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La última de los Ramallo

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Me llamo Rosi. En realidad, mi nombre es Rosmira, pero como no me gustaba lo cambié. Estoy entre palomas, y viejos que en los bordes de los canteros, o en los bancos cuando están libres, apoyan sus traseros para tomar aliento al salir de sus casas a hacer mandados o cobrar la pensión.

La finadita Abu cada vez que cobraba “la mísera pensión” -como decía ella- nos traía unos caramelos rojos con forma de pescaditos y recubiertos de azúcar. Cuando murió la tuvieron que sacar por la ventana, sin el ataúd, porque nuestra casa era chica y de pasillos angostos. Con mis primos nos tapábamos la boca para que no se nos escapara la risa a pesar de la congoja; es que Abu fue porfiada hasta después de muerta.

No comprendo a don Felipe, todos los meses cuando sale de cobrar la jubilación va derechito a depositar la plata en el banco. Dice que ahorra para cuando sea viejo, esté enfermo y necesite remedios. De caramelos para sus nietos ni mú, y su vivir es una yapa que le da Dios. Nunca me agradó. Cuando joven era uno de los más pintones del pueblo, y como si fuera poco su familia tenía plata, que él supo hacer crecer a fuerza de astucia, poca amistad y mucha avaricia.

Rosi pasa horas en la plaza, pero su día predilecto es el de pago de las pasividades, porque una estela de gente de su edad pasa ante sus ojos, y es como si viera la película de su vida, de la vida. Cuando joven era muy lectora, y se ganaba la vida vendiendo quiniela en Palo Seco, el pueblo donde nació, creció y ahora hace esperar a la muerte. Esta vieja no cambia más. Todavía habla de la patria socialista y del hombre nuevo. Se resiste a aceptar que está inmersa en un país capitalista, donde las únicas que viven en igualdad de condiciones son las palomas durante el día en la plaza, y los murciélagos por las noches que se apoderan de los gigantes plátanos, generando un chillido ensordecedor, más temido que el silbido del viento huracanado que se cuela por hendijas de las ventanas, como presagiando una desgracia.

A pesar de su piel papel crepé, de su cabello ralo, blanco, y de su delgadez, Rosi cree que en ella no pasaron los años, por eso con la libertad de una adolescente habla de los “viejos”, y con una sonrisa desdentada contempla en qué se han convertido aquellos jóvenes que conoció a otrora.

Siempre fue muy observadora, y todavía lo es. Rosi no se casó. Tenía el vestido de novia y la mantilla que cubriría su cabeza cuando fuera al altar del brazo de su tío. Pero dos días antes de la boda, su novio salió a pescar en el bote a remo, como lo hacía siempre. No volvió. Unos decían que había muerto ahogado y otros que había huido de Rosi, porque así como desapareció él, también su embarcación y las redes. Desde el momento en que Prefectura abandonó la búsqueda, tres días después del hecho, ella no habló más del asunto. Por más que alguien le insistiera sobre el tema se quedaba en silencio, clavándole los ojos, hasta hacer sentir incómoda a la otra persona.

Las palomas no respetan nada, cagan la vereda, los bancos, los canteros, y a veces también a mí. En la plaza estoy en el banco de siempre y en el mismo lugar, tanto que donde me siento ya no queda la pintura blanca que tiene el resto de la madera. Bueno, lo cierto es que cruzo la calle y me instalo aquí. Vivo enfrente, pero yo no le digo a nadie que estoy ahí. Cuando muera desaparecerá conmigo el apellido. Si alguien no me identifica, no falta quien diga: “esta es la que queda de los Ramallo”. Eso me revienta, trago saliva para no putear, y hago como que no escucho.

Mi padre murió de cáncer y mi madre de un infarto. Para ese entonces yo tendría más de 20 años, ahí comencé a rebuscármela vendiendo timba. A veces hacía unas monedas y otros días ni una; me defendía igual: la gallina ponía un huevo o el carnicero me regalaba unos huesos. Pan, fui de poco comer, porque el panadero me daba las galletas que se ponían verdes de moho. ¡No podía ni verlas! ¡Las veces que le desee la muerte a ese crápula!

Si tengo que hacer un balance de mi vida digo que fui y soy feliz. No me duele nada y veo bien. Mi compañera de pieza pasa pechándose todo porque tiene cataratas; le prometieron operarla, pero ese cuento ya es viejo. Ella me dice “botón flojo” porque me meneo un poco al caminar. Yo la llamo “Tilde” porque es finita y está un poco inclinada hacia la derecha desde el día en sufrió una hemiplejia y le quedó l mitad del cuerpo tieso.

Ya debe ser tarde. En cualquier momento viene una de las cuidadoras a buscarme. Siempre me dicen lo mismo con voz melosa, falluta, como si yo fuera boba: “Vamos, abuela, que es la hora de volver al Residencial”. Me da tanta rabia, que hago fuerza para orinarme encima mientras cruzo la calle, así les doy más trabajo porque me tienen que bañar y cambiar antes de cenar. Espero que no me pase lo de ayer, vino un mocoso y me preguntó: ¿Usted es la bruja de Halloween?

Nancy Banchero

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