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Silva a los días dispersos, por Carlos Liscano*

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Carlos Liscano, el uruguayo autor de novelas y obras teatrales de fama internacional

“Silva: colección de materias o temas diversos, escritos sin método ni orden”. Diccionario de la Lengua Española

12  – Donde acabaron sus errores

Soñaba que asistía a mi velorio. Estaba allí, muerto, en una sala velatoria parecida a tantas que he visto. Había poca gente, ocho o diez. A algunos no los conocía. Suponía que podían ser familiares de los que sí conocía, o curiosos. Hablaban en voz baja en tres o cuatro grupos. Después de un rato yo me sumaba a uno de ellos. Hablaban de mí delante de mí y no me reconocían. ¿O acaso no me veían? Para comprobar si sabían que yo estaba allí decidía participar en la conversación. Escuchaba un rato con atención y no encontraba el momento de decir algo. Entendía lo que decían, pero no había nada que tuviera que ver conmigo. Era evidente que hablaban de mí, pero aquel que referían me era desconocido. ¿De verdad me había pasado eso que contaban? No era que yo no recordara un hecho, una anécdota. Todo era cierto, pero yo lo había vivido de modo diferente. Uno decía: “El mayor problema que tuvo, lo que le distorsionó la vida, fue que siempre se creyó escritor y nunca llegó a serlo. Murió convencido de que lo había logrado”. Una mujer a quien yo no recordaba conocer le daba la razón: “Yo tuve una relación íntima con él. Más de una vez traté de explicarle que estaba equivocado, que debía dejar aquel empecinamiento de considerarse escritor. Me decía que era yo la que estaba equivocada, que aunque pasaran muchos años algún día se reconocería que había sido escritor”. Luego contaban chistes.

La mujer que había tenido una relación “íntima” conmigo decía que guardaba originales de una novela inédita que yo le había regalado. ¿Pero era verdad? ¿Qué novela? Yo no recordaba haberle regalado originales a nadie, menos recordaba a esa mujer. Un hombre gordo que recién se incorporaba a la conversación decía: “Dedicarse a escribir abre un agujero en el alma. Es una herida inútil, no produce nada, solo dolor abstracto. Es un daño que no puede ser reparado, con el que hay que convivir, y solo lo superan los grandes, los que son muy fuertes. Liscano no era grande ni fuerte. Estoy convencido de que en lo más profundo de su corazón odiaba la escritura, a la que se consagraba solo porque una vez, cuando tenía treinta años, había decidido hacerlo. Una vida equivocada, como hay tantas”. Otro decía: “Era un hombre muy inseguro. Creo que por eso escribía. Escribiendo encontró una forma de sentir que dominaba la realidad”. Luego contaba una anécdota de cuando yo era niño. Yo no recordaba el hecho. Uno decía que yo había chocado en una moto cuando tenía veinte años y él me había cuidado en su casa mientras me recuperaba. Cierto, yo había chocado con una moto, pero nadie me había cuidado. ¿O había sido así y yo no lo recordaba? Otro decía: “La culpa no fue solo suya. Hubo quienes lo alentaron, no se sabe si por lástima o por picardía”. Yo no entendía a qué se refería, ¿a qué me habían alentado, quiénes lo habían hecho? Se formaba un solo grupo, comenzaban a conversar en corro. Algunos decían algo sobre mí, otros abrían otras líneas de conversación sobre asuntos que se me escapaban. Una mujer decía: “Me contaron que en algún lugar contó su propio entierro. ¿Se parecerá en algo a esto que estamos haciendo?” “Liscano se proponía contar una larga historia compuesta de sueños. En ella aparecía el Emperador de la China, que era quien daba significado al conjunto”. Esto era cierto, pero no lo había escrito y nunca lo había contado a nadie. “En esa obra, agregaba, una especie de novela, iba a decir lo que pensaba sobre la literatura”. Esto yo no lo sabía. Entraba el personal de la funeraria, de traje negro, circunspectos. Era señal de que había llegado la hora de partir. Salíamos de la sala, bajábamos una escalera y subíamos a tres o cuatro autos. En el trayecto nadie hablaba. Cuando llegábamos al cementerio alguien decía: “Él decía que Liscano era un invento, que en realidad él era otro. Vaya uno a saber a cuál de los dos vamos a enterrar ahora”. Luego el procedimiento era rápido. Había una fosa abierta. Cuatro operarios bajaban el ataúd con unas sogas. Preguntaban si alguien quería echar un puñado de tierra. Nadie contestaba. Comenzaban a llenar la fosa con la tierra que estaba al costado. Cuando terminaban clavaban una estaca con un número. Alguien ponía un cartel que quedaba torcido. Alguien, a quien no lograba identificar, tiraba una flor sobre la tumba. Enseguida comenzábamos a retirarnos. Todos se subían a los autos. Yo abandonaba el cementerio a pie, me distraía mirando panteones, estatuas, leía nombres en las lápidas.

Durante horas me perdía por la ciudad, por calles que no conocía. De pronto me daba cuenta de que no sabía dónde estaba. Era una ciudad que no conocía. Por tanto, tampoco nadie me conocía a mí. “Ahora empieza la cosa, me decía, el resto será olvido”. Recordaba lo que decía el cartel sobre la tumba: “Carlos Liscano – Aquí acabaron sus errores”.

La ilustración es de su libro “La interminable” (2019)

*De esta manera llega a su fin la serie de relatos del escritor y dramaturgo, Carlos Liscano publicados en exclusiva en EL ECO. Fueron 12 hermosas entregas de ‘Silva a los días dispersos’, que han sido muy leídas por los lectores del portal. Te vamos a extrañar, Carlos.

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