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Se murió Miguel Silva pero Pichón vive en las orillas del Río Uruguay

Hay veces que la muerte llega temprano, inoportuna, nos arrasa y nos lleva lo que más queremos sin siquiera alertarnos; pero en otras situaciones la muerte llega tarde, muy tarde, como si quisiera hacerse esperar para demostrarnos lo equivocados que estamos al creernos poderosos. Es ella quien decide cuándo.
Por Daniel Roselli.

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Pichón Silva, en una tarde interminable de verano

 

Y esta voluble muerte hizo de las suyas con Pichón Silva, un personaje que vivió más de cuatro décadas a orillas del Río Uruguay, al lado de la Estancia Ordoñona donde Juan Manuel de Blanes inmortalizó la pintura del desembarco de los 33 Orientales.
Con Pichón llegó tarde, muy tarde. La parca demoró demasiado y lo hizo sufrir aunque quizás no se diera cuenta. Porque él tendría que haber caído en su casa de Casas Blancas, rodeado de sus árboles, arropado por sus perros, bajo el murmullo de los grillos en una noche estrellada de verano y preparando vaya a saber qué en su fogón interminable.
Ese dolor en el pecho que lo llevó a la primer consulta, tendría que haber sido fulminante. No tendría que haber terminado sus días en un hogar de ancianos de Carmelo como los pájaros tristes que no tienen la más remota idea de por qué su vida se reduce a una jaula.
Porque Pichón era mucho más que ese viejo flaco, de piel arrugada, acostado en un camastro, que balbuceaba atado a una silla, con los ojos sin luz y que cada día que pasó se fue metiendo cada vez más en la neblina de su mente, que lo llevaba a navegar a la deriva, a estar con vida sin vivir.
Él sabía de las neblinas de mayo o junio que lo abrazaron en medio del Río Uruguay cuando iba a levantar el espinel. De estas neblinas siempre regresaba sentado altivo en la parte delantera del bote, con la gorra puesta al revés y marcando del rumbo. De esas siempre volvía, mientras que la que existía dentro de su cabeza se metía más y más en aguas profundas.
Han pasado casi cuatro años desde que Pichón salió de su rancho -El Rincón de los Amigos- de Casas Blancas para no volver. Primero fue el corazón, también la presión y después dos infartos cerebrales que lo convirtieron en un Pichón Silva que no era y que finalmente (y por suerte) su vida se apagó el pasado 30 de marzo.
Días antes que comenzara con la confirmación de todas las enfermedades, Pichón pasaba ocho horas en el monte, motosierra en mano, cortando, haciendo leña, quemando, apilando para que después el camión la levantara.
Quizás dos días antes que fuera llevado al hospital por “un dolor en el pecho”, Pichón estuvo seis horas de sobremesa, “hasta la tardecita”, después de haber compartido un cordero a las brasas. Por supuesto que estaba con sus escasos pelos largos revueltos, con demasiadas risas y con sus piernas que caminaban solas.
Todavía está presente cuando afilaba la cadena de la motosierra con paciencia infinita o cuando terminada la jornada, con la ropa envuelta en la cintura y el pantalón bajo, preparaba el puchero para los perros.
A pesar de que era un hombre silencioso, y que sabía mucho más de lo que parecía, era amante de las reuniones y de juntar el día con la noche en eternas sobre mesas regadas por buenos vinos. También cuando visitaba los boliches pasaba horas charlas junto al mostrador. Y no olvidaba; sabía quien lo había ayudado y quién lo había jodido. Como buen hombre que vivió siempre en la ribera de los ríos, esperaba la oportunidad.
Disfrutaba de la bondad de la naturaleza y era precavido cuando ésta se ponía difícil. Todo lo que hacía debía estar seguro para que tuviera el menor peligro. Sabía que estaba solo, que sólo dependía de él y de nadie más. Jamás se subía a una altura y sólo entraba al río cuando las aguas y el tiempo se lo permitían. “El Uruguay se pone bravo”, decía.
En la semana de turismo -como ésta que paso y donde finalmente murió su cuerpo-, su casa se llenaba de amigos y familiares, y para todos había un lugar, aunque todos respondían a sus tiempos. Como cuando a media mañana salía la primera fritada de bagres cortados al medio y bien tostados. Porque Pichón se apegaba a creencias y costumbres; por ejemplo se afeitaba el viernes santo y nunca más lo hacía un viernes para prevenir el dolor de muelas o nunca aceptaba la devolución de sal porque traía la mala suerte…
Pichón era esencialmente básico, usaba lo que tenía y lo que precisaba. Vivía en la pobreza económica pero era mucho, pero mucho más rico de aquellos que suman cifras con varios ceros en el banco; y algo esencial es que Pichón daba lo que tenía no lo que le sobrara a quien lo precisara.
Cuando nos conocimos, Casas Blancas era un lugar solitario, de amplia playa y noches silenciosas. Allí por muchos años en invierno, verano, otoño o primavera, compartimos guisos, estofados, asados por demás, y en los momentos de mano a mano, cuando las palabras no se dicen porque si y los silencios no son agobiantes, fuimos cosechando una amistad entrañable que se cimentó en el mutuo respeto.
Hoy Pichón desapareció. Murió. Pero la imagen del hombre internado se diluye y aparece nuevamente la carcajada fuerte, la palabra servicial y los silencios empacados. Se murió Pichón y quedan las historias de un hombre sumamente discreto, un amigo, que caminó con la mochila muy liviana para vivir en libertad.

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