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No hay que olvidar: “el contacto con la naturaleza trae paz y salud”

El médico y profesor universitario nacido en Juan Lacaze reflexiona sobre la velocidad y las enfermedades que provocan las ciudades, y lo contrapone con el bienestar y ejercicio terapéutico que puede representar la vida en un bosque como el de Santa Ana y El Ensueño.
Por Agustín Colombo*

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El reconocido arquitecto y urbanista Rodolfo Livingston siempre recuerda que hay dos frases que describen a las ciudades. Una es la publicidad de “Escapadas” de las agencias de turismo. Si uno tiene que escaparse es porque algo está fallando, dice Livingston. La otra es esa comparación trillada entre la ciudad y “una jungla de cemento”. Livingston la rebate por completo: “En verdad no es una jungla, sino un zoológico. Las enfermedades de los animales en los zoológicos se parecen a las de los humanos en las ciudades. Cardiopatías, inmovilidad, stress. La ciudad inmoviliza a la gente”, razona el arquitecto argentino. De este lado del río, con una vida académica que los emparenta, el médico Lucas Viñoli Knuser aporta una mirada en esa misma línea: “La felicidad del ser humano se refleja cuando está en la naturaleza”, dice Lucas.

 

Los orígenes

Nacido y criado en Juan Lacaze, egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad de la República y formado en la Escuela Latinoamericana de Medicina de Cuba, Lucas se especializó en radio-oncología y trabaja en el CCOU de Juan Lacaze y en ASSE de Nueva Helvecia, además de ser docente de la Cátedra de Radio-Oncología del Hospital de Clínicas de Montevideo. Sin embargo, Lucas no eligió una ciudad para vivir, sino un bosque: el de Santa Ana, donde participa de la Asociación Civil Amigos del Bosque, un bosque del que se enamoró como ahora también está enamorado de El Chaltén, un pueblito perdido entre las montañas de la Patagonia. “Es un lugar sin tocar. Bosques conservados. Los árboles que están caídos, permanecen allí”, cuenta. Y enseguida lo relaciona con su especialidad, la medicina. “La salud ahora se entiende como un concepto integral. Es psicosocial. No solo la salud biológica sino la psicológica y la relación del ser humano con el medio”, remarca.

 

—¿Por qué es importante para la salud de las personas vivir en contacto con un bosque?
—Más que importante, debería ser esencial. En el libro “El Mono Desnudo”, el zoólogo Desmond Morris cuenta que hay 193 especies vivientes de simios y monos: 192 están cubiertos de pelo, la excepción es un mono desnudo que se ha puesto a sí mismo el nombre de Homo Sapiens. A esto me refiero con la esencia: ancestralmente hemos vivido en la naturaleza, venimos de una vida de bosques, ríos y montañas. Vivir en ámbitos de naturaleza modificada o, en el peor de los casos, sin naturaleza hace que el ser humano inconscientemente se sienta extraño. Es terrible cuando nos damos cuenta de que no somos “bichos de ciudad”. Alejarse de nuestra esencia, de nuestros instintos, quizás sea motivo de infelicidad y no lo sepamos. El bosque, en su mejor estado, es un lugar preservado. No existe la alteración en el crecimiento de sus frondosas ramas, donde vienen a posar y cantar animales silvestres, especies nativas. Estar en contacto con la naturaleza y su dinámica nos dará respuesta a muchas de nuestras cuestiones que traerán paz y salud.

—Frente a la vida en pueblos y ciudades, ¿qué aportaría a la salud mental de las personas estar en contacto con la naturaleza?
—En las urbes la salud mental se ve afectada con mayor frecuencia por los flagelos de la vida cotidiana, las enfermedades de la propia ciudad. El ruido –no el sonido– deteriora de a poco a la persona. Es común no escuchar pájaros y suplantarlos con las bocinas de los vehículos. Altera y activa con exceso los estímulos nerviosos. Lo mismo pasa con la luminosidad, en las ciudades hay un exceso de luz blanca, la que tiene el propio celular. Además de estimularnos en exceso, nos provoca alteración del sueño. Nada es tan bello como estar a la luz de la luna. Los olores de la ciudad no son tan agradables como cuando florece un espinillo en primavera. Comparemos la combustión de los autos, la fetidez de las cloacas y la basura al olor de las hierbas frescas por la mañana en un bosque. Seguro que sea motivo de una sonrisa. La cúpula de polvo urbana, el smog, hace que aumenten en el aire el monóxido de carbono, los hidrocarburos, alquitranes, óxidos de nitrógeno. El saber que vivimos así, y saber que el nivel de oxígeno es menor en estos lugares nos da tristeza. ¿Quién no ha pensado que el humo que le tira un ómnibus en la cara le generará alguna enfermedad? La temperatura es mayor en las ciudades por el efecto invernadero, los edificios tienen efecto deflector y además impiden el paso del viento. Además de la colonización de gérmenes que esto genera, no es lo mismo la humedad y el oxígeno que contiene un frondoso bosque, con temperatura agradable, en comparación a la situación nombrada. En Beijing las personas se cubren las vías respiratorias para evitar supuestas enfermedades que podrían padecer. De a poco la ciudad nos va atrapando y enfermando, no es raro hablar del stress, de la neurastenia que se sufre. Los insultos frecuentes, los nudos ajustados de las corbatas, las demoras, la vida rápida. La percepción del tiempo cambia, es estresante de verdad. Creo que la solución está en crear una ciudad sustentable. Bajar el nivel de consumo y plantando, no talando. Usar medios de transporte que no generen contaminación de ningún tipo. Así se reducirían los trastornos físicos y psicológicos provocados por la vida de ciudad. Hay que estar cerca de la naturaleza más a menudo para sentirnos mejor. Eso sí, con respeto, sin dañarla.

—¿Existen políticas públicas que vinculen la salud con la vida natural?
—En Uruguay no hay pautadas acciones que vinculen a la naturaleza con la salud de los pacientes. Sí existen hospitales rodeados de árboles, que no son la mayoría, donde vemos a los pacientes y familiares sentarse en los asientos debajo de ellos. Me llama la atención la Colonia Etchepare: atiende pacientes con patologías psiquiátricas, lo rodea un amplio bosque pero realmente desconozco si lo utilizan con fines terapéuticos. En otros países como Noruega se construyen hospitales dentro de bosques nativos. Le da un giro a los conceptos arquitectónicos clásicos de los hospitales con sus salas frías y pasillos sin fin. A estos retiros se los llaman “Friluftssyykehuset”: se enfocan en el bienestar emocional, además de resolver temas propiamente físicos. En 2014, para un estudio psicológico evaluaron a 1991 participantes del programa “Caminando por la salud”. Encontraron niveles más bajos de depresión en estas personas. Caminar los ayudaba a mitigar los efectos negativos de los eventos estresantes de la vida y el estrés general. Recomendaban caminar tres veces a la semana por la naturaleza.

—¿Es peligroso para la salud de las personas alimentarse con plantas y hongos silvestres?
—Es bueno citar dos consejos de buscadores de hongos: “Si no lo conoces, tíralo” y “Marrón y pequeño déjalo allí”. Con esto quiero decir que existe mucha información al respecto, hay literatura fiable, recomiendo el libro “Hongos” del investigador Alejandro Sequeira. Existe un riesgo considerable al consumir lo silvestre si no estamos adecuadamente informados. Ante la duda no llevarlo a la boca, o mejor dejarlo en su lugar para que siga su ciclo vital. Es importante saber también que en Uruguay existe un número de guardia las 24 horas, sólo en caso de intoxicación. El CIAT pertenece a la Cátedra de Toxicología del Hospital de Clínicas (UDELAR). Para llamar desde el interior es (2) 1722. Las intoxicaciones pueden causar diferentes síndromes, desde una simple diarrea, un trastorno, a la falla multi-orgánica acompañada de la muerte. Y la gravedad del cuadro dependerá de la dosis ingerida y el tiempo de demora a la consulta con el cuerpo médico.

Como en todos los veranos, se hace hincapié en tomar recaudos para evitar mordeduras de serpientes y picaduras de insectos. ¿Qué podría decir sobre este tema?
—Que para resolver el problema siempre hay que estar informado sobre el lugar en que se vive o en que se encuentra. Qué víboras hay, qué tipo de arañas. Estuve en Rocha y en esa zona, por ejemplo, hay alacranes peligrosos. Además de víboras cascabel, que pueden matar en tres horas. En Colonia hay cruceras y yaras. Las mordeduras pueden ser mortales si transcurren seis horas. Pero eso no tendría por qué pasar. En 30 minutos se puede llegar al médico y ahí todo se resuelve. Si te muerde una víbora, lo ideal es quedarse quieto y que alguien te lleve al médico. Ahí te inyectan el suero antiofídico y te realizan la curación pertinente. Tienen que pasar seis horas para morirte, algo que por lo general no ocurre.

—¿Por qué elegió vivir en Santa Ana?
—Porque es un área protegida. Y así también me siento protegido. A pesar de que la Intendencia no se ponga firme con la reglamentación de cuidar la naturaleza de manera apropiada. Es un lugar natural donde se ven flora y fauna nativa. No existe el consumo a gran escala. Hay personas que escaparon de las ciudades. Hay retirados. Y hay filosofía. Es un lugar donde se puede vivir en comunidad. Se anda mucho a pie. A buscar víveres a sólo dos mercados. Se hace huerta. Hay sombra. Hay aromas a las flores y se escuchan los cantos de los pájaros. Uno se vuelve un estudioso de la naturaleza sólo con observar. Te lleva a leer y aprender de la vida. Como escribió Thoreau: “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella me podía enseñar, no sea que cuando estuviera por morir descubriera que no había vivido”. Soy de Juan Lacaze, ese es mi pueblo natal y donde además tengo mi rancho de pescadores. Desde el punto de vista natural es hermoso. La playa del Charrúa es mi escuela. Pero no hay leyes de protección a la naturaleza.
Los empleados de la Intendencia hacen leña con los árboles, muchos de estos mueren por mala práctica de la poda. El ejemplo que impactó al pueblo fue el icónico y añoso eucalipto de la fábrica textil. Un día cualquiera vienen empleados y lo debilitan. Le sacan metros de leña. Porque quizás algún día alguna rama caería. No sólo quedó horrible a la vista sino que también debilitaron al árbol. Tenía una frondosidad majestuosa. Teníamos una sombra poderosa debajo suyo mientras esperábamos el ómnibus. No recuerdo que alguna vez se haya caído alguna rama. Sin embargo este mes después de grandes vientos del sur se cayeron ramas. Nadie le pidió perdón al árbol. Necesitamos formar a las personas para que trabajen de manera digna frente a la naturaleza. Las ciudades como Juan Lacaze o Colonia tienen cientos de árboles maltratados. Deberíamos tener hermosos túneles frondosos en las calles. Sin embargo no entiendo la belleza que se le encuentra a un tronco pelado y casi muerto. Debemos tener conciencia. Debemos mejorar el tema del medioambiente. Debemos aprender.

—¿En qué siente que mejoró su salud desde que vive en Santa Ana?
—En el sentido del tiempo. Despertarse en un lugar donde la vida es lenta. No suenan las alarmas. Tenés menos preocupaciones, menos información agresiva, pasan menos cosas, la vida se disfruta más. Dormirse con el sonido de un pájaro que trabaja de noche. Todo eso baja el stress y hace que uno tenga una mejor calidad de vida y, en consecuencia, mejor salud.

* Periodista argentino de la Revista Cítrica y del diario Perfil.

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