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Entrevista a fondo a Natalia Fernández Coscia: Una vida sin miedo a volver a empezar

Desde la infancia cosechó premios en literatura, dibujo, modelaje. La escritora palmirense Natalia Fernández Coscia fue mamá a los 17 años, terminó sus estudios de magisterio. Tenía su vida organizada en familia, pero en el 2020 no dudó en volver a empezar, impulsada por esa inquietud de aprender que la caracteriza. Partió con su esposo y uno de sus hijos a Estados Unidos para perfeccionarse más en su ser educadora ¿Camino fácil? Veremos a lo largo de la entrevista que le realizó EL ECO.

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Natalia Fernández

Mientras ella estudiaba en la universidad de Northern Illinois University, (2021-2022) su esposo trabajaba en áreas fuera de su profesión (profesor de Educación Física), y la hija de ambos ingresó a 2º año en un colegio de ocho horas donde se enseñaba y hablaba exclusivamente en inglés, más deportes donde cosechó muchos compañeros, y terminó graduándose con “muy altos honores”; el diploma está firmado por el presidente Joe Biden reconociendo su trabajo en el colegio. “Ella fue con las herramientas que le había dado la educación acá en Uruguay”, dijo su mamá.

-¿Qué proyectos tienes encaminados en literatura?
En este momento tengo una novela negra terminada, se llama “Mar dulce”, después veremos en qué deviene ese nombre, está en una editorial, pero no se ha concretado. No tengo apuro, y siempre estoy agradecida a las editoriales uruguayas, entiendo su trabajo y sacrificios en este momento super complejo.

-¿Es el tercer libro?
Sí, pero tengo colaboraciones en otros libros y revistas, como cuentos de fútbol en la revista “Túnel”. La primera novela que publiqué sola es “El Refugiado”, la segunda “Historia de un Youtuber”, y ahora sería esta novela negra (policial) que, si Dios quiere, se concretará.

-Tienes 38 años, ¿cuándo comenzaste con lo literario?
-Con los concursos que hace la intendencia en las escuelas. Participé cuando tenía 10 años, y gané. Escribí sobre un anciano que estaba en la Plaza Artigas, me inspiró una historia, viendo lo que le pasa a los demás marca mi literatura.

-Tuviste otro premio que te llevó a viajar
Sí, cuando tenía 8 años. Había un concurso de dibujo por los 500 años de la Colonización, mi maestra en ese momento de la Escuela 8, Alicia Delgue, me dijo que hiciera un dibujo, también me ayudó Ana Fassi que era muy amiga de la familia. Dibujé una ronda de niños en la Plaza Artigas, intercalados uruguayos y españoles. Increíblemente ganó el primer premio y nos fuimos con papá a Sevilla (España). Fue un viaje maravilloso. Lo que más me acuerdo es que los españoles esperaban una niña indígena, y yo llegué con un vestido blanco y un moño en la cabeza. Me miraban, no sé qué esperaban, ¿qué me subiera a los árboles? Ahí fue cuando me dí cuenta cuántas opciones hay en la vida, cuántas cosas que a veces uno no se anima a hacer por una limitación que uno mismo se impone. Creo que ese viaje fue lo primero que marcó mi forma de pensar.

-¿De lanzarte al mundo?
-Que no hay límites más que los que uno se pone. Las cosas no son tan complejas, tan difíciles. Me parece que se dice en el día a día: “esto no puedo”, “esto no es para mí”, “esto ya está arreglado”. Esas son frases que se suelen escuchar. Me presenté y gané. Para mí lo esencial es seguir la intuición, si la intuición te dice es por acá, dale para adelante, yo sigo mucho mi intuición.
No puedo dejar de reconocer el apoyo de mis padres, mi familia, siempre me acompañan, porque me podrían haber dicho muchas veces no, en cambio siempre me apoyaron y apoyan.

-Tu vida ha estado cargada de decisiones fuertes: ser mamá en la adolescencia, seguir estudiando, radicarte con la familia en Estados Unidos, ¿cómo transitaste esas etapas?
-A los 17 años, cuando estaba en 5to de liceo, quedé embarazada y nunca me cuestioné tener a mi hijo o no. Fue una alegría muy grande tener a Francisco. Me sentía muy madura. Ni bien nos enteramos con Ezequiel (esposo) nos juntamos y nos mudamos a la casa frente a la Plaza Artigas. Aprendí mucho ahí. Recuerdo que había salido reina del departamento de Colonia, y mi vida iba para el lado del modelaje. Aprendí mucho siendo reina, representé a Uruguay en turismo en Buenos Aires. Fue en el 2000 y en ese mismo año quedé embarazada. Todo sirve para crecer, para darse cuenta que el camino no es por acá sino por el otro lado, eso me parece muy valioso en la vida.
Entregué la corona embarazada de Francisco. Pensé que cuando naciera él me iba a quedar un año para criarlo, dejar los estudios. Y aparecieron, como siempre, las sabias palabras de mi madre: “ni se te ocurra, al liceo lo tenés que terminar sí o sí”. Nació Francisco en agosto y en diciembre ya había salvado todos los exámenes. Opté por la carrera de magisterio. La carrera docente es maravillosa. Es tan amplio lo que uno aprende, comenzás la juventud con todos esos niños de realidades diferentes, eso te abre la cabeza también. Ahí tenía una materia que se llamaba investigación educativa, me di cuenta que era lo mío. La docencia me encanta, pero la investigación me apasiona.
A los 19 años trabajaba en la Alianza, hacía la carrera de magisterio, y tenía a Francisco chiquito, y en ese entonces comencé con crisis de pánico. Primero sentí un dolor en el pecho, no sabía lo que era. Una compañera me acompañó al médico, y él me dijo: “muchacha vos tenés una crisis de pánico”. En ese momento pensé que se me había bloqueado el mundo, yo que siempre sentía que tenía claro para dónde seguir, lo del pánico fue un freno impresionante; y marcó un antes y un después en mi vida porque tuve que aprender a frenar, a conocerme y a escuchar mi cuerpo. Tenía muchas cosas sin procesar, iba como un bólido y no le daba tiempo a que todo decantara. Hoy agradezco que me haya pasado eso. Pasé muy mal, pero aprendí a vivir de otra manera. Todo esto que digo en palabras lleva tiempo. Siempre estuvo a mi lado, y tuve todo el apoyo, de Ezequiel, y de mis padres que son un sol.

-¿A qué edad fuiste mamá nuevamente?
-Cuando tenía 23 nació Josefina.

-¿En qué escuelas trabajaste?
-Al año que me recibí trabajé en la Escuela 7, quedé efectiva, después unos años fui a la 6 de Carmelo porque había práctica y me gustaba mucho trabajar con estudiantes de magisterio, y regresé a trabajar en Palmira porque los chiquilines nuestros eran chicos y necesitaban más mi presencia en casa. Trabajé en la UTU primero como educadora de FPB, fue trascendental en lo personal y laboral. Yo era la que trataba que ellos no desertaran, los iba a buscar a la casa, conversaba con la familia. Puedo decir clarísimo el día que me cambió la cabeza para siempre, fui a visitar a una familia y la única que se sentó fui yo, porque había una sola silla en la casa, era blanca, de PVC, la familia me atendió de pie. Ese día me dije no quiero vivir más en una burbuja, quiero saber lo que le pasa a la gente, y empecé a encaminarme más en la investigación, y desde ahí es también desde donde escribo.

-¿Tenías todo encaminado cuando surgió un nuevo destino, viajar a Estados Unidos?
-Sí. Era maestra en la escuela 7 y llegó un mentor de Ceibal, estuvimos hablando, y me dijo “vos sos ideal para una beca Fulbright” (para estudios de postgrado en el exterior). En ese entonces yo tenía 30 años, y nunca había escuchado sobre esa beca. Me quedó la espina desde entonces y cuando tenía 34 le dije a Ezequiel me presento ahora o perdemos la posibilidad porque es para estudiantes de hasta 36 años. Me alentó a que me presentara, yo sabía que si lo hacía quedaba seleccionada, era la intuición que tenía. Lo conversamos los cuatro, mis hijos aceptaron irse. Fue un proceso largo. Te dan la beca para que vivas dos años en Estados Unidos. Yo tenía clarísimo lo que quería, porque hasta que no se evalúen los programas educativos no va a haber avances en la educación en Uruguay.
Yo estaba re tranquila en Palmira, con mi familia. Ezequiel estaba trabajando, habíamos sacado un crédito hipotecario para pagar la casa, y los chiquilines estaban estudiando, mi vida estaba armada, pero como soy yo, y me va a seguir pasando hasta el día que me muera, dije: nos vamos. Como siempre, bendecida, tuve el apoyo de Ezequiel. Con el tiempo pasaron cosas: Francisco decidió irse a estudiar a Montevideo. Josefina sí aceptó viajar. Con Ezequiel hacía 20 años que estábamos juntos y nos casamos por la visa.
Teníamos las licencias prontas para irnos y tuvimos que echar todo para atrás por la pandemia. Fue muy complicado. Estudié el primer año, 2020, en forma online. En el 2021 nos fuimos y vinimos en mayo 2022.
Fueron horas y horas de charla con Francisco porque se quería quedar. También era una gran responsabilidad para mis padres porque él se quedaba con ellos. Hasta que me dije a los 17, lo criaba a él, limpiaba, cocinaba, y trabajaba como maestra; él tiene el mismo derecho, era injusto decirle que no. Lo ayudamos a instalarse en marzo en Montevideo y en mayo nos fuimos.
Nosotros fuimos a una ciudad universitaria que se llama Dekalb, es un lugar muy tranquilo, que está a una hora de Chicago. Tiene 50 mil habitantes y en período de clases hay mucho movimiento, la universidad se llena, todo se mueve en función de la universidad, y después en verano quedábamos pocos porque los estudiantes se van a su casa. Vivimos todo eso que se ve en las películas.

Ezequiel, Natalia y Josefina en Estados Unidos

-¿Cómo fue afincarse en Estados Unidos?
-La beca era sólo para mí. Entonces vendimos todo lo que no nos era realmente necesario. Fue impresionante cómo la gente nos ayudó comprando, y regalándonos dinero. Estamos muy agradecidos a la familia, los amigos y hasta personas que no eran cercanas que también nos ayudaron.
Cuando llegamos allá sólo teníamos el apartamento, sin muebles. Había una uruguaya, Sheila Collie, que vivía en un pueblo cercano al nuestro que hace muchos años que está allá, también se fue con una beca Fulbright, y nos dio una mano tremenda.
Íbamos a estar solo un año y no íbamos a comprar muebles, al desapego lo teníamos clarísimo. Empezamos a recorrer los basureros de la zona porque los estudiantes que se mudan dejan sus pertenencias, cosas impecables. Ahí juntamos camas, mesas de luz, lámparas, televisor, microondas, mesitas, todo. Sheila nos regaló un sillón, y una mesa redonda con tres sillas. Teníamos tres vasos, tres cuchillos, tres tenedores, todo así. Era comiquísimo porque al principio no teníamos vehículo y acarreábamos a mano cosas que nos servían, descansábamos a la sombra y seguíamos, parecíamos hormigas.

-¿Sentían colmadas las expectativas?
Sí. Fuimos a lo que nos tocara. Al final íbamos a decir si la experiencia había sido maravillosa u horrible. Y el balance es absolutamente positivo, imposible no cosechar experiencias. Todavía me queda defender la tesis y sigo trabajando con mis profesores para publicar las investigaciones que hicimos juntos.

-¿Agarrarías de nuevo las valijas?
Sin duda. Nunca en forma permanente en otro lugar. No me iría nunca de acá. Creo que irse por un tiempo es lo que tendría que hacer todo el que pueda, salir de la zona de confort, arrancar de cero en otro lado, no siendo nadie, donde no importe el apellido; ahí uno se encuentra con uno mismo. Ver cuáles son las fortalezas que uno tiene para salir adelante. Estar en otro lugar te ayuda a frenar, porque acá en Palmira yo era la maestra, la adscripta, la hija de…, la sobrina de…, la escritora, y cuando te vas arrancás de cero. Ahora en esa universidad ya tengo un nombre, ya me conocen. Ese empezar con nada, te enseña a ser auténtico.

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