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CULTURA

Federico Aguirre Guala: El acordeón es “el piano del pobre”

Compositor en piano, acordeón y guitarra, con 36 discos editados, Federico Aguirre Guala es un trovador melódico, un ser político desde lo musical, un “enamorado” del acordeón, el instrumento que para él “respira” y lo hace “libre”. Sobre su condición de músico y su mundo interior habló con EL ECO. Argentino, hijo de palmirenses, su primer y actual acordeón se lo regaló su abuela Totó.

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-En tu familia no hay músicos ¿cómo nació tu pasión por el piano, la guitarra y el acordeón?
-No lo sé explicar muy bien. Fue algo natural. Me llamaban mucho la atención todos los instrumentos musicales. Creo que alguna influencia debe haber tenido mi abuela Adela (argentina), que no era mi abuela de sangre pero yo la tomaba como tal, y ella era muy sensible por la música y el arte en general. Había sido bailarina en alguna época. Quizá por ahí haya venido lo mío.

-¿A qué edad comenzaste con la música?
-A los cinco años, más o menos. Empecé con la guitarra. En algún momento me habían comprado una batería porque golpeaba cosas, pero comencé estudiando guitarra. Sigue siendo el instrumento que más me convoca, y el que menos conozco. Cuando toco la guitarra no sé qué estoy tocando. Es pura intuición. Cuando toco el piano sé dónde pongo los dedos y por qué.

-¿Cuando empezaste con el acordeón?
-Hará unos cinco años, quizá, y a estudiar profundamente hará unos tres. Aunque hace unos pocos días grabé como pianista, que fue lo que estudié en la universidad, en los conciertos toco acordeón. Me enamoré de ese instrumento.

-¿Por qué te expresas tanto con el cuerpo cuando tocas?
-El acordeón respira. Eso me pasa. Me cambió la vida por muchas cosas. En principio me dio algo expresivo. Respira, está pegado al cuerpo, se mueve con uno, es como cantar. De hecho es un instrumento de viento y me dio algo expresivo que no tenía con el piano. Lo quiero como parte de mí. Quizá es el instrumento más sincero que toco, y además es el que me da de comer. Yo vivo de dar clases y tocar el acordeón. Trabajé mucho de pianista y no me alcanzaba y hacía también otras cosas. Desde que empecé a tocar el acordeón, vivo de la música.

-¿Tu música es más bien nostálgica?
-No tengo el lenguaje del acordeonista. No me interesa ese lenguaje, si bien lo admiro, y es un instrumento que está en la música folclórica del mundo. No sé si existe otro instrumento como éste que esté tan arraigado en Europa, África, en toda Latinoamérica. No me gusta ese lenguaje de la mano izquierda que acompaña y la mano derecha que hace una melodía. Yo lo tomo como si fuera el piano. Hay quienes dicen -y lo repito humildemente- que he aportado un lenguaje nuevo. Yo uso el lenguaje del bandoneonista, si se quiere. Será porque soy pianista. Además me interesa cantar, y no es común que un acordeonista cante. Yo lo hice naturalmente. Me sale. Supongo que la nostalgia tiene que ver también con el tango que me gusta mucho. No podría explicar por la cantidad de vías que entra el tango. No es simplemente la nostalgia, como aquí en Uruguay es la murga, si se quiere.

-¿Es difícil encasillarte en un estilo, por ejemplo decir que haces tango, jazz, rock?
-Está buenísimo que no nos encasillemos. Siento que hago música rioplatense. Mi amor es por el candombe, el tango y la milonga, y es lo que compartimos argentinos y uruguayos. Si bien estudié piano me gustan muchos géneros. Lo que menos tocaría en este momento sería jazz porque no me convoca el lenguaje estadounidense, no me gusta esa forma de comunicarse. Siento más el tambor. He grabado discos de jazz, discos instrumentales, pero no compongo jazz; sí tango, zamba, candombe. Voy más para el lado de la nostalgia por la influencia del tango, la influencia de Piazzola, que hizo las melodías más hermosas del mundo.

-Dijiste en un reportaje que compusiste un tema mirando a través de la ventana a “una muchacha en la calle que reía y lloraba”, y esa contradicción “rara” te inspiró a escribir.
-La composición es la escuela más interesante. No puedo componer sin una imagen. Primero está la imagen, y después viene todo lo demás. A veces en cuestión de minutos surge toda una música y a veces estás meses y meses para hacer cuatro compases. Para componer trato de estar conectado con mi estado anímico. Trato de estar conectado con lo que me está pasando en ese momento, por eso a veces hago canciones y otras sólo música instrumental.

-En Villa Gesell, ¿el acordeón se ha ganado a los jóvenes?

-En Argentina, y en la región donde estoy (Villa Gesell), está muy de moda el acordeón. No sé explicar muy bien por qué. Supongo que debe ser por la cumbia, por el rock. El acordeón como instrumento de fiesta. Siempre fue un instrumento más bien oculto, siempre era el piano del pobre, y de alguna manera es verdad cuando nacen en Europa los pianos de marfil. Ha sido el piano del pobre, el ninguneado, al que a nadie le importa. En Argentina y en Uruguay, en algún momento, estuvo mal visto que las mujeres tocaran fuelles y ni hablar si tocaban tango. Y el chamamé era la música del pobre. Ahora me parece muy lindo que esté resurgiendo. Personalmente tengo más alumnas mujeres que hombres, y eso me parece un acto de justicia. En Uruguay está Silvio Previale que organiza todos los años, en Salto, el encuentro internacional de acordeonistas. En Uruguay este instrumento también es muy fuerte, pero en Argentina es más impactante, tal vez por lo que significa Buenos Aires. El acordeón ha estado siempre vigente, pero cuando se va a la casa de alguien es común ver una guitarra, por ejemplo, y ese es el lugar que le correspondería al acordeón, porque entre muchas cosas lo prohibió la iglesia, porque era para la música de los salones ‘blancos’ donde la dama bailaba a 20 centímetros de distancia del hombre. Cuando llegó el acordeón se transformó en el instrumento de las fiestas, de bailar más apretados, y la iglesia lo prohibió en algún momento porque decía que era un instrumento del diablo y hacía que las mujeres cayeran rendida antes los hombres que tocaban el acordeón. Cuando en realidad la música no tiene la culpa.

-Sin embargo se trasmite en la música lo que se siente
-Qué raro, qué paradoja. No le cargaría con una culpa. La cargaría con la memoria. El acordeón ocupa el lenguaje de la música popular, y tiene que ver con la comunicación. En ese caso todos nos estamos buscando en algún momento.

-Compones para ti y para otros, ¿por qué no interpretas música de otros autores?
-No soy un intérprete. Si bien leo partituras todos los días, escribo partituras. No vengo de la música académica, yo ocupo un lugar que tiene que ver con la comunicación. Son dos mundos que están bien, pero no sirvo para copiar música, no me sale.

-¿Cuántos temas has compuesto?
-Tengo discos como solista, y están por salir dos nuevos. Estoy trabajando con un grupo que se llama ‘Federico Aguirre y los bufones’. Grabé con un dúo de acordeones, y con un quinteto. Tengo mucho más compuesto de lo que he grabado. Ahora es el momento de grabar. No sé cuántos temas he hecho, son muchos, todo el tiempo estoy componiendo. Son como pequeñas vidas. También hay música mía que han grabado otros, en total son 36 discos. Soy muy afortunado. Me gusta todo: jazz, rock, folclore. He hecho música para orquesta, para películas, para documentales. Todo me da curiosidad y componer es lo que más me gusta. Le dedico el día entero al acordeón, con los alumnos, y componiendo. También escribí un libro que saldrá a la venta dentro de unos meses. Se trata de composiciones mías en acordeón para niños sobre música latinoamericana. Es un estudio que me llevó unos cuantos años. Es un libro que va a llegar también a Uruguay. También trabajo de arreglador de grupos musicales. A su vez me contratan para grabar determinados temas en piano o acordeón o guitarra. Canto, a veces, pero generalmente me llaman por el piano y el acordeón y eso también me da de comer.

-¿Cómo fue tocar junto a Hugo Fattoruso?
-Creo que sucedió en el 2016. Fattorosuo para mí es lo más grande que hay como músico instrumentista. Es un tipo gigante. Muy importante. Abrió las puertas de la música latinoamericana, y encima es uruguayo. Yo lo iba a ver siempre. En un momento alguien me recomendó, nunca supe quién, y después de un concierto en La Plata, me dijo: “¿Vos sos Federico Aguirre, querés tocar conmigo, vo?”. Le dije sí, sin pensarlo. Tampoco me da vergüenza ser músico. No tengo esos pánicos escénicos. Me invitó y tocamos al otro día en La Plata. Improvisamos, no ensayamos nada, tocamos un tema de Fito Páez y después improvisamos juntos bastante en los camarines. Fue hermoso para mí.

-¿Qué escenarios has recorrido?
-En México como pianista, después con el acordeón he tocado en Paraguay, Chile, en Uruguay muchas veces, en verano tuve 40 conciertos en Brasil, de los cuales 38 los hice como solista, y dos con un dúo, con una cantante. Ahora está en la puerta Japón. Es muy admirada la música argentina en Japón. Ahí las puertas las abre Fattoruso ¡Se celebra un Cosquín en Japón!, como existe en Argentina. Son muy admiradores de la música argentina, y hay ciertos grupos japoneses que vienen a Argentina a buscar determinado lenguaje musical. A nosotros nos empezó a pasar que venían músicos japoneses a los conciertos, en algún momento nos preguntamos ¿por qué está lleno de japoneses? Son muy curiosos. La mejor escuela que puede existir es la de la inquietud, ser inquietos, ser curioso…

-¿Cuándo le sumas el canto a la música?
-Cuando tengo palabras para decir algo. Me encanta cantar. De hecho lo que más estoy haciendo es cantar y tocar el acordeón. A veces no tengo palabras cuando compongo, y no me permito escribir cualquier cosa, escribo algo que me convoque, que esté hablando de mí.

-¿Cuándo llegó a tus manos el primer acordeón?
-Lo conseguí en Nueva Palmira, de un vecino de la casa de mi abuela Totó (Banchero de Guala), que queda como a 40 cuadras de su casa, allá en el medio del campo (Colonia Belgrano). Me habían prestado un acordeón en algún momento para grabar, y me quedó picando. Mi abuela me dijo que su vecino vendía un acordeón, y fuimos con ella y mi tía Gaby (Gabriela Guala), y efectivamente tenía uno para la venta, medio en desuso. Me lo terminó regalando mi abuela Totó. Fue algo especial. Así que empecé a tocar con un Borsini, italiano. Así que mi acordeón es de Nueva Palmira, y con él grabé montones de discos, videos, conciertos.

-En entrevistas has hablado de la libertad, de la igualdad y contra el poder económico, ¿te interesa plasmar lo político?
-Absolutamente. Soy un antiderechista, y en este momento de la historia latinoamericana mucho más. Hago canciones políticas, sin lugar a dudas. A veces tengo un cierto miedo de que si no digo nada en algún momento estoy jugando para el otro bando, y eso no me deja conforme conmigo mismo. Creo que a un artista no le puede ser indiferente el mundo. Trato de ser una persona absolutamente sincera, no me voy a subir a un escenario, jamás, porque sí, para adornar, para poner a todos contentos. Digo lo que pienso. Trovadores como Silvio Rodríguez y Teresa Parodi son artistas que tienen un compromiso social. Realmente yo no vivo hablando de las injusticias sociales, por ejemplo, también hago una canción a mi madre, pero bueno cuando subo a un escenario no soy indiferente al mundo. No me da lo mismo que esté gobernando Macri, por ejemplo. Me molesta la indiferencia. Tengo la necesidad de escribir desde el lado de la denuncia pero no creo que pueda cambiar el mundo. Me duelen los muertos en Siria en manos del imperialismo y aunque las bombas van a seguir cayendo al menos intento algo, pongo una pequeña semilla y quizás entre todos logremos una planta.

El es…

Federico Aguirre Guala. Nació en Argentina, tiene 27 años. Es hijo de dos palmirenses: Wilson Aguirre y Dinorah Guala. Hace tres años que está dedicado de lleno al acordeón y hoy lo ve como “su camino definido”. Vive exclusivamente de la música. Reparte su tiempo entre Buenos Aires, Villa Gesell donde vive, y escenarios lationamericanos. Estuvo en Nueva Palmira, ocasión en la que EL ECO lo entrevistó

Federico respirando con el acordeón (foto diciembre 2017)

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