marcaba las seis y estaba por amanecer.

Me deslicé fuera de la cama, apoyé los pies en el suelo de hormigón y sentí frío. Todavía ahora recuerdo aquel frío en las plantas y se me eriza la piel de la espalda, como si ella también tuviera memoria de aquel sitio. Tardé en pararme lo que tardé en acostumbrarme al temblor de mis rodillas. Mientras, dejé vagar la mirada por la enorme cabecera de la cama de madera casi negra, con las molduras cascadas y apolilladas. Era casi el único mueble, con excepción de dos cajones de cerveza apilados y una silla de esterilla medio desfondada, de cuyo respaldo colgaba mi bolsa roja. Pero el lugar era tan grande que parecía vacío.

Sobre los cajones de cerveza, dispersos sobre un papel engrasado, vi los bordes del sandwich que Tommy y yo habíamos comido la noche anterior.

Pensé que debía mirar hacia la puerta, pero no logré sacar los ojos del borde de la sábana -de flores naranjas sobre fondo violeta, descolorida y mugrienta-, que colgaba sobre el gris del hormigón del suelo. Creo que suspiré, porque recuerdo el esfuerzo por tragarme hasta el sonido de la respiración.

Escuché el sonido de unas pisadas afuera y aunque no pude determinar a dónde iban, estuve segura de que venían por mí. Cuando por fin logré desenganchar la mirada del borde de la sábana, la deslicé por el piso con toda la lentitud que fui capaz, deteniéndome en cada irregularidad. Pasé sobre una cucaracha marrón e inmóvil, que al sentirse descubierta, aplastó más su cuerpo contra al piso. Aunque aquel sitio no tenía ninguna ventana, por debajo de la puerta se empezó a colar un resplandor amarillo y supe que pronto sería de día.

Por fin, miré hacia la puerta, esperando.

A los trece o catorce yo ya era una ladrona. Robaba para conseguir alcohol y algo de fumar. De los almacenes de barrio pasé a las estaciones de servicio y a las tiendas del centro, y con un poco de dinero en los bolsillos aprendí lo que es ser libre y me escapé de casa. Sólo necesitaba un sitio con un techo encima de mi cabeza y una cama al abrigo. Y tenía a Tommy.

Algunas veces me atrapaban y me llevaban a un refugio donde la asistente social intentaba convencerme de lo bueno que es trabajar todo el día para conseguir unos billetes con qué pagar la comida para subsistir hasta el día siguiente.

El método que usábamos con Tommy era rápido, limpio y efectivo, y él comenzó a llenarse de dinero y a comprar cada vez más droga. A veces pasaba una semana entera drogándose y drogándose, sin comer ni bañarse, hasta que se acababa el dinero y yo lo arrastraba a la cama y entonces comenzaba el infierno. Lo veía temblar y sudar, lo tomaba de la mano, le secaba la cara y así atravesábamos la noche hasta que Tommy se dormía. Me quedaba horas enteras balanceándome en la silla a su lado, mirándolo, espiando su respiración, acomodando la almohada bajo su cabeza, hasta que llegaba el amanecer y entonces me metía en la cama y los dos dormíamos hasta la noche siguiente.

También estaban los buenos momentos. Invitábamos a Morgan, Tommy tocaba la guitarra llenando de blues la habitación y tomábamos el té. Ellos se acariciaban con delicadeza, bailaban como novios adolescentes y yo cantaba y servía más té en las tazas blancas. Hacíamos planes, soñábamos cómo gastaríamos el dinero del siguiente robo. Iríamos juntos a una isla tropical, compraríamos abrigos de piel. “Te voy a regalar un auto”, me decía y me tiraba un beso a través de la mesa. “Prefiero una moto, Tommy”, le contestaba yo soplándole un beso desde la punta de mis dedos. Luego ellos se iban a la habitación, cerraban la puerta y yo quedaba escuchando la música de Tommy y llenaba hojas y hojas con retratos a lápiz de la cara de mi madre, que apenas terminaba rompía en pedacitos diminutos.

Nunca imaginamos que en aquel bar hubiera tanto dinero. Era el final de la noche y los borrachos de traje gris se habían marchado a sus casas donde los esperaban sus esposas, el aire acondicionado y las plantas de plástico.

El local era un sótano pequeño y sin ventanas, casi vacío. Sólo quedaban el tipo de la caja y un gordo de cabeza grasienta y nariz babeante que dormía sentado en una mesa del rincón con la cabeza apoyada contra la pared, que ni siquiera abrió los ojos. Desde algún aparato con un suave sonido lluvioso, BB King soplaba un blues que se extendía por el lugar como una niebla opaca. Las paredes del local mostraban heridas de revoque como una piel reventada por la humedad, que dejaban al descubierto los ladrillos. Algunos boxeadores guiñaban sus ojos amoratados desde fotos amarillentas que colgaban de las paredes. Sobre las mesas pintadas de azul – debajo debía haber otras muchas capas de pintura que asomaban por los lugares descascarados- quedaban botellas y vasos sucios, muchos de ellos con bocas rojas dibujadas en el borde. Tommy y yo entramos abrazados como una pareja, él preguntó algo y yo rodeé rápidamente el mostrador, una barra de madera ennegrecida y rayada. Enseguida saqué la pistola del bolso rojo y la amartillé contra el cráneo del tipo de la caja, que quedó con los ojos fijos en la nada. Tommy revisó los baños, la cocina y la oficina de atrás y dijo que estaba vacío.

Cuando le di la orden, el tipo abrió la caja y me tendió un sucio puñado de billetes. Yo los miré y sin levantar la vista del dinero le pateé las bolas, y los billetes se esparcieron por el suelo, que estaba tan sucio como el resto del lugar. Él cayó también hecho un ovillo, yo me agaché y volví a apoyar la pistola contra su cráneo, revolviéndole los pelos largos y lacios con la punta del caño, hasta que el tipo de la caja comenzó a llorar y vi como se mojaba la entrepierna de su pantalón. “Ahora me hablará de sus hijos”, pensé. El cansancio comenzaba a apoderarse de mí.

De reojo vi a Tommy sacando una botella del mostrador. Él nunca bebe del pico, yo sí lo hago, aunque nunca delante de él. Pero esa noche me sentía un poco pasada, le arrebaté la bebida y tomé largos sorbos que cayeron dentro de mí desgarrando la garganta. Después le devolví la botella.

Miré un instante a mi alrededor y sin más razón que el asco, pateé la cabeza del tipo de la caja bastante más duro de lo que hubiera querido. Y luego otra vez. El hombre se cubría el cráneo con las manos y comenzó a llorar más fuerte, y fue entonces que habló del dinero que tenía escondido en el baño de la oficina. Lo levanté del suelo y lo empujé hasta el sitio que mencionaba. Sentado en un taburete alto de la barra, Tommy bebía scotch puro de un vaso largo y fino que había tomado de algún sitio, y no nos prestó más atención de la que se le presta a una mosca.

Entré al baño de la oficina caminando detrás del tipo que moqueaba y me sentí ganas de vomitar. Las paredes estaban llenas de pegotes oscuros, de dibujos obscenos, de graffitis asquerosos, y en el aire flotaba un olor penetrante a mierda. La papelera del rincón escupía inmundicias que se desparramaban por todo el piso. Casi no había diferencia entre la mugre del water y la de la pileta.

“Asqueroso”, pensé mirándolo.

El tipo me señaló la tapa de la cisterna.

― Aquí está el dinero —tartamudeó.

Yo pensé que también podía haber un arma y le metí el caño en la oreja.

― Cuidado, viejo.

Aunque las manos le temblaban, de alguna forma pudo sacar la tapa de la cisterna, pero al hacerlo ésta resbaló de sus manos, cayó al piso y explotó en pedazos que se mezclaron con la mugre. Yo me sobresalté y casi disparo dentro de sus sesos, pero en ese instante el tipo sacó un paquete del tanque y me lo tendió balbuceando estupideces sobre sus hijos. Estaba envuelto en plástico negro, pero igual se notaba que allí había muchos billetes. Abrí un poco el plástico y los vi. Muchísimos.

Metí el paquete con el dinero en el bolso rojo que me había regalado Tommy en mi cumpleaños. Tenía que encerrar al tipo de la caja y el baño era un sitio igual que cualquier otro. Miré toda aquella suciedad y pensé que el tipo iba a probar de su propia medicina. Un par de culatazos en la cabeza y enseguida optó por colaborar.

— Quedate quieto quince minutos.

Cerré la puerta y volví al bar. Tommy seguía bebiendo sentado en un banco alto y apoyado en la barra, en la misma posición en que lo había dejado, pero el contenido de la botella ya casi había desaparecido.

― Vamos Tommy —le susurré.

Él pareció no escuchar y siguió mirando a la nada. Lo empujé con suavidad y lo hice bajar del banco, sosteniéndolo de la cintura.

― Vamos —repetí señalando la salida.

Dejó el vaso sobre el mostrador y comenzó a caminar hacia la puerta, justo delante de mí. Entonces vio al gordo de cabeza grasienta –que no se había despertado y ya nunca lo haría- y se detuvo.

Tommy se volvió, me miró y yo vi algo en su mirada. Quise detener la acción como en los dibujos animados, pero mi mano, que debía agarrar la suya e inmovilizarla, quedó a mitad de camino, floja, fofa, suplicante, mientras él sacaba su pistola y disparaba una y otra vez a la cabeza del gordo que dormía sentado, que caía hacia delante y rebotaba golpeando su cabeza contra la mesa.

Desde el fondo llegaron los gritos del tipo de la caja, salí del letargo y tomé a Tommy del brazo arrastrándolo a la salida. Una llovizna de blues seguía cayendo sobre el local. Antes de salir me volví y no sé porqué, le miré la nariz al gordo, que ahora babeaba sangre.

Parada al costado de la cama apolillada miré hacia la puerta, sin esperar otro final que el de siempre.

Me incliné a tocar el hueco frío en la cama –estoy segura que pensé en los buenos momentos- cuando el reloj marcaba las seis y diez. Mis rodillas temblaron más fuerte y tuve que aferrarme a la cabecera.

Otra vez me pareció escuchar pasos y sabía que venían por mí.

El desenlace sería como una película vista muchas veces. Tres o cuatro policías en primer plano y tras ellos, la cara llena de angustia de mi madre. Pero esta vez, pensé, será aún peor. Habrá más policías, más armas, más amenazas, pensé. El Juez tendrá un rictus más severo. Sólo la cara de mi madre permanecerá igual, igual, y yo lamenté no tener papel y lápiz para dibujarla y luego romperla en pedacitos.

Malditos hijos de puta, pensé.

Allí, colgado en el respaldo de la silla, estaba mi bolso rojo, el que Tommy me había regalado para mi cumpleaños. Arrojando el miedo a un costado, casi le salté arriba, pero antes de abrirlo supe que el dinero ya no estaba. Saqué la pistola del bolso y apunté a la puerta.

― Malditos hijos de puta —grité.

El papel con los restos de sandwich salió volando al piso llevado por el viento frío que entró al abrirse la puerta, y yo quedé cegada por el resplandor de la luz el amanecer. Una mano me quitó el arma y me empujó con fuerza hacia fuera. No me resistí.

― Estuve revisando el lugar y está abandonado y no creo que nadie nos haya visto llegar. En la tarde llegaremos a la frontera.

Tommy me tomó de la mano y corrimos hacia la esquina donde esperaba Morgan con el motor encendido.

De su libro “Demasiados Blues”. Reside en Montevideo. Columnista de EL ECO

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