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CULTURA

Silva a los días dispersos, por Carlos Liscano

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La ilustración es de su libro "La interminable" (2019)

6- El camino de las Culpas

Era en el campo, de tarde. Yo iba por un camino de tierra. Llevaba una carretilla, un perro negro me seguía. No era mío, había empezado a seguirme hacía un rato. Tenía que llevar la carretilla a un sitio y entregarla, pero no sabía a quién se la dejaría ni dónde lo haría. Se hacía de noche. De pronto el perro se ponía a ladrar a algo que se movía en el suelo. Me acercaba a ver. Era un, bulto, negro, del tamaño de un zapallo chico. Me agachaba para tocarlo. El perro me ladraba y no me dejaba acercar. Lo hacía como si estuviera protegiéndome. Igual lograba tocarlo. Estaba caliente. Se sentía como una pulpa viscosa. Al tocarlo me daba cuenta de que era una culpa. ¿Como lo sabía si nunca había visto una? Lo sentía de golpe, como si siempre lo hubiera sabido. ¿Así eran las culpas? Sí, no había dudas, era una culpa y se movía, estaba viva. Enseguida reaccionaba, culpa con vida, ¿de quién era? La miraba más de cerca. No la reconocía, así que mía no era. Dejó de interesarme. Se le habrá caído a alguien, me decía, y seguía mi camino.
Unos treinta metros más adelante se repetía la misma escena. El perro le ladraba a un bulto en medio del camino. Cuando lo miraba de cerca veía que era otra culpa, más grande que la anterior. La observaba sin tocarla. Tampoco era mía. Por precaución empezaba a caminar por el borde del camino. El perro iba delante, decidido, como olfateando la presa.
Así marchábamos, el perro nervioso y yo con precaución, empujando la carretilla. Cada treinta o cuarenta metros aparecía un bulto y el perro le ladraba. No necesitaba acercarme para ver que era una culpa. Ninguna era mía porque yo nunca había andado tirando mis culpas por ahí, en la vía pública. Los tamaños variaban, algunas eran muy chicas, otras eran del tamaño del perro. Culpas de esas bien grandes no se veían. Me preguntaba qué estaba pasando. ¿La gente se estaba deshaciendo de las culpas? ¿Y lo hacían así, sin ningún cuidado, en medio del camino?
Llegaba a un puente de madera. Estaba muy oscuro. Una voz de hombre me saludaba. Lograba ubicarlo por el cigarrillo que llevaba en la boca. Por la altura en que estaba el cigarrillo me daba cuenta de que era petiso. O por lo menos era más bajo que yo. Parecía que el perro lo conocía porque se puso a hacerle fiestas. El hombre me decía que me estaba esperando. A él tenía que entregarle la carretilla. Me invitaba a comer un guiso de oveja. A la luz del farol del rancho comprobaba que era petiso y también retacón, Unos sesenta años robustos en un cuerpo acostumbrado al trabajo duro. Después me acompañaba hasta un galpón donde podría dormir. Yo no tenía ganas de quedarme allí, a la luz de una vela, a dormir sobre unos cueros de oveja. Pero tampoco podía volver a casa. Caminar de noche por el camino lleno de culpas no era una idea que me atrajera mucho. Aceptaba quedarme.
A la otra mañana me levantaba temprano. El dueño de casa ya estaba en pie. Me ofrecía un jarro de leche caliente, un poco de pan y queso. Me contaba que el queso lo hacía él. Se notaba que era casero por la forma y el fuerte olor. Mientras desayunaba pensaba hablarle de lo que había visto en el camino. ¿Sabía por qué había tantas culpas allí? ¿De quiénes eran? ¿Las tiraba la gente o las culpas venían por su cuenta?
No me animaba a decirle nada. Tal vez lo había soñado. O había sido la imaginación, que después de horas de marchar con la carretilla me hizo pensar que eran culpas. Tal vez fueran frutas que no conocía o cualquier cosa que hubiera en el campo y que yo nunca había visto. Tomaba la leche, me comía el pan con queso, agradecía y enseguida me ponía en marcha. Me esperaba una caminata de horas. El perro volvía a seguirme.
Ni bien entrábamos en el camino empezaban a aparecer las culpas. Eran muchas, más que la noche anterior. Había que avanzar esquivándolas. El perro se volvía loco ladrándoles. Pero como eran tantas, al final se acostumbraba y, sin dejar de ladrarles, parecía que jugaba con ellas. Las culpas no se asustaban ni se mostraban agresivas. Se notaba que les gustaba el juego. Retrocedían un poquito, giraban y volvían a provocar los ladridos.
Ahora, de día, se veían culpas de todo tamaño, chiquitas, chicas, medianas, grandes. También había algunas gruesas, enormes, que intrigaban. No eran muchas, pero metían miedo. ¿Culpas de qué serían? Dos o tres eran tan grandes que ocupaban todo el ancho del camino. Había que bajar a la banquina para seguir avanzando. La noche anterior me había parecido que eran negras. Ahora las veía más bien pardas, grises, color sucio. “Claro, las culpas son sucias”, pensaba. De vez en cuando aparecía una muy blanca, como si antes de tirarla la hubieran lavado. “Eso está muy bien, me decía. Si uno va a deshacerse de sus culpas lo menos que puede hacer es limpiarlas antes”.
No todas se movían. Algunas parecían dormidas o estaban muertas. “Culpas muertas, eso sí que está bueno”, me decía. Me venía la idea de que la culpa, como cualquier otra criatura, acababa muriéndose. Eso sería un alivio para el culpable. Tal vez habían sido perdonadas. O quizá habían perdido su carácter de culpa. Duraron tanto tiempo que ya no tenía sentido que siguieran atormentando a alguien.
Ante alguna me detenía. Le veía algo, el color, la forma, que me hacía preguntarme ¿culpa de qué será? Otras eran fáciles de identificar. Enseguida me daba cuenta de a qué se debían porque me recordaban culpas mías. No eran mías, claro, pero se parecían a algunas que yo conocía bien.
Me distraía y dejaba de interesarme. No eran culpas, eran otra cosa. Vaya uno a saber qué, cosas del campo que yo no tenía ni idea de que existían.
Al rato volvía al asunto. ¿Sería aquel el Camino de las Culpas, el sitio a donde la gente iba a deshacerse de ellas? Lindo nombre, Camino de las Culpas. En un tiempo viví en una zona rutal y me hice aficionado a coleccionar nombres pintorescos. Camino del Sordo, Zanja Reyuna, Bajo de la Petisa, Cañada del Rengo, Bajada del Milico. Pero Camino de la Culpas nunca había oído.
“Aquí alguien debería poner orden”, se me ocurría. No se podía permitir que a las culpas se las abandonara de cualquier manera. Por lo menos podían ser más civilizados. Algunas culpas podían afectar a gente sensible, no era buena cosa que las vieran niños. Un poco de recato y buenas costumbres, por favor. Que al menos las dejaran al costado del camino. Aunque tal vez a los culpables se les habían caído sin que se dieran cuenta. Era posible. Eso me daba un poco de risa. Uno va por el camino y, sin notarlo, las culpas se le van cayendo. Qué fácil, así cualquiera se libraba.
A medida que me habituaba al paisaje empezaba a hacerme otras preguntas. Las culpas, dejadas a la intemperie, ¿cuánto duraban? ¿Se quedaban allí para siempre, obstruyendo el paso, afeando el lugar? ¿Venía alguien a recogerlas como se hace con la basura? ¿A dónde las llevaban? ¿Había un vertedero de culpas? No sería fácil vivir cerca del vertedero, con montañas de culpas como vecinas, todas mezcladas, viejas culpas nunca saldadas junto a otras de ayer de mañana. Tal vez no era necesario recogerlas porque una culpa dejada a la intemperie, pasado un tiempo, se desintegraba, se derretía o algo así.
Caminaba horas y no me cruzaba con nadie. Ni vehículos, ni gente ni animales. Solos, yo y el perro, en medio del campo, esquivando culpas ajenas.
De pronto me ponía a reír. Ahora, que nadie me veía, ¿no era una buena oportunidad para deshacerme de mis culpas? Las culpas que poblaban el camino eran anónimas, no había forma de saber quién era el dueño. Entonces, si yo las dejaba caer, así como al descuido, nadie se daría cuenta de que eran mías.
Empezaba una reflexión entre seria y ridícula. ¿De qué culpas quería deshacerme? O, más atrás, ¿de qué era yo culpable? ¿Tenía culpa de algo, había hecho algo mal? Bueno, sin duda que sí. Inocente, lo que se dice totalmente inocente, libre de culpas, yo no era. A mi edad no me iba a hacer el puro, el nunca visto. Tampoco había que alardear. Porque uno no se va a poner a jactarse, a hacerse el más culpable de todos. Yo también tenía lo mío, como cualquier hijo de vecino. Cosas y cositas que había ido haciendo, dejando mi firma por ahí. Es la vida, ¿no? A mí me parece que, como dijo el otro, quien esté libre. Ya se sabe. Lo dijo, pasaron dos mil años, y nadie se movió para agarrar una piedra. Ni siquiera una piedrita se movió.
Entrando más en materia, ¿de qué era yo culpable? “Bueno, me decía, como todo el mundo sos culpable de haber nacido”. Sí, claro, eso era muy cierto. Pero se necesitaba algo más concreto porque así no avanzábamos mucho. Todos éramos culpables de lo mismo. En mi negocio particular, como en los de todos, los primeros culpables habían sido mis padres, quienes quiera que hubieran sido. Porque yo no tuve padres. Es decir, sí, tuve, claro, pero no los conocí. No sé qué fue de ellos. Ya hacía rato que andaba dando vueltas cuando me di cuenta de que todos tenían un padre y una madre menos. Me pareció raro, pero no le di importancia. Quizá eso no estuvo bien, pero nunca encontré tiempo para pensarlo. La vida se me iba en mis propios líos como para, encima, andar fantaseando con gente que sin dudas tenía sus asuntos propios. Mucho menos me dio el tiempo para ponerme a buscarlos. Si los buscaba y los encontraba ¿qué? ¿Les decía: “Hola, aquí estoy yo, soy tal, mucho gusto, ustedes son los culpables de que yo exista, sepan que eso no se hace?” Mejor dejar las cosas como estaban. Porque ellos podían replicar: “Y vos sos culpable de que a nosotros nos haya ido como nos fue”.
A propósito, durante muchos años tuve tanto trabajo con criarme a mí mismo que nunca sentí culpa de nada. No tenía tiempo. Tal vez en ese tiempo hice alguna cosa de la que debería sentirme culpable, pero no recordaba ninguna, por lo que digo, porque estaba ocupado en sobrevivir.
Culpable empecé a sentirme ya de grande. Un día, medio distraído, me dio en pensar por qué mis cosas estaban como estaban, es decir mal. Me vino la sospecha de que quizás era por mi culpa. No fue un buen momento ese, la distracción. No lo recomiendo. No es bueno distraerse de ese modo. En materia de culpas hay que estar siempre alerta, los ojos bien abiertos, hasta cuando se duerme. Porque, lo conozco por experiencia, hay culpas que atacan de noche, las muy putas, cuando uno está dormido, tranquilo, como si nada. Eso es de lo peor. No les alcanza con trabajar de día y entonces viene el ataque nocturno. No sé si a alguien le ha pasado. A mí sí, y no una vez sola. Estar descansando, merecidamente descansando, y a las tres de la mañana se aparece una culpa, la misma a la que uno había ignorado durante días. Es un ataque despiado que no da tiempo ni a reaccionar. La culpa se tira encima a traición y no hay espatoria. Hay que defenderse con cualquier cosas que se tenga a mano os negociar. Y negociar siempre significa perder, aceptar, pedir disculpas, prometer que no se volverá a repetir.
Bien, pero dejando de lado esa culpa involuntaria y un poco abstracta por haber nacido, ¿de qué era yo culpable de verdad? De cantidad de cosas. Diría que incontables, si no sonara exagerado. Sí, pero ¿cuáles?
Bueno, a muchas no las recordaba, pero sin duda en algo había andado que me hizo sentir culpable. De unas cuantas yo mismo me había perdonado. Encontraba una, la reconocía, la estudiaba y me concedía el perdón. Sobre esas no iba a volver ahora porque ya habían cumplido su ciclo.
Tuve años de cargar culpas de modo ininterrumpido. No había día en que al despertarme no me descubriera culpable de cosas y cosas. Era abrumador. Porque, descubierta una culpa, enseguida tenía que ponerme a estudiarla. Eso llevaba su tiempo, dependiendo del tamaño de la de marras. Si era una culpita no me importaba. Me la perdonaba al poco rato de levantarme, bajo la ducha de la mañana. Era como si, con el agua, la culpita se fuera sola. Si era una mediana podía llevarme todo el día encontrarle la vuelta para perdonarla. Las grandes y muy grandes eran trabajosas. Días y semanas buscándoles el modo de perdonármelas. Algunas, después de un buen estudio, resultaban ser culpas ajenas. De esas no me hacía cargo. Las desechaba de plano. Otra categoría era la de culpas compartidas. Ahí había que analizar cómo se repartía la carga, en qué proporción. Hacía un estudio fino que concluía cuando encontraba, si correspondía, la alícuota que me tocaba. Si no me correspondía mucho, las ignoraba. Si me correspondía algo, hasta un cincuenta por ciento, entonces sí, zácate, perdón inmediato. Cuando me tocaba más de la mitad, quería decir que era toda mía. Me la personaba sin dudar porque ¿a quién le iba a echar la culpa?
Hasta que un día apareció la última. Era como un tango. La vi venir y me dije: “Ahí viene, abatida y sola, la última culpa”. Por fin, se acabó, final. Era de noche y miré bien, por si acaso. Confirmado, detrás no había ninguna. Cuando la tuve cerca me dio un poco de nostalgia. Vieja culpa, ya sin fuerzas ni brillo. Me dio pena y la perdoné. Se sintió liberada. Ya no tendría que seguirme, como tantos lo habían hecho durante años. Pobre, le tocaba un descanso. A mí también me tocaba descansar. Fue mucho tiempo cargando culpas propias y ajenas. Porque a las ajenas, mientras no lograba darme cuenta de que no eran mías, también las cargaba. No le deseo a nadie pasarse años con culpas de otros a la espalda. Con lo que uno tiene alcanza para sentirse un hijo de puta y todavía, encima, por tonto, carga culpas de otros. No es justo.
Después que me perdoné la última me dije: “A partir de ahora no acepto más culpas. Atento a la jugada, Liscano, ni una más”. Pero, pese a mi firme propósito no conseguía evitar que de vez en cuando una culpa me atacara. Parecen inmortales, las culpas. Siempre vuelven.
Tal vez por eso ahora, en el camino, mientras se me ocurría abandonar mis culpas a su suerte, no me era fácil encontrarme alguna. Las que tuve ya habían sido perdonadas. Si me quedaba alguna era muy chiquita, yo ni cuenta me daba por qué era. Culpable, sí, pero ¿de qué? Sí, acaso hubo cositas, todas sin importancia.
Así iba, hasta que en un momento el perro se puso a ladrar enloquecido encima de una culpa. Era una de las medianas y se movía mucho. Me dio la impresión de que quería avanzar hacia mí. El perro se ponía entre la culpa y yo y no la dejaba acercarse. Ella insistía, se arrastraba tratando de llegar. Después de intentarlo un rato logró arrimarse bastante y entonces, cuando la tuve al lado, la identifiqué. Era una culpa mía, una de las primeras, que yo me había perdonado hacía años. Me vio y me reconoció. Me daba un poco de pena. Una culpa mediana, estaba viejita. Yo la había cargado un buen tiempo y luego me la había perdonado. Ahora estaba allí, triste, tirada en el camino. Es que, pasado el tiempo, uno se olvida de las culpas propias y no las reconoce. Ella no me había olvidado y me recordaba que yo era su responsable, su dueño. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué hace uno con las culpas viejas cuando, perdonadas y olvidadas, vuelven de visita, como un pariente que hace años no vemos? Me enterneció y volví a adoptarla. No podia menos. Me la llevaría a casa. ¿Qué podía pasar? Nos conocíamos mucho, cargarla no iba a ser gran trabajo.
Cuando pensaba en llevármela vi que otras empezaban a moverse, como si hubieran despertado, y avanzaban hacia mí. El perro se enfurecía, ladraba, aullaba desesperado. Entonces me daba cuenta de que todas eran culpas mías, las que yo me había perdonado. Aquel no era el Camino de Las Culpas. Era el Camino de Mis Culpas. Ninguna había muerto, ninguna me había olvidado. Todas se sentían abandonadas por mí, por su padre. Fue en ese momento que decidí traérmelas a vivir conmigo. Desde ese día aquí estamos, en casa, juntos, como toda la vida, mis culpas y yo. También el perro claro, que acabó haciéndose amigo de ellas.

Carlos Liscano, escritor, poeta y dramaturgo, columnista de EL ECO.

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