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CULTURA

El regalo más precioso

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Por: Mar López
00 horas con 06 minutos del 1 del 1 de 2021. Transcurría ese minuto cuando percibí que algo extraño le sucedía a la realidad. Creo que quedé en pausa, como intentando escuchar el sonido que durante nuestra niñez y adolescencia era tan común entre nosotros. El de las agujas de algún reloj, marcando inexorable, el paso del tiempo al compás de las respiraciones.

Podían sentirse los relojes por aquel entonces, de muñeca, de pared, de escritorio; los había a montones. Estaban entre nosotros y en nosotros, llamando la atención como sólo corresponde a los objetos importantes. De algún modo, parecían latir vida.

No eran los relojes de entre los objetos, los más inanimados. Muy por el contrario, si uno se detenía a pensar cuál era su función, una función impuesta por el mismo ser humano, la respuesta podía ser aterradora. Los relojes, las relojerías, incluso algunos relojeros, siempre me parecieron un poco tocados, un poco malévolos, un poco misteriosos, un poco peligrosos y cruelmente obvios. Tienen cara de conocer algún misterio sobre los tiempos, que los demás mortales desconocemos.

En fin… por ese camino disparó mi mente entre las 00:06 del 1 de enero de 2021 y los que deberían ser unos 4 minutos después. Las 00:10. Fui contando lo más tranquilamente posible, intentando la exactitud, los 240 segundos que deberían separar los 06´ de los 10´.

Cuando llegué a 240´´, íntimamente me obligué a quebrar con aquel limbo minutero que me había impuesto de manera casi inconsciente. Durante ese lapso apenas respiré. Sólo lo justo para no ahogarme, ni ponerme a toser y espantar a mi familia, por ejemplo. Porque lo que buscaba, justamente, era que esos prudentes minutos pasaran para poder desechar –lo deseaba deseseperadamente-, la idea que se asomaba a mi conciencia. Idea a la que no quería dar permiso de aparecer, mucho menos tomar forma. Necesitaba asegurarme que lo que creía que podría estar sucediendo sin siquiera saber qué era, no sucedía de ninguna manera.

Cuando finalmente me decidí y tomé el celular para corroborar la hora, intentando escuchar el sonido de algún reloj, lo que realmente escuchaba era mi corazón. “Qué increíble!”, recuerdo que pensé sabiendo que también esto, ya lo había pensado en el pasado: “El corazón y el reloj marchan igualito, son muy parecidos”.

Inspiré hondo. Tomé el celular y activé la pantalla. Y a la vez que ésta se iluminaba y mis ojos se dirigían hacia el cuadrante superior derecho donde estarían la hora y el día claramente consignados, en el mismo instante en que leí esa información, todo se volvió negro. No llegué a desmayarme pero el dolor fue tan fuerte que nada más importaba. El dolor y lo que indicaba la pantalla en ese momento: 23:46, 31 de diciembre 2020.
—–
DICIEMBRE

23:46 – 31/12/20 – Jueves

El momento exacto en que me había quemado bastante feo la mano, con la luz de bengala que le estaba encendiendo a mi nieta. La maldita varita se atascó en la pulsera del reloj de cuero que jamás me quitaba. Mi mujer me lo había advertido: “-Andá a cambiar esa correa Manuel que tiene más años que la peste”. Curiosa observación, recapacité ahora, aquella no era un expresión común en boca de mi mujer. La cosa, en fin, es que con la artritis que me tiene la muñeca dura, no pude reaccionar rápido a quitarme la varita atascada, ya encendida, que prendió para atrás como si estuviera impregnada en querosén, la muy maldita. Pero yo, para no asustar a la niña, no quise hacer movimientos más bruscos, ni salir corriendo, ni andar a los manotazos con mi otra mano, también ya bastante inútil por cierto. Por lo tanto, me quemé parte de la muñeca y la falange del dedo gordo. “Duele como la peste”, pensé. Y anoté en mi cuaderno mental: “Ahora sí que no me queda otra que cambiar la correa del reloj, se chamuscó todita carajo”.

Mis hijos y nueras acudieron a mí. Mi mujer me tiró un vaso de champán completo en la flamante quemadura. De los nervios se confundió de vaso, pobre, ya no ve las burbujas como antes, creyó que era agua nomás. Y pensé, mientras intentaba ahogar unos quejidos similares a ronquidos que me salían no se de dónde. “Qué pudor la enfermedad, puta madre”. Con un ojo entornado lo único que divisaba era la cara de mi nietita, en el punto justo en que el puchero pasa al llanto sin consuelo, pero sin largar este último. La pequeña no era tonta ni insensible. No era el momento de llorar ella, parecía que lo sabía. “Qué increíble, con tres años nomás”. Entre tanto me habían levantado en andas y mi mano colgaba bajo la canilla abierta al máximo total, con reloj, luz de bengala y todo enganchado. “A la mierda todo el reloj, pensé con amargura, lo único que le faltaba llevarse a este 2020. El reloj del tatarabuelo que sobrevivió guerras, un poco de hambre, dictadura, veranos apasionados, niños, alcoholes, golpes de todo tipo… Venirse a ahogar así, indignamente, enganchado a una bengala tan fallada como este año de m… Venir a morirse el reloj, por un virus planetario!”.

5 minutos después me vendaron con amor, cremas, alohe y paciencia. Toda la que permitía la situación de que faltaban 9 minutos para que cambiara el año, momento cúlmine del rebaño humano si lo hay.

23:56 estaba todo bastante controlado, yo me bajé de una la copa de fernet de mi hijo. “Y eso que sólo tomo vinito ahora, que increíble”.

Mi idea era anestesiar el dolor y disparar la felicidad. La felicidad de estar vivos, un poco quemado, pero ocasional. Sano para tanta vida vivida.

Y allí estábamos, 23: 56, todos juntos aglomerados pero en número permitido.
¿Quién podría suponer, hace apenas unos meses, que la palabra aglomerado podía cobrar tal destaque, servir para intentar poner límites y definir cantidades permitidas de humanos reunidos? Incluso pasó a definir el alcance del abrazo que nos damos entre todos con cada cambio de año. “Sí señor, que increíble!”.

Aquel abrazo ahora es total aglomeración. Antes aconsejable, deseado, deseable. Ahora prohibidísimo. Contenía todos los buenos deseos, todas las esperanzas, un acuerdo en tiempo y lugar para demostrarnos amor, del más básico y puro. Un instante para permitimos abandonar las corazas y sólo querer y reír.

Pero esta vez no. Este año no. En el momento del pasaje del 2020 al 2021, aglomerarse no era aconsejable. Fundirse en un abrazo y besarse, podría ser el principio del fin, porque podríamos estar entregando o recibiendo, el virus letal.

Y fue entonces que me di cuenta… si sólo eligiera otra varita de la caja y me quitara el reloj, antes de encenderla… Incluso si le pidiera a los chicos que la prendieran ellos… ¡no me quemaría!. Porque el tiempo estaba mal. O andaba para atrás. Porque todo esto de la absurda quemadura, había sucedido sí, pero ya no. Porque mi mano estaba sana cuando debía estar quemada. Debían ser las 00:06 del 1 de enero de 2021 pero el tiempo se había regresado y la quemadura no se había producido.

Toqué nuevamente la pantalla del celular. El antojadizo reloj decía: 23:40, 31/12/20
El tiempo seguía yendo para atrás. Nadie más que yo, parecía darse cuenta.
Por el momento el estupor, el asombro, vencían el miedo posible. ¿Miedo a qué? Al sinsentido. A que se rompiera el orden establecido. A la falta de certezas. Y a lo que pudiera ocurrir.

“Bueno, qué increíble -me dije mientras me iba tranquilizando más y más-. A eso no le puedo tener miedo, a lo que ya ocurrió no le puedo temer, porque lo que pasó, pasó. Ya lo conozco. Miedo sólo se le tiene a lo desconocido”.

En esas estaba, con los ojos cerrados. Cerradísimos me parece, igual que la mandíbula. “Se me van a caer los dientes si sigo apretando así”, pensé. Y aflojé. Era un punto a tener en cuenta. Muy cierto. Suponía que era muy bueno el pegamento que me había incrustado nuestro querido dentista de toda la vida Don Luis. Seguramente de primera calidad. Pero viajes en el tiempo, y hacia atrás, sinceramente yo, no sabía si el pegamento de dientes los resistía.

Don Luis… querido amigo Luis, que acababa de morir contagiado por la peste. Recordé que apenas unas semanas atrás lo vi irse hacia la Feria como todos los domingos. Nos saludamos como los mejores vecinos y amigos que éramos. Como siempre. Como toda la vida. Conversamos un rato. Agendamos la nueva escaramuza de ajedrez para el jueves o viernes de la semana entrante. Pero él nunca llegaría. Yo me preguntaría luego, si no habría sido en la feria que se había contagiado. Esa vez fue la última que vi a mi amigo. Se que fue esa vez, en ese momento, sin dudarlo, porque cuando entré a casa, después de verlo marchar, escuché la noticia: “Ha muerto Tabaré Vázquez, como consecuencia de la enfermedad que lo aquejaba”. Mi mujer estaba parada contra la radio. Ambos nos pusimos a llorar. Lo queríamos a Tabaré. Simbolizaba mucho para nosotros. Y tenía casi nuestra edad. Su vida y la nuestra, habían sido bastante paralelas. Su modo de pensar y el nuestro también. Sus amigos y los nuestros se parecían. Sus luchas. Y sus sueños. Y también, las profundas diferencias.

Y fue entonces que se me ocurrió la idea… ¿Podría yo evitar la muerte de Luis?

Quedé observando las lágrimas de mi mujer.

Nos abrazamos. Le pregunté: -“Ana, ¿podríamos nosotros haber hecho algo para evitar la muerte de Tabaré?

-“No para evitarla, quizás retrasarla, pero para eso tendríamos que haber sabido hace años, este final, y modificar el tiempo”.

Siempre he pensado que ella es un poco bruja. Y quien soy yo para cuestionar os misterios de la naturaleza.

Allí mismo decidí que iba a intentar cambiar el destino de Luis. Darle un poco más de tiempo a mi amigo. No podría hacer nada por Tabaré. Por el momento tampoco contarle el asunto a mi mujer, a la que desde hacía ya incontables años, no le ocultaba nada. No podía contarle, porque no sabía cómo, sin asustarla. Ya lo resolvería.

Sólo dejé que el tiempo siguiera andando para atrás. En algún momento, suponía yo, se arreglaría y arrancaría de nuevo hacia adelante. Y pensándolo bien… a mí me convenía ir para atrás, seguramente me quedaba más tiempo de pasado, que de futuro. “Qué increíble!”.

Ya tenía anotadísimo en mi cuaderno mental: 5 de diciembre 2020, NO permitir que Luis vaya a la Feria.

Una preocupación asaltó mi pensamiento con la fuerza de un rayo: ¿Y si todo el asunto seguía y yo encontraba más momentos en los que intervenir con una acción de solidaridad, de bondad? ¿Si pudiera, con pequeñas acciones, corregir alguna de las cosas horrendas del mundo? ¿Del pequeño mundo? ¿De nuestra pequeña comarca? Quizás, esa era la lucha que debía darse contra la pandemia. Pequeños detalles. Desde las comarcas.

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