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Un milagro

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La enfermera ante el milagro

Por Tania Mujica Romero*. “El silencio suena”, alguna vez escuchó esa frase de un alguien cualquiera, y jamás le había prestado demasiada atención, hoy, sin embargo,  en este lugar esas palabras cobraban más sentido que nunca.
Todo estaba tan calmado, se sentía tan aislado, tan frío, tan silente, tanto que hacia ruido, hasta el silencio retumba pensó.
¿Cuánto tiempo hace que estaba allí esperando? y es que realmente importaba eso? En realidad da lo mismo minutos que años cuando un segundo se siente infinito en la espera.
En ese lugar la palabra tiempo perdía todo sentido, la espera interminable, inclemente se lo quitaba por completo.

-A bañarse y a comer -Les había dicho esa misma mañana a sus hijas como lo hacía cada mañana antes de irse a trabajar, como lo hacía cada día, cuando la vida era sólo un día normal.

-Morocha no olvides la tarea y mete el cuaderno de catecismo que hoy les toca catequesis pa’ lo de la comunión. ¡Apúrense muchachas que vamos a llegá tarde a la escuela! ¡Dios mío hijas! que el autobús nos va a dejá!.
-Maryori, ¿todavía estás en la cama? ¡Párate!
-Hoy no tengo clase en la mañana mamá, ¡te lo dije ayer! ¡Déjame dormir!
-¡Ay si! se me habia olvidado, bueno pon la alarma, no te vayas a quedar dormida o vas a llegá tarde, ¡mira que yo te conozco muchachita!
-¡Siiiii maaa! -contestó Maryori, con la cabeza metida entre las sábanas
– Me voy pues, que Dios me la bendiga y me la libre de peligros malos.
Con esas palabras se había despedido; y pensar que sólo había sido esta mañana. ¿Qué iba a saber? De haberlo sabido otro gallo hubiera cantado, pero ¿cómo podía haberlo sabido, ni remotamente se le hubiera ocurrido, como no lo pensó?  se atormentaba a si misma preguntándoselo.

Candelaria es una morena robusta, de treinta y algo de edad, aunque aparenta un poco más, es trabajadora, alegre y carismática, siempre buscándole el lado positivo a todo, o por lo menos eso dicen de ella los que más la conocen.
Hacía ya años que el marido la había abandonado, dejándola por otra mujer cuando las niñas estaban bien pequeñas y “sin medio partío por la mitad” como decía ella misma, pero a pesar de eso ella con su esfuerzo había echado pa’lante con sus hijas y las veces que alguien por estas cosas de la conversación mencionaba al susodicho, ella divertida decía: “¡No, si yo hasta salí ganando, me quedaron mis muchachas, gracias a Dios! ¡La otra quedó peor, la que se lo llevó, pobrecita esa no tenía ni idea de lo que se llevaba, al diablo mismo fue lo que se llevó, Zape!” decía riendo.
‘Candela’, como la llamaban cariñosamente en el barrio, tenía tres hijas las gemelas, de solo 10 años, y Maryori, la mayor, de 15 añitos y quien propio de la edad parecía una flor en primavera, -tan bonita mi hijita, es mucho más bonita de lo que yo nunca fui a su edad, pensaba Candelaria, mientras se sentaba, se levantaba y caminaba de arriba a abajo casi compulsivamente en el desolado corredor de ese hospital.
Sus manos temblorosas intentaban abrir una revista que no miraba, mientras esperaba con el alma en vilo a que terminara bien la operación en donde su adorada hija se encontraba luchando contra la muerte.
-Le traje un cafecito comadre, para que no se le estrague el estómago, la sorprendió de pronto la voz serena de Carmen Teresa, su vecina y madrina de las morochas, que había llegado hacía poco más de una hora, apenas se enteró de la noticia.
-Ay muchas gracias por molestarse comadre, pero es que, con esta angustia, no me pasa nada de la garganta. ¡Y con esta espera tan larga y uno sin sabé cuánto más va a durá esta bendita operación!
-Ay bueno comadre, no nos queda más que esperá  y rezar pa’ que todo salga bien, replicó Carmen Teresa, pero no se desespere, tenga fe, Maryori es muy joven y una muchacha fuerte, rece, rece, pídale a Dios.
-Bueno comadre me tengo que ir, no se preocupe que yo le recojo las morochas de la escuela y las llevo pa’ mi casa, así que quédese tranquila aquí y recuerde tenga fe. Diciendo esto se marchó.
¿Rezar? pensaba Candela, Fe? ¿dónde estaba su fe? ¿la tenía? eso creyó siempre, cada vez que les echaba la bendición a sus hijas o cuando ocasionalmente iba a misa o a una procesión, cuando las bautizó e incluso ahora que las morochas se preparaban pa’ la comunión, normalmente cumplía, cumplía con Dios, o eso había creído durante todo este tiempo, ¿pero ahora mismo se debatía pensando si rezar ayudaría? ¿Si Dios estaba por allí? quería creer que sí, pero lo creía? ¿Podía engañar ella a Dios?
Es que Dios parecía haberse quedado tan callado, tan en silencio como el silencio abrumador e intimidante en ese pasillo de hospital, era igual, estaba tan silente que se sentía ausente o así lo sentía ella ahora mismo.
De pronto casi como una respuesta divina se sorprendió ante la imagen misma de San Judas Tadeo, su santo, ‘el de las causas imposibles’, precisamente en una página abierta de la misma revista que abrió y cerró mil veces sin percatarse, entonces Candelaria sintió miedo de sus dudas, ¿aunque al mismo tiempo sentía que se le helaba la sangre de rabia e impotencia sin poder entender por qué había pasado todo esto en primera instancia? por qué a su hija? ella era buena. ¿Dónde había estado Dios? ¿Si él lo puede todo por qué tan ausente? y de nuevo el silencio le retumbó, pero esta vez el silencio de Dios
¿Tal vez sería castigada, se sentía culpable de culpar a Dios, pero el dolor la ahogaba, aunque no había podido llorar, podría Dios oírla después de todo? aun y cuando desde lo más profundo de sí lo que sentía era verdadero odio, por primera vez en su vida lo sentía y deseaba el mismo infierno para ese miserable que había puesto a su hijita en esa cama.
Aquella mañana Maryori se había quedado en casa dormida, se levantó de prisa, se acicaló y salió corriendo para el liceo, como su madre había predicho, ¡iba a llegar tarde! Salió a todo correr. Fue todo muy rápido, cruzó la avenida, pero no alcanzo a ver a tiempo aquel auto que venía haciendo zigzags a toda velocidad, y que en un sin cerrar de ojos sacudió su frágil y delgado cuerpo con toda fuerza contra la calzada, mientras su mochila volaba al otro lado de la calle esparciendo libros, colores y monedas y hasta una medallita de la virgen de Coromoto que su madre le había regalado en los 15 años para que la cuidara y que hasta ese momento había tenido extraviada. El conductor, un borracho, se dio a la fuga.
Así una llamada a principios de la tarde, le había cambiado la vida, vida que habría dado sin reservas por la de su hijita, ahora injustamente en esa cama.
Es una operación difícil, pero si la resiste se salvará, había dicho el doctor, es joven, haremos todo lo que se pueda.
Los milagros ocurren le había dicho una de las enfermeras de turno, pídale a Dios, rece no se rinda.
¿Será que rezar servirá pa’ algo? Se preguntaba amargamente Candela, una y otra vez, especialmente cuando lo único que se siente en el alma es puritito temor y un dolor que de tanto doler quema hasta las entrañas.

Hasta el tiempo le parecía congelado como sus mismos huesos, entumecidos en el interminable caminar arriba y abajo de ese corredor de hospital.
Entonces Candela, casi sin más opción, hizo lo único que podía, rezó.  Rezó, rezó y rezó por un milagro desesperadamente rezó. Con fe rezo, con toda la fe que encontró. Como nunca antes rezó.
Finalmente, la puerta se abrió, la espera había terminado. El doctor salió, la miró a la cara…Lo siento…dijo. Entonces Candela rompió el silencio y lloró.
De repente, inesperadamente se asoma una enfermera urgida y grita: “¡Doctor, doctor, venga, venga pronto! es como un milagro!”

*Nació en Venezuela. Se graduó de Licenciada en Educación Integral en La Universidad Simón Rodríguez. Realizó estudios de postgrado en Psicología Educativa y en Andrología en las Universidades Simón Rodríguez y Santa María respectivamente. Posteriormente se mudó a Londres. Estudió en la universidad de Kingston. ‘El Milagro’ fue publicado en el libro ‘Visitantes I’, recopilación de cuentos de escritores del taller de narrativa en Londres bajo la coordinación del escritor Enrique D. Zattara
En ‘Visitantes’, los escritores son de habla hispana. Gentilmente comparten sus obras con los lectores de EL ECO

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