COLUMNISTAS
2020, ‘a redoblar muchachos la esperanza’

Que una cumbre no esté a la altura parece una ironía. Y que la esperanza sea más grande cuando la realidad menos la alimenta también. Pero así de irónica es la realidad.
El domingo 15 de diciembre terminó en Madrid una nueva cumbre sobre el clima. Fue la más larga de la historia. Catorce días de negociaciones y poca negociación. Es urgente bajar las emisiones de gases que producen el efecto invernadero, de una urgencia en la que nos va la vida. Los resultados, de menguados para abajo.
De los doscientos países participantes sólo ochenta se comprometieron a elaborar planes más eficientes para 2020. Dentro de los que no se comprometieron están Estados Unidos, Rusia, India y China que suman el cincuenta y cinco por ciento de las emisiones mundiales de efecto invernadero. Son quienes más responsabilidad tienen pero de últimas los que menos responsabilidad tienen. Es otra de las ironías de la realidad.
Por la cumbre pasaron representantes de movimientos juveniles, con la activista Greta Thunberg a la cabeza y dejaron sus reproches, casi siempre mal recibidos, a los mandatarios porque sus esfuerzos no están a la altura de lo que la realidad exige. Desacreditar a la vocera sueca por las fuentes que la financian o aún poner en duda su salud mental es el antiquísimo recurso de matar al mensajero cuando la noticia no agrada o de desoír al profeta que dice lo que no endulza los oídos. El mismo que hace preguntar a los contemporáneos de Jesús “¿de dónde saca éste esa sabiduría y estos milagros”, si al fin y al cabo es el hijo de José el carpintero y de María, y encima sus hermanos viven todos por aquí por Narazet y sus hermanas también. Cuando el mensaje no quiere oírse toda excusa es válida.
El pastor Henrik Grape, moderador del grupo de trabajo sobre cambio climático del Consejo Mundial de Iglesias entregó al secretario de las Naciones Unidas un documento en el que afirma el compromiso de las comunidades de fe en ofrecer una voz positiva y estimulante de esperanza que contraste con el miedo que lleva a la inacción y la indiferencia frente a una batalla que sin esperanza se da perdida.
La esperanza no es optimismo barato, es compromiso que cuesta y retribuye. Por eso cuánto más dura sea la realidad, más se debe redoblar la esperanza sólo fundada en el propósito de Dios que nos ha dado vida en medio de su creación y que en su fidelidad nos ha prometido estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Si ése es el norte, nuestro lugar en el mundo, el camino de las negociaciones intermedias y de las prioridades de vida no se desdibuja.
Oscar Geymonat, pastor de la Iglesia Valdense
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