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Contando la cuarentena

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Por María Victoria Cristancho* Habían pasado ocho semanas, dos días, nueve horas, diez minutos y 15 segundos. El control del tiempo era el único modo de sobrellevar la carga. Su mente era un reloj preciso, casi milimétrico. Su respiración daba los compases: inspirar, espirar, así medía el tiempo desde que la vida se había detenido.

No era prisionero, no estaba cautivo. Pero había barreras invisibles que le impedían salir de esas cuatro paredes. No las veía, pero sabía eran más fuertes y sólidas que un muro de concreto gris.

Por momentos trataba de hacer un recuento mental de este periodo de encierro. Por las mañanas se hacía el propósito de ser estricto, ordenado. Salía de la cama dando saltitos, tratando de darse ánimo para empezar el día. Algunas veces, aunque no muy frecuentemente, se había sorprendido a sí mismo tarareando una vieja canción de moda de otras épocas. “Esos ojitos lindos que no me miran…”.

“Pero, qué más da ahora… ya nada más será igual”, se decía resignándose a su situación. De hecho, por momentos más que como una ‘cárcel’ veía ese aislamiento como un refugio del torbellino que se había armado el último día que estuvo en la Universidad de San Vicente de las Rocas, donde había enseñado durante un poco más de setecientos ochenta semanas.

A ese recinto académico (así lo repetía, con toda la pomposidad de la palabra) llegaba siempre puntual a las 7:45 de la mañana, quince minutos exactos antes de comenzar la clase. Era el tiempo justo para sentarse, ajustar sus apuntes de clase y conectar su inseparable laptop al proyector.

En los primeros años disfrutaba mucho de interactuar con los estudiantes, admiraba la capacidad juvenil de asombrarse con cualquier cosa. Pero las cosas fueron cambiando, y con el transcurso del tiempo ya esos rostros, que lo seguían mientras se movía de un lado al otro del recinto, dejaron de impresionarle. Se había vuelto arisco y hasta evitaba el contacto visual con sus estudiantes. Desarrolló varios calificativos poco halagadores para ellos: “babosos”, “pendejos de poca monta”, “retrasados”. Se entretenía mentalmente insultándolos.

Habían colmado su paciencia.

“Pero eso ha quedado en el pasado, nada volverá a ser igual ahora”, se repetía en voz alta, mientras daba el undécimo recorrido a los dos metros y medio del pasillo que iba de la cocina al comedor. Era una caminata de autómata, en ese encierro obligado que acogía ahora como un resguardo del hostil mundo externo de la calle, donde apenas se escuchaban sonidos de sirenas de ambulancias y muy ocasionalmente el cornetazo del camión de la basura o el repartidor de víveres. Al menos así lo veía cuando ya iba (calculó rápidamente) en el segundo treinta, del minuto veinte, de la hora nueve, del segundo día, de la octava semana. Su mundo, su nueva realidad.

“No me puedo quejar. He vivido el encierro sin penurias”, le había escrito un rato antes a su hermana Filomena, la única con quien mantenía un hilo comunicante. “Trabajo muchas horas, eso sí. La vida laboral y la vida doméstica, que antes tenían fronteras definidas, están ahora mezcladas de día y de noche”. Le estaba mintiendo, porque desde antes de que fuese obligatorio aislarse, Luis ya no tocaba sus libros y apuntes de clases. Pero no creía que decirle la verdad a su hermana mejorara para nada su situación.

Desde un principio se había tomado esto de la pandemia como algo incidental, algo que solo había visto o leído en libros y películas fantasiosas que alguna vez desdeñó por falsas y sobre elaboradas. Había desestimado hasta al vernáculo no-bel literario por ese cuento en el que todos sus personajes se habían ido contagiando de una peste del insomnio. “Ese devaneo narrativo tendría que haber ocurrido bajo las influencias de algo que se tomó o fumó el hombre”, se había apura-do a decir cuando leyó la historia en la que los personajes de un pueblo inventado habían dejado de dormir. Y qué decir de esas historias fantasiosas sobre pequeñines oscuros, de orejas puntuosas, rostros deformados, largas narices aguileñas y de un color ocre viejo y sin brillo, a quienes algunos atribuían poderes extraordinarios para hechizar a quien se atreviera a acercarse a sus fantásticas ollas gigantes repletas de monedas doradas. “Pura y burda alucinación”, calificaba a aquellas fábulas irlandesas de los elfos protectores de tesoros infinitos. Siempre había pensado que todos esos libros eran simples delirios de psiquis enfermas o tal vez del efecto de sicotrópicos fuertes.

Luis fundamentaba esas conclusiones en las sensaciones que había experimentado cuando Juancho, ‘el Pana’ de la Belisa, aquel ojeroso de grasienta cabellera de Merlusa, le había invitado a sentarse debajo de aquel centenario mango, el mismo árbol que había sido el centro de reuniones y cuitas pueblerinas pero que con el tiempo se había convertido en un rincón de basura y desechos que la gente evitaba. Eso había ocurrido hacía exactamente mil cuatrocientas cincuenta y tres semanas, cuatro días, siete horas, treinta minutos y doce segundos.

Aquella vez había seguido con concentración inquisidora cada movimiento de ‘el Pana’, mientras éste iba armando ese rollito de hojitas diminutas en un papelito casi transparente. Aún le retumbaba en el oído el sonido del fósforo frotando la superficie lateral de la cajita, y hasta conservaba viva la imagen de la pequeña llama con la que había encendido la punta del rollito de papel, que parecía haber adquirido vida propia. Tras unas cuantas aspiradas, tres o cuatro, el piso se había vuelto como una colchoneta esponjosa que le dificultaba mantener el equilibrio. El rostro de Juancho se desfiguraba, los ojos eran globos blanquecinos y la nariz era un ramal del mismo árbol que los acogía… Ese día, con Juancho, había perdido el control por un espacio impreciso de tiempo. Para combatir la ansiedad que le generaba esa ausencia de tiempo, había tomado la decisión de establecer que ese episodio había durado dos horas, diez minutos y doce segundos. A esa conclusión había llegado tomando en cuenta desde el momento en que se sentó junto a ‘el Pana’ hasta cuando doña Timo-tea, su abuela, la del faldón negro y blusa blanca de manga larga y de bombaches en los hombros. Esa mujer, que apenas le alcanzaba al dorso, lo había sacado de ese extraño éxtasis de un jalonazo de oreja, que quedó enrojecida por cinco horas, cuarenta y cinco minutos y diez segundos.

La experiencia le había desagradado, y desde entonces desdeñaba todo aquello que se evadiera de esa realidad palpable y contable, que podía ser medida y clasificada. Por eso, en su carrera profesional siempre había preferido esa literatura que algunos llamaban ‘costumbrista’, donde los personajes vivían situaciones que cualquiera pudiera sentir como propia. Incluso alguna vez se había imbuido en las aventuras del Macías del injustamente desconocido Larra, con sus modos medievales y ese romanticismo de los años cortesanos.

Aunque por culpa de ese romanticismo en su forma de sentir había tenido que sufrir en carne propia los desamores de Leticia, la de bucles dorados y contoneo de caderas sutiles. A aquella mu-chacha, recordó, le había dedicado dos años, seis meses, tres días, nueve horas, veinticinco minutos y doce segundos de pensamientos, antes de decidir que debía sacarla de su vida o simplemente suicidarse. Y había optado por barrerla, sacudir-la y echarla al basurero de su mente, antes de que le costara la vida.

El recuerdo le hizo ratificar que siempre le había resultado más fácil sobrellevar la vida, los sucesos y hasta las personas, encasillándolas en ese calendario imaginario con el que había vivido desde siempre. Pero del que solo en este encierro tomaba plena conciencia, porque se había convertido en su método salvador e infalible para mantener el equilibrio.

Se había negado a conciencia a sumarse a la horda de gente que se estaba volcando a las llamadas ‘redes’ para mantener el contacto con los demás humanos, también encerrados y aislados a la fuerza. De todos modos, desde el episodio en la Universidad ya no había mucha gente que quisiera comunicarse con él.

Aquello había ocurrido diez días y once horas antes de encerrarse en esas cuatro paredes, un lunes sin sobresaltos, un día en que no llovía, no hacía frío ni calor. Había asistido puntual como siempre a dar su clase de Sociopatología. Estaba aburrido de hablar de síntomas, de condiciones y comportamientos a ese despreciable bulto de cabezas vacías, como últimamente sentía a sus alumnos. Tenía la tolerancia en baja dosis, más baja de lo que él mismo sospechaba. Habían pasado diez largos minutos exactos y nadie parecía prestarle atención, la indignación le iba subiendo como un hormigueo desde la planta de los pies. Hasta que le llegó a la cara y sintió imperiosa, compulsivamente que necesitaba decir basta. Entonces lanzó al piso su laptop con toda la fuerza que pudo, se desabrochó el pantalón, se lo bajó hasta las rodillas, y dándose la vuelta se puso de espaldas mostrando el culo a sus estudiantes. La gritería hizo retumbar los cimientos del edificio; y veinte minutos treinta segundos después ya estaba siendo sido escoltado por la fuerza a las afueras de la institución y declarado ‘persona non grata’.

Por eso, en el fondo había recibido con alivio, y hasta con alegría la declaración de cuarentena. Al menos por un tiempo (ya iban ocho semanas, dos días, nueve horas, diez minutos y 15 segundos) no tendría que ver a nadie.
Y mucho menos dar explicaciones.

*Cuento publicado por la autora en el libro “Visitantes confinados”. Taller El ojo de la cultura hispanoamericana, dirigido por el escritor Entrique Záttara, actualmente online desde Londres.

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