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CULTURA

Mercedes Rosende recibirá el galardón LiBeraturpreis 2019 en la feria de Frankfurt

El público votó a la uruguaya, reconocida por el género novela negra, como la mejor escritora 2019 por su libro ‘Lágrimas de cocodrilo’. En el 2018 el premio fue para la escritora de Vietnam Nguyen Ngoc por su libro ‘Campo sin fin’.

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Lágrimas de cocodrilo

Con su libro ‘El miserere de los cocodrilos‘ (en alemán ‘Lágrimas de cocodrilos) la escritora Mercedes Rosende obtuvo el mayor galardón que otorga LiBeratupreis de Alemania para el mundo.

Del 16 al 20 de octubre próximo se llevará a cabo la Feria de libro de Frankfurt (Alemania), considerada la más importante a nivel mundial, y ahí recibirá el reconocimiento la escritora uruguaya.

La motevideana Rosende ha tenido una rápida y ascendente carrera literaria, este año ingresó al mercado alemán y ahora en junio fue la más votada a nivel mundial para el premio que otorga la organización alemana Liberatupreis 2019.

Estuvo en la preselección junto a otras siete mujeres de perfiles y lugares muy diversos, como Nanaoe Aoyama de Japón, Rita Indiana de la República Dominicada, Lina Meruane de Chile, Guadalupe Nettel de México,Kamila Shamsie de Pakistán, Samanta Schweblin de Argentina y Dirna Wannous de Siria.

 

Uno de sus cuentos

La uruguaya que -según como ha dicho ella misma- sin darse cuenta ingresó a la literatura policial, ha publicado varios cuentos, los cuales han aparecido en EL ECO, como el que sigue y que compartimos ahora con los lectores de la web:

Ecos olivdados

Cuando salí de la depresión de los primeros tiempos mis hábitos higiénicos comenzaron a cambiar. Una mañana olvidé pasar por la ducha y, como un rito que comenzaba a pesarme, ya nunca volví a frecuentarla; luego dejé de lavarme las manos y vi crecer mis uñas, negras y desparejas, por último abandoné el cepillo de dientes que se marchitó en el vaso como una flor olvidada. Ya no creí que fuera necesario cambiarme de ropa y, como en casa todos estaban muertos, no había quién se quejara de la mugre o del mal olor. Mi ropa se fue cubriendo con una película grasosa, fina al principio y muy gruesa después de un mes, que la volvió suave y cálida al tacto.

Un día, al mirarme en el espejo del baño, noté que mi cabello estaba enmarañado y opaco como un nido de pájaros: no me extrañó porque llevaba meses sin peinarme, sin embargo, aquella imagen me perturbó al extremo que temí claudicar. Por primera vez en mucho tiempo dirigí la mirada al duchero polvoriento y cruzado de telarañas, y tuve que poner toda mi fuerza de voluntad para no caer en la tentación fácil del aseo. Esa tarde cubrí todos los espejos de la casa con retazos de terciopelo violeta que corté de las cortinas de la sala principal, y sé que Mamá, desde el fondo del infierno, debe haber querido regresar para matarme.

No volví a experimentar flaquezas que me hicieran retroceder en mi camino.

Como el dinero de la caja de seguridad se acababa tuve que reducir la ingesta diaria de alimentos que se limitó a un bocado de pulpo de las latas españolas que papá guardaba junto a los vinos franceses, hasta que las latas también se acabaron, y tuve que tomar una decisión.

Con las paredes del estómago pegadas, débil, supe que tendría que salir. No había visto la calle en muchos meses, desde aquel horrible suceso.

El sol me pegó en los ojos y estuve a punto de volver y esperar a que se hiciera la noche, pero el hambre me empujó.

Caminé un rato hasta comprender que mis vecinos no tiraban basura orgánica: se limitan a envases plásticos, de cartón y de papel, todo cuidadosamente separado y limpio. Ni un atisbo de alimento. Seguí camino, kilómetros y kilómetros hasta que las casas dejaron de tener jardines enormes y comenzaron a verse pequeñas, cascascaradas, amontonadas unas contra las otras. No tuve que seguir más allá porque encontré una bolsa llena de pan, bastante verdoso, y cáscaras de papa, buenas fibras vegetales para mi organismo necesitado.

No me resultó fácil regresar. El mundo, pensé, debe ser enorme. Al volver saqué una rebanada de pan. Tenía un etiqueta pegada: “origen: Nueva York”. Mastiqué con ganas, aún las partes más verdes que tenían el sabor amargo del queso roquefort. Caminé muchas, muchas horas hasta que encontré mi casa, lo que no es extraño si se piensa que había llegado hasta Estados Unidos, que es un país remoto.

Cuando llegué sentí tanto cansancio que no fui capaz de subir la escalera que lleva a las habitaciones, y me tendí a descansar en el sillón chesterfield de la sala de música. Apenas pude dormir. La sensación de hambre había quedado atrás y, en su lugar, sentía crecer la excitación de la libertad alrededor de mi ombligo.

Me acostumbré a salir un par de veces a la semana, los martes y los jueves al caer el sol. Visité sitios remotos, lugares de casas sucias y destartaladas, calles inundadas de inmundicias, gente de rostros feroces. Creo que llegué a Indonesia, pero no tengo la certeza porque aquella etiqueta del paquete de arroz estaba borroneada con salsa de tomates.

Una vez encontré una bolsa con fideos y me senté a comerlos en la vereda, pero una mujer, tan sucia y ruinosa como su entorno, salió de una casa y me gritó insultos irrepetibles, y yo tomé la bolsa y corrí.

Ya no me costaba tanto volver a casa, aprendí a transitar los caminos que llevan a la comida.

Me había prometido no subir más a los dormitorios. El sillón chesterfield resultaba frío, pero el gran tapiz de Flandes, que tanto trabajo me dio descolgar, vino a zanjar el problema del abrigo.

Al llegar la primavera el jardín se enmarañó, se cubrió de maleza hirsuta, una hermosa selva prisionera entre cuatro muros altos. Los caracoles, los escarabajos y las babosas se multiplicaron escandalosamente, la vida volvió a invadir la casa desde la puerta de la cocina. No sé cuándo comencé a preguntarme qué sabor tendrían. Lo averigüé un martes muy lluvioso que me sorprendió sin ganas de salir.

Un día desperté con la inquietud de no saber qué día era y, pasado el mediodía, la inquietud ya era tormento. Vagué por el salón principal, bajé al jardín por la escalinata de mármol rosado a la búsqueda de un indicio que me confirmara que era jueves, pero no lo encontré y las cosas empeoraron.

Me puse los zapatos –por la punta del izquierdo ya asomaban los dedos- y, cuando el sol se ocultó, salí a la calle aunque no necesitaba comida. Volví a fijarme en los muros altísimos tras los que se escondían los jardines, en los autos que pasaban veloces sin detenerse. Nadie caminaba por aquellas calles, nadie a quien detener y preguntar. Nadie a quien pedir auxilio. Y la duda me paralizaba las piernas.

Me detuve en medio de una avenida bordeada de árboles añosos que se elevaban al cielo, miré lejos hasta donde alcanzaba la vista., giré sobre los talones, traté de abarcar todo el paisaje. Pero no había nadie. Si aquel día no era jueves debía ser domingo, y toda mi vida no era más que un gran error.

Esa noche cené unos bocados de carne pegada al hueso que el martes (no, el viernes) había disputado a un perro, pero no me cayó bien. Pasé horas vomitando en la sopera Reed&Barton, y lloré de rabia por estar viviendo una vida equivocada. La llegada del amanecer me trajo la resignación y la certeza de que era lunes.

Al final de la tarde me senté junto a uno de los grandes ventanales de persianas bajas, me dispuse a esperar que pasara el día, que cayera el sol.

Fue entonces que escuché el sonido del teléfono, el ruido que llenó la casa de ecos olvidados, que interrumpió el silencio de tanto tiempo. Lo escuché sonar, mis lágrimas resbalaban por las mejillas.

No vacilé, supe qué hacer. Salí al jardín y junté las flores. Por primera vez en mucho tiempo subí la escalera que lleva a las habitaciones y caminé lentamente hasta llegar a la última puerta del pasillo. Me tomó tiempo juntar fuerzas, y la abrí con tanta violencia que rebotó contra la pared.

Caminé unos pasos, dejé las rosas amarillas recién cortadas, sus favoritas, junto al cadáver de mamá que aún aferraba la pistola, y el ramito de lavanda al costado de la cabeza de papá, que ya no sangraba desde quién sabe cuándo.

Me volví tropezando y al salir me golpeé contra el marco de la puerta. Bajé corriendo las escaleras, pasé por el salón principal, salí y atravesé el jardín –el pasto ya casi me llegaba a la cintura–, cerré el portón de hierro con la llave, y me fui para siempre.

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