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Silva a los días dispersos, por Carlos Liscano

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La ilustración es de su libro "La interminable" (2019)

“Silva: colección de materias o temas diversos, escritos sin método ni orden”. Diccionario de la Lengua Española

10 – Irse sin dejar rastros

La quemazón empezó de modo espontáneo, aunque no fue impensada. Muchas veces había entrevisto esa solución. O no precisamente esa, sino una parecida que tuviera el mismo fin, es decir que acabara con todo de una buena vez. El problema que siempre se me presentaba no era cómo acabar conmigo mismo. Eso no era difícil de imaginar, ni siquiera era un problema. Lo que sentía era que para acabar conmigo tendría que eliminar los rastros de mi vida y era esto lo que no sabía cómo hacer. Si desaparecía y quedaban rastros de lo que fui, entonces sería un fracaso.

Un día, como a las cinco de la mañana, me desperté y ya no pude volver a dormirme. De pronto surgió clara la idea. ¿Cómo no me había dado cuenta antes? La solución era prenderle fuego a todo.

Cuando amaneció me levanté y mientras desayunaba se puse a planearlo. Tenía que preparar la quema afuera, en el césped del fondo. Tenía una chapa grande, de metal, que podría utilizar para hacer el fuego sobre ella. No iba quemarlo todo de una vez porque provocaría un incendio. Había que tener en cuenta el viento y la lluvia. En días de invierno el viento se arremolinaba en el fondo y el peligro era que el fuego se trasladara al vecindario. La lluvia casi diaria mojaría los papeles y la fogata se apagaría. Necesitaba paciencia. Otra cosa importante: ¿por dónde empezar? ¿Por el archivo? No, por las publicaciones, claro.

A eso de las nueve de la mañana ya estaba en marcha. No había viento. Puse la chapa sobre el césped. ¿Qué libro quemaría primero? ¿Debía hacerlo en orden? Daba lo mismo empezar por donde quisiera o por donde le resultara más cómodo. Pero por lo menos lo primero en arder debía marcar un punto, ser como un símbolo. No había ni qué pensarlo, sería mi primer libro. Entré a buscarlo. No podía prenderle fuego así como estaba porque no ardería. Arranqué algunas hojas e hice bolas de papel con ellas. Las puse sobre la chapa. Era poco volumen. Fui a buscar más. Cargué una brazada de libros. Los abrí, les arranqué las hojas. A ojo era posible ver que ya había suficiente papel para iniciar el principio del fin. Le acerqué el encendedor a una hoja y con esa encendí las otras. Ardieron enseguida. Desarmé una escoba y usé el mango para remover los papeles.

Así estuve toda la mañana, acarreando libros. Debió controlarse para dominar el impulso a tirar al fuego todo de una sola vez. El humo ensuciaba el aire y el hollín empezó a ennegrecer la pared. Al mediodía, como era de esperar, aunque no estaba anunciado, empezó a llover. Tuve que suspender. Tal vez de tarde pudiera seguir, pero no fue posible. La lluvia lenta continuó hasta la noche.

A la otra mañana el jardín estaba inundado. Sobre la chapa quedaban restos de hojas que no se quemaron y las cenizas negras del papel. No sabía cuántos libros llegué a quemar, pero ya se notaba el espacio vacío en los estantes de la biblioteca.

Fue más difícil de lo que pensaba. Entre la lluvia, el viento y las distracciones, me llevó más de un mes. Me distraje muchas veces mirando papeles viejos, manuscritos, cartas, fotos. Al final lo consiguí. Quemé el archivo, los libros, los cuadros, todos mis papeles, diplomas, afiches, fotos. En total ochenta y tres archivadores, más de mil quinientos libros, decenas de cuadros, cientos de fotos. La casa se veía vacía, un poco desolada, pero me se sentía libre.

Si quisiera podría empezar de nuevo. Cosa que no ocurriría porque ya no me quedaba tiempo, ni tenía ganas ni voluntad. Podría hacerlo desde la nada. Pero volvería a dejar rastros y sería cosa de nunca acabar.

Pese a que apenas quedaban muebles y algunas cosas en la cocina, la casa seguía dando la sensación de poblada. Eran los recuerdos. Los espacios vacíos me decían qué había en ese sitio, en esa pared, en los estantes. No lograba sentir que ya no dejaría rastros.

Pasaban los días y no conseguía superar la inquietud. Había sido un poco infantil prenderle fuego a todo pensando que así no quedarían rastros. Sabía que había rastros en otros sitios. Debería recoger y quemar todo lo que andaba por ahí, en bibliotecas públicas, en hemerotecas, en bibliotecas privadas. Sabía que quedaban fotos, grabaciones, traducciones. ¿Cómo acceder a todo eso y hacerlo desaparecer?

Revisando cajones encontré una libreta. Estaba escrita a mano. Me reí: hasta en mi casa, pese a la incineración, quedaban rastros de mí, cosas mías que nunca debí haber escrito. Salí al jardín para quemarla. No era fácil quemar una libreta pequeña. Tendría que hacer una fogata y ya no tenía papel en casa. Además, era de noche. Iba a llamar la atención de los vecinos. Pensé quemarla en la cocina. La casa se llenaría de humo y hollín. La dejé en el armario donde estaba.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba, busqué la libreta. Tapas negras, pequeña. ¿Cómo había llegado a mí? Busqué algún indicio. Nada, libreta huérfana, sin marcas. Hojeé el contenido. No recordaba haber escrito eso. Parecían apuntes, cosas inconexas. Eran rastros.

Carlos Liscano, escritor, poeta y dramaturgo, columnista de EL ECO.

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