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La muerte tendrá tus ojos

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Mercedes Rosende

Mercedes Rosende* – Capítulo 1 de  ‘La muerte tendrá tus ojos’ . Todavía puedo sentir lo remoto y triste que era el mundo esa madrugada. A las dos y cuarto, en la comisaría parecía no haber nadie más que el policía que levantaba el parte con mi denuncia. Escribía con la mirada clavada en el teclado, utilizando sólo los dedos índices y el pulgar derecho, y entre letra y letra el silencio se estiraba como un dolor de muelas.
– Cuántos individuos la atacaron? -preguntó antes de terminar de escribir mi respuesta anterior, en un alarde de destreza psicomotriz del que tomé nota mentalmente.
– Uno, ya le dije que era uno solo el que me atacó.
Tic.
Tic.
El cabo Fagúndez -había leído su nombre en la placa de plástico azul que llevaba prendida en el pecho- tardó dos minutos veinte segundos en consignar mi respuesta, mientras yo cronometraba el tiempo con la vista clavada en un reloj de pared de plástico blanco, colgado justo detrás de su cabeza rapada. Cuando terminó de golpear el teclado quedó inmóvil unos instantes, mirando fijo la pantalla de la computadora, y no pude saber si releía lo que había escrito o si dormía con los ojos abiertos.En medio de ese vacío total de sonidos -ese que sólo se produce en las madrugadas frías y tristes- miré alrededor buscando algo en qué distraer la vista y los pensamientos, sobre todo los pensamientos, para amarrarlos a cualquier puerto que les impidiera volar a los hechos y revivir, por enésima vez, la escena del parque.
Mirar, hablar, contar el tiempo, debía hacer cualquier cosa con tal de no volver a recordar lo que acababa de suceder. Hablar con Fagúndez de cualquier banalidad para cortar la tensión parecía una empresa difícil de abordar. Descartado. Mirar el retrato de Artigas vestido de blandengue, poncho a la espalda, sable en la vaina y brazos cruzados sobre el pecho, ese Artigas que todos conocemos, no me serviría como distracción. Conocía esa imagen pintada por Blanes en cada detalle y de memoria desde el tiempo en que lo veía colgado de las paredes de la escuela, y no tenía sentido insistir en repasar su nariz aguileña o el uniforme azul con vivos rojos o su aire de prócer inmortal. Descartado, Artigas. Las paredes blancas y el piso gris lucían muy limpios, ni un chicle pegado, ni un papel arrugado interrumpían el aburrimiento de aquella higiene dramatizada por la luz de sodio. Pegado a una cartelera con chinches doradas, un impreso celeste y blanco me invitaba a ser oficial de policía. No cuenten conmigo, respondí al llamado patriótico, y ya empezaba a olvidar la razón que me había traído a aquel sitio vacío, triste y silencioso, pero iluminado como un estadio.
– Continúe, por favor. ¿Qué sucedió después?
El cabo Fagúndez me invitaba a seguir recordando en un tono de voz que en cada oportunidad me sorprendía por lo monocorde, como si cada pregunta que se veía obligado a formular lo aburriera más que la anterior. Obediente, cerré los ojos buscando las imágenes, mi mente saltó del impreso celeste y blanco que llamaba a ser oficial de policía a lo sucedido unos momentos antes, al preciso instante en que yo caminaba por el sendero del parque y el tipo me sorprendía por detrás y me amordazaba el grito con su mano dura tapiando mi boca.A veces el recuerdo se parece demasiado a la realidad, inquietante como un secreto multiplicado dentro de un espejo. La mano que apretaba mis labios contra los dientes, el grito bloqueado con gusto a sangre, mis ojos buscando que buscaban su rostro, la máscara absurda que cubría su cara, y la violencia de su ataque, la violencia, todo se agolpó en mi memoria entreverado y confuso pero realcomo las escenas de una película superpuestas con las escenas de mi vida, sucediéndose en una mágica incoherencia. Los hechos así recordados en un caos de imágenes proyectadas a toda velocidad, me sacudieron casi tanto como la agresión real que acababa de sufrir. Sucedió de súbito como un acto reflejo, algo imposible de dominar: el recuerdo me estalló en la memoria -sandía podrida que cae al suelo partiéndose en mil pedazos-, y el aire escapó de los pulmones como si me hubieran pateado en la boca del estómago. La escena del tipo golpeándome se recreó en mi cabeza, la violencia, sobre todo la violencia salpicó mis recuerdos, y la sentí gotear ojos afuera en lágrimas que me apresuré a secar con la manga embarrada de una camisa de seda que ya nunca más usaría, tragándome el recuerdo de un gusto a sangre en la boca.
Abrí los ojos.
El policía esperaba mi respuesta con los dedos apoyados sobre el teclado, sin levantar la vista y con expresión de haberlo escuchado todo en la vida. Ni siquiera un parpadeo interrumpía la nada hastiada de su mirada.
– Siga, por favor -insistió sin fuerzas, tal vez harto de esperar la mejor parte de aquella historia.
En mi mente, el hombre escondido tras una absurda máscara de película de terror barato volvió a golpearme, a arrastrarme hasta la arboleda tirando de mi cabello y de mi ropa, a voltearme al suelo de una trompada, y yo me apreté las manos contra el pecho, muy fuerte, para que ellas no me arrastraran en su temblor.
Algún milagro debe haberse producido porque desde su inmovilidad hierática Fagúndez carraspeó dos veces. Basta, le ordené a mi memoria, ya es suficiente, no quiero pasar por esto otra vez. Decidida a terminar, reduje el horror a pocas palabras.
– Después me golpeó, me llevó de los pelos hasta la parte oscura del parque, entre los árboles. Me siguió golpeando e intentó violarme.
Es la primera vez en la vida que conjugo el verbo en primera persona, se me ocurrió pensar. La frase quedó rebotando en las paredes blancas de la comisaría. Intentó violarme, le escuché decir a mi voz y el eco sonó cada vez más lejos, escapando por los corredores oscuros y silenciosos. Demasiado dramático. Me atacó, me golpeó. Primera persona del singular. Conjugarlo dolía tanto como los golpes y casi que humillaba más.
El teclado del cabo Fagúndez resucitó de entre los muertos, pero sin apuro.
Tic.
Tic.
Ni sombra de interés en su rostro de mirada fija.Con la punta de los dedos me toqué la cara, que sentí sucia, caliente e hinchada y, como quien saca un conejo de la galera, sentí aparecer otro dolor, nuevo y material, tan humillante como aquel otro. Respiré fuerte dos o tres veces y el policía Fagúndez -por fin- levantó los ojos del teclado y me miró a la cara.
– ¿Se siente bien?
– Sí.
– Ya debe estar por llegar la ambulancia que la va a llevar al forense. Quédese tranquila -ordenó.
– Sí.
Su preocupación desapareció tan repentinamente como había aparecido, tal vez tragada por la misma indiferencia.Siguió aporreando el teclado con poca pericia y mucho esmero.Tic.Tic.Las lágrimas continuaban brotando y se deslizaban por los moretones de mi cara, pero yo ya no tenía ganas de hacer nada por disimularlas. Los ojos comenzaron a arderme y los cerré con fuerza, con ganas de no volver a abrirlos hasta estar en mi casa, bajo la ducha, entre mis sábanas, con ganas de no volver a abrirlos hasta la mañana siguiente, hasta una mañana remota en que todo estuviera olvidado. Apreté los párpados y la comisaría desapareció, oprimí las palmas de las manos contra las orejas y los sonidos se disolvieron, y hasta creo haber logrado que el teclado de Fagúndez desapareciera de mi conciencia y quedar a oscuras y en silencio conmigo misma. Pero en ese vacío de pompa de jabón, en ese vacío de sueño sin sueños fue que empecé a experimentar una sensación física desconocida. Mi cuerpo se licuaba, se derretía, se volvía líquido sobre la silla de plástico blanco, se escurría por los costados ante a mi angustia impotente, y yo no podía hacer nada sino sentirlo fluir. Pensé qué haría si comenzaba a chorrear sobre el suelo tan limpio, tan impecable, si formaba un charco que se extendiera hasta ofender la higiene de la comisaría, y entonces volví a abrir los ojos para dejar de sentirme líquida, volví a la comisaría y la pompa de jabón se rompió.
Allí todo seguía igual.
Tic.
Tic.
Me sequé la cara con el dorso de la mano, respiré hondo y miré a Fagúndez, quese tomaba su tiempo.
– ¿De los cabellos, la arrastró? -preguntó casi sin desplegar los labios.
– Sí. De los pelos.
Como si lo hubieran llamado por su nombre, el cuero cabelludo despertó y comenzó a doler tanto como la cara hinchada y como la rabia. Me toqué el pelo —el cabello, me dijo Fagúndez— enredado y sucio de barro, sin atreverme siquiera a rozar las raíces. Intenté alisar la maraña, aplastar los mechones parados, domar aquel nido de caranchos, hasta que advertí lo patético y trasnochado de mi coquetería. De acá salgo a la peluquería y me hago el brushing, pensé por pensar algo, sentada en una comisaría desolada a las dos y veinticuatro de la madrugada. Entretanto, me tenía que conformar con pasar la mano por el pelo así, despacio, casi acariciando, pensando que de esa forma arreglaba mi aspecto y recibía algo de consuelo.En algún momento Fagúndez debía de haber terminado de escribir mi respuesta porque volvió a hacerse el vacío.
– Continúe -me ordenó después de unos segundos transcurridos en blanco.
Hubiera querido detenerme ahí, no hablar más y comenzar a olvidar en ese mismo momento, pero me obligué a mover los labios y así recité el final del ataque, sin mirar a Fagúndez y de la manera más sintética que se tenga noticia en la crónica policial.
– Se escucharon unos pasos acercándose a la arboleda donde estábamos, y el tipo escapó -resumí.
-¿De quién eran los pasos?
– No sé. De alguien que caminaba por el parque a esas horas. Es todo lo que le puedo decir.
Se activó el lento proceso del tecleo y después volvió el silencio.
– ¿Usted vio a la persona que se acercaba?
– No.
Después de mi respuesta se hizo un vacío breve pero denso que me hizo levantar la vista, y fue entonces que sorprendí a Fagúndez dirigiéndome una mirada fugaz, justo antes de volver al teclado. Aunque no duró mucho creí ver algo, una lástima distante y profesional, una pena hastiada, acostumbrada, pero era algo parecido a un sentimiento y por un instante casi me sentí mejor.
Tic.
Tic.
Antes lo había descartado, pero volví a aferrar la mirada a la imagen de Artigas. Aunque luzca el ceño fruncido, el prócer debe de haber sido un buen tipo, pensé. Me hubiera gustado hablarle, decirle algo y que él me contestara, pero Artigas es un héroe de la patria y yo no podía saber si él me contestaría o si sólo quedaría así como estaba, sumido en su silencio de óleo, con los brazos cruzados sobre el pecho y la vista perdida en la historia. O tal vez yo le dijera “Buenas noches, general” y él me respondiera con una de aquellas frases suyas que se esculpen en el granito de los monumentos patrios: “Nada podemos esperar sino de nosotros mismos”. Me quedé callada y sin argumentos.
– ¿Está segura de no haber identificado al agresor?
Me agarró distraída, levanté la cabeza y miré a Fagúndez.
Casi se me escapa. Casi.
Pero de alguna manera recompuse las ideas y volví a la que, apenas unos momentos antes, y ya arrepentida de haber llamado a la policía, sentada en el patrullero camino de la comisaría, había decidido que sería la versión oficial. La única versión.
– No. No sé quién era.
– Haga una descripción del agresor, por favor.
Inventé que era bajo, morocho y grueso. Y no me olvidé de mentir que olía a suciedad y a alcohol. El cabo Fagúndez pareció animarse con la descripción de mi atacante y hasta me pareció que empezaba a escribir más rápido. O tal vez el tiempo —esa percepción mentirosa— se aceleró de pronto y se convirtió en un torbellino donde se mezclaron mis últimas declaraciones y la lectura del parte, hecha en voz alta y con tono monocorde por el policía.Cuando estaba firmando la transcripción del documento que fingí leer, llegó la ambulancia que me llevaría al forense y bajaron dos enfermeros. Pensé que aquella sucesión de actos se parecía a una obra de teatro, donde cada personaje hacía su entrada en el momento preciso que marcaba el guión.Recuerdo haber subido a la ambulancia aferrando la cartera embarrada contra el cuerpo dolorido; recuerdo, justo antes de cerrarse la puerta, haber visto la mirada del cabo Fagúndez que parecía preguntar algo.
Pero nunca supe qué, y no pude contestarle.

Montevideo. Esctritora. Consagrada en Alemania por su novela  “El miserere de los cocodrilos”. Su última novela es “Qué ganas de no verte nunca más”. Columnista de EL ECO.

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