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En misión periodística

Cuento para leer en vacaciones, por Nancy Banchero

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¡Hola, Valeria!
Sé que estás esperando mi carta, ansiosa por saber cómo son los lugares que estoy visitando en esta especie de recorrida por el mundo. Esta vez voy a contarte de la forma que mejor puedo hacerlo, que es desde las miradas de las personas.
Los primeros ojos que me impactaron fueron los de un anciano. No me puedo olvidar de su mirada cansada preguntándose y preguntándome dónde estaba. Nos encontrábamos los dos, solos, en esa habitación; él en su cama esperando la muerte que llegó horas después. Parecía no pestañar. Sus ojos acuosos me interpelaban, me preguntaban por qué iba a morir en ese lugar desconocido, lejos de su rancho. El personal me contó que lo vio por primera vez el día anterior, cuando ingresó a ese Hospital.
Me quedé a su lado, junto a la cama, como si fuera toda su familia, sus seres queridos, las personas con las cuales caminó desde la infancia hasta la ancianidad. Lo acompañé con afecto, porque eso despertó el anciano en mí. Por momentos temí que rodaran lágrimas por mi rostro, porque su tristeza se transformó en mi tristeza. Cuando se apagó su vida, lentamente cerró sus párpados, y como ya no tenía por qué disimular pude llorar. No supe su nombre y qué edad tenia, aunque creo que superaba los ochenta.
Me imagino Valeria que estarás diciendo que soy una tarada porque en vez de ocuparme de recorrer las ciudades, me quedé horas con un viejo que no conocía, acompañándolo en su “pasaje a la eternidad”, como dices tú.
Me retiré de su lado cuando lo cargaron en una camilla para llevarlo a la morgue del Hospital, ahí me di cuenta que no sabía nada de él. Fue un amigo fugaz. No quisiera olvidarme de su rostro pálido, surcado de arrugas, con los pómulos marcados y una mirada especial. ¿Sabes?, me sentí amiga de ese anciano en el momento más trascendente de su vida.
Valeria a esto lo hemos discutido miles de veces; no me olvido que para ti la muerte es el viaje a la nueva vida, la eterna. Para mí es desaparecer. Vamos muriendo día a día en este camino de ida. Primero se murió nuestro ser bebé, después nuestra infancia, nuestra juventud, ya estamos en los 40 camino a lo que llaman la segunda edad. Muchas de veces te has enojado con este razonamiento, porque crees que gracias al recuerdo, el pasado sigue vivo en nuestro hoy. Siempre he querido convencerte que no es como tú dices, pretendiendo desmoronar en tu mente algo así como los castillos de arena que hacen los niños en la playa y que con el cambio de marea, al caer la tarde, las olas de un lambetazo los hacen desparecer. Y lo hago al pedirte que me muestres tu niñez, tu adolescencia, tu juventud. Te inquietas, me dices que están en el recuerdo. No, el recuerdo es otra cosa, convertirse en esa Valeria que fuiste ya no puedes. Murió.
En el último email que me mandaste me pediste que no me distrajera en relatos sobre las personas, sino que te escribiera sobre cómo son las ciudades que voy visitando. Sigo repitiéndote que no puedo contarte de otra forma que no sea desde las miradas.
Me di cuenta realmente qué se siente vivir en guerra. No tiene palabras. Son puñetazos en la boca del estómago que te cortan la respiración. En Haití las jovencitas, los niños, los pedazos de familias que quedaron después del terremoto, me cubrían de miradas que gritaban desesperadamente, enmudecidas, que no comprendían por qué tanta desgracia y me pedían pan, agua, paz. Sus ojos saltones -porque la flacura les gana toda su humanidad- me recorrían de arriba abajo. Me acuerdo y me erizo, Valeria, al contarte esto vuelvo a sentir, pese a la alta temperatura en Puerto Príncipe, el frío interior, aterrador de quienes no participan en la guerra, pero la padecen. Una chica delgadita, alta, de piel color arcilla, con su mano izquierda sosteniendo su abultado vientre y con su rostro brotado por gotas de transpiración, se acercó hasta la camioneta donde yo estaba, me miró gritándome sin palabras que no daba más, y con las pocas fuerzas que le quedaban me susurró: “muengangú”* y se desplomó a escasos metros de mí. Quizás su muerte imprimía su liberación… Después… Bueno, después… la tiraron en uno de los cráteres que hizo el terremoto. Quizás haya compartido el mismo lugar que el anciano del hospital. Como los muertos fueron tantos durante el sismo y después por el hambre y el huracán, no había tiempo de velar y enterrar.
A raíz de esa madre haitiana que cayó vencida de guerra busqué desesperadamente recuerdos gratos, y vino a mi mente algo hermoso que compartíamos cuando nuestra amiga fue madre ¿Te acuerdas cuando le decíamos a Victoria que su beba estaba enamorada de ella? Era maravilloso ver el momento del amamantamiento; Rocía miraba fijamente a Victoria, eran besos de amor hacia su madre, tenían una conexión inexplicable en ese acto, nos hacía quedar en silencio observándolas. Espero que no te hayas olvidado de eso, lo digo porque dudo de tu memoria, a veces me parece más frágil de lo normal. Ojalá que cuando lleguemos a la ancianidad podamos conversar como ahora, y no me digas a cada rato: “¿Eeeeeh? No me acuerdo”.
Bueno hermanita voy a seguir descubriendo miradas y después te vuelvo a escribir. Por favor, no te olvides de darle de comer al gato…
Bueno…, no puedo despedirme sin contarte algo que me cuesta mucho decirte, porque sé que tú y nuestra familia me van a regañar por meterme en lo ajeno. ¿Te acuerdas de la haitiana que cayó muerta? Buen, a su lado estaba Lusan su hijo de 7 años, que, cuando se dio cuenta del fallecimiento, se tiró  sobre los huesos de ella. Jamás me olvidaré de esa escena. Para el niño era el último eslabón de lo que había sido su numerosa familia de primos, tíos, padres, abuelos, hermanos. El llanto de Lusan fue como si me hubieran dinamitado el pecho. No pude. Lo cargué en la camioneta, y me ocupé de cuidarlo y alimentarlo en la base que nos había asignado la Cruz Roja que distaba bastante de donde desaparecieron las casas, y como muestra quedaban montañas de escombros y un olor nauseabundo, penetrante, por tanta mugre y por los cuerpos en estado de descomposición en las fosas y debajo de las paredes vencidas por el terremoto y el huracán. En esa base estuve tres meses cuidando al niño.
Debo confesarte hermanita que el tiempo que me quedé de más fue también para tramitar los papeles y… adoptar a Lusan. Lo logré. Él va en esta misión con el grupo de Médicos Sin Fronteras y yo –por supuesto- como periodista. Lusan, ya habla algunas palabras en castellano…
Cuando retorne a casa, ¿nos aceptarás o tendré que ir pensando en un lugar para alquilar? No, en realidad no te estoy diciéndote la verdad. Cuando termine mi misión en Colombia, me instalaré en un refugio. No puedo arrancar a Lusan de su mundo, me vuelvo a Haití.
Un abrazo, querida hermana, saludos a todos.
*Tengo hambre

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